Relato sobre el SNI y su importancia existencial para los científicos en México

Hace un par de días me enteré de la aceptación de mi ingreso al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) de México. Más allá de la satisfacción e importancia personal, esta fastuosa noticia tiene un particular significado para mí porque durante los últimos años me he dedicado a entrevistar investigadores de las ciencias sociales y naturales que ostentan el título de pertenecer al SNI en alguno de sus niveles (Candidato, Nivel I, Nivel II, Nivel III o Emérito). Y ahora que hago parte de ese “club honorífico” me permitiré algunas reflexiones al calor de mi propia presunción.

El SNI fue creado a mediados de la década de 1980 con el principal objetivo de evitar el éxodo de científicos y científicas mexicanas a través de incentivos económicos que solventaran en parte la pérdida de poder adquisitivo generada por la crisis económica de la llamada “década perdida”. Los científicos que ingresaban al SNI tenían ahora una bonificación sobre sus salarios y esto les permitía cierta estabilidad y tranquilidad para realizar sus investigaciones. Una excelente solución para un problema específico… en su momento.

Las razones materiales (el incentivo económico) y existenciales (el reconocimiento académico) para hacer parte del SNI se sustentaban en la aguda crisis que vivía el país y en la necesidad de realizar ciencia de calidad. Así, al pasar los años, más y más científicos vieron en el SNI una excelente y real oportunidad de crecimiento profesional a la par que incrementaban sus ingresos, con lo cual, para una parte de la población científica, hacer parte de este sistema se fue naturalizando dentro de las trayectorias académicas1.

La idea de establecer el SNI como una medida contingente a la crisis económica (Bensusán y Valenti, 2018) se diluyó entre, por una parte, las esperanzas y las necesidades de los investigadores en México que buscaban una estabilidad laboral y, por otra parte, la demanda del país por una ciencia y tecnología de excelencia. Entre evaluaciones por pares y periplos burocráticos, el SNI adquirió una fuerte institucionalización y legitimidad entre las ciencias mexicanas hasta el punto de considerarse, hoy, un símbolo de prestigio individual y sinónimo de elite académica (Didou y Gérard, 2010).

No me quiero centrar en las cuestiones “estructurales” –con sus críticas y sus aciertos– del SNI, que ya han sido documentadas ampliamente2, sino en su dimensión subjetiva. A través de un relato quimérico, quiero resaltar en lo que sigue algunos impactos que tiene para una persona el hacer parte del SNI. El relato, aunque ficticio, ha sido imaginado con base en las entrevistas que he hecho en los últimos cinco años.


Ha llegado la notificación, a través de la página del CONACYT, de la aceptación de Gabriela como Investigadora Nacional Nivel I. A pesar de su corta edad (34 años), Gabriela ha tenido una carrera exitosa y en ascenso. Con una sonrisa de satisfacción en su rostro, de inmediato Gabriela le hace saber a su esposo Miguel la buena nueva. Llevan seis años casados y tienen una hija de tres años, Laura.

Luego de los abrazos y las congratulaciones, Gabriela empieza a organizar las actividades de trabajo para la siguiente semana. Al revisar su correo electrónico se da cuenta de que aún no le han aprobado la compra de los reactivos necesarios para iniciar los experimentos programados con sus estudiantes en el laboratorio que ella lidera desde hace un año. Toma su teléfono móvil y, a pesar de ser sábado en la tarde, llama al Técnico Académico de su laboratorio para saber si él tiene alguna información sobre los reactivos. La respuesta es negativa. Gabriela debe ahora reorganizar el cronograma que lleva ya tres semanas de retraso por la falta de reactivos. Está en eso frente a su computadora cuando Laura, su hija, se acerca a ella sin ningún sigilo. Gabriela interrumpe su actividad para pasar el resto del fin de semana con su hija y su esposo.

Es jueves y aún no hay respuesta. Una semana más de retraso y el grupo de Gabriela aún no ha podido iniciar los experimentos; mientras tanto, el grupo está dedicado a revisar los resultados de un experimento anterior y a analizar nuevamente los datos dentro de un proyecto de investigación que ha sido financiado por CONACYT. Pero la investigación ya tiene algunos retrasos y los reactivos para hacer los experimentos subsiguientes aún no son aprobados. Gabriela ha decidido escribir un artículo con los primeros resultados de su investigación, aunque sean solo conclusiones parciales y con un bajo nivel de novedad epistémica. Es una decisión que ha tomado porque en los últimos nueve meses aún no ha publicado nada y el tiempo corre. Ha dedicado las mañanas de los últimos días a este artículo que no cuenta la historia completa de su problema de investigación; por ello, piensa enviar este artículo a una revista científica nacional con un bajo nivel de impacto, pero que, al fin y al cabo, es revista. Suena el teléfono de su oficina: le anuncian que llegaron unos matraces para su laboratorio que había comprado con su propio dinero el día anterior.

El objetivo de Gabriela es terminar el artículo en esta semana para poderlo enviar antes que cierre la convocatoria de la revista, por ello debe acelerar su ritmo de escritura; tiene un alto grado de confianza en que se lo publicarán sin mayores ajustes, pero aún así debe ser cuidadosa con los datos. Por ello, canceló una visita a sus padres el fin de semana, lo dedicará a terminar el artículo.

Por las tardes Gabriela se ha dedicado a firmar formatos para la compra de otros reactivos, a reunirse individualmente con los dos estudiantes de maestría y uno de doctorado bajo su dirección, a escribir algunos correos a sus colegas sobre un seminario internacional que piensan realizar el otro año, y a llamar a su casa preguntando por su hija Laura.

Miguel, el esposo de Gabriela, también pertenece a la academia, pero en la orilla de las ciencias sociales. En este momento da algunas horas de clase a la semana en un par de universidades públicas de la ciudad. El pago no es bueno, pero las clases le permite estar conectado con el mundo académico mientras puede acceder a alguna plaza estable. Actualmente es Gabriela la que aporta económicamente a la joven familia, mientras que Miguel es quien mayoritariamente se encarga de los asuntos de la pequeña Laura y del departamento que rentan en una buena zona de la ciudad. Miguel es dos años mayor que Gabriela, pero no ha tenido una carrera tan exitosa como su esposa, no porque sea menos dedicado o hábil en la investigación, sino porque el tema en el que ha trabajado no está en boga en la actualidad y las plazas que se han abierto se alejan de su experiencia como investigador. Miguel aspira poder vincularse a alguna institución de investigación y ser, como Gabriela, miembro del SNI. Por ahora tiene que seguir con las clases que le han dado la oportunidad de dar.

A final de mes Gabriela aún no ha recibido los reactivos que ha estado esperando, pero sí la bonificación económica por ser parte del SNI. Con este dinero paga parte de la renta del departamento que alquila. Ahora Gabriela sabe que debe trabajar aún más arduamente porque este dinero extra se ha convertido en parte de los gastos mensuales de su familia, sin él tendrían que vivir en otro lugar más económico pero menos cercano a su lugar de trabajo. Con esa presión, Gabriela decide escribir otro artículo replicando algún experimento anterior; eso le garantizará cumplir con el requisito de número de artículos publicados que se le exige. Aunque sabe que dicha publicación aporta poco en términos de innovación científica, Gabriela también sabe que puede significar mucho en términos de beneficios para su familia.

El estudiante de doctorado que Gabriela dirige ha avanzado bastante con su tesis. Además de la satisfacción por poderse considerar formadora de nuevos investigadores en su país, siente una profunda tranquilidad al saber que podrá cumplir con otro de los requisitos importantes que se le exigen para mantener la categoría de Investigadora Nacional Nivel I. Gabriela podrá trabajar con una presión menos durante los próximos meses.

Al siguiente fin de semana Gabriela fue a visitar a sus padres con su familia. Ellos no entendieron muy bien qué significa eso del SNI, pero aún así se sintieron orgullosos por su hija y la felicitaron veinte veces al tiempo que abrazaron y jugaron con la nieta. Saben que Gabriela tiene un trabajo importante al que le ha dedicado gran esfuerzo y esperan que Miguel también pronto empiece a ascender laboralmente. Sin embargo, los padres de Gabriela comparten el deseo que Laura en un futuro se dedique a otra cosa que no sea la academia, a un trabajo menos “sacrificado”, como ellos dicen.


Bibliografía

Bensusán, Graciela y Valenti, Giovanna (coords.) (2018). La evaluación de los académicos. Instituciones y Sistema Nacional de Investigadores, aciertos y controversias. Ciudad de México: FLACSO; UAM.

Didou, Sylvie y Gérard, Etienne (2010). El Sistema Nacional de Investigadores, veinticinco años después. La comunidad científica, entre distinción e internacionalización. México, D.F.: ANUIES.

Gil Antón, Manuel y Contreras Leobardo (2017). “El Sistema Nacional de Investigadores: ¿espejo y modelo?”, Revista de la Educación Superior, 46(184), pp. 1-19.

Reyes, Gerardo y Surinach, Jordi (2015). “Análisis sobre la evolución del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) de México”, Investigación Administrativa, vol. 44, núm. 115.

Rodríguez, Carlos (2016). El Sistema Nacional de Investigadores en números. México: Foro Consultivo Científico y Tecnológico.


1 En 1984, año de creación del SNI, ingresaron 1,396 personas; para 2016 el número de ingresos se había aumentado a 25,072 (Gil Antón y Contreras, 2017).

2 Ver, por ejemplo, Bensusán y Valenti (2018); Didou y Gérard (2010); Gil Antón y Contreras (2017); Reyes y Surinach (2015); Rodríguez (2016)

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