Tláloc no puede solo

Fragmento de la ilustración “Siembra Mundos” de Pilar Emitxin/ Just Seeds

Hoy, día de la tierra, una parte del país (Golfo y Centro) está disfrutando de un tiempo menos calurosos y árido gracias al frente frío 47 que trajo lluvias.

En redes sociales son numerosos los memes dedicados a Tlaloc (deidad mesoamericana asociada con la lluvia) que ha venido al rescate de la sequía severa y extrema que estamos viviendo en gran parte del país, acompañada por olas de calor que afectan nuestra salud física y mental.

Meme publicado en redes sociales

Sin embargo, Tlaloc no puede solo, el clima está cambiando debido a la contaminación por gases de efecto invernadero (GEI) producida por la producción industrial y consumo energético y de bienes. Vivimos en un mundo donde el modelo económico quiere crecer sin límites, pero tanto el planeta como sus habitantes tenemos límites.

La crisis o emergencia climática se está manifestando de diferentes maneras en todo el planeta. El planeta es como si tuviera fiebre ya que su temperatura se está acercando a un aumento de 1.5ºC comparado con la época preindustrial y en México se habla de un aumento de 1.6/1.7ºC.

Como cuando tenemos fiebre y no solo nos sentimos más calientes, sino que podemos sufrir escalofríos, dolores de cabeza, y otros malestares, este aumento de temperatura promedio está causando muchos efectos. Podemos leer acerca de cómo se está derritiendo el hielo en los polos, pero lo que vivimos y nos afecta cotidianamente en México son principalmente las olas de calor, más frecuentes y duraderas, la sequía y los incendios. Y estos fenómenos no solo ponen el peligro a los ecosistemas sino también la producción de alimentos, y nuestra salud física y emocional.

La emergencia climática en nuestras vidas

Los efectos de la emergencia climática hacen que muchos pequeños productores ya no sepan cuando sembrar maíz, por ejemplo, o ya no le convenga porque la producción es muy escasa. En los últimos años el cambio en los patrones de lluvias provocó la disminución de muchos cultivos tradicionales. Además, el aumento del calor y el cambio en la humedad hacen que el suelo esté mucho más caliente que antes, que las plantas sufran plagas que antes no sufrían, y que los incendios se propaguen con más facilidad. Aunque la mayoría de los incendios puedan ser provocados, la sequía y vientos más fuertes contribuyen a que se multipliquen y se difundan los incendios forestales, y así perdemos vidas. Lo mismo pasa con el agua, por un lado, hay datos que muestran la disminución de precipitaciones, por el otro no para la explotación de los acuíferos, ya que el agua es necesaria para todos los procesos industriales y de producción, no solo para las necesidades diarias de las personas.

Meme publicado en redes sociales.

Podemos ducharnos en 5 minutos o cerrar el grifo al lavar los dientes, pero si no consideramos la huella hídrica de todo lo que producimos y consumimos (es decir, el agua necesaria para la producción de cualquier bien) no vamos a resolver el problema de la sequía.

Durante años se han centrado los mensajes para el ahorro de agua y otros bienes comunes en las y los individuos, haciendo perder de vista la producción industrial y la responsabilidad de las grandes empresas. Aunque es verdad que los individuos consumimos productos, no tenemos control ni poder sobre qué y cuánto se produce. En la mayoría de los casos tampoco tenemos mucha idea de la huella ecológica (el impacto ambiental de la producción de cada producto) hídrica o de carbono de lo que consumimos. En la sociedad industrial aprendimos a vivir en el mundo como si nada de lo que hacemos tuviera un impacto, cuando la crisis o emergencia climática lo que nos enseña es que este impacto existe y está poniendo en peligro la vida de millones de especies y el futuro de nuestra propia especie, pasando por el empeoramiento de las condiciones de vida de todes.

¿Vale la pena vivir sin límites?

El sistema capitalista nos ha vendido la idea de que vivimos en el mejor sistema posible (según la idea de que antes se estaba mucho peor) y que no hay alternativas (There is No Alternative, conocido también por el acrónimo TINA, fue el lema de los primeros años del neoliberalismo).

Desde hace décadas miles de personas no han creído y han contestado estas ideas, y alternativas hay muchas y diferentes en todos los países y culturas, desde la revalorización del conocimiento y cosmovisión de los pueblos originarios, al estilo de vida ecológico de muchas comunidades, grupos y familias, hasta llegar a los proyectos de producción y consumo locales y autogestivos tanto en las ciudades como en el campo (libro).

El problema es que estas alternativas han sido invisibilizadas, cuando no menospreciadas o reprimidas. Y cuando han logrado visibilidad, entonces siempre existe la estrategia de ridiculizarlas o estigmatizarlas, por ser fifís, pobres, frikis, hippies, etc.

En este día de la tierra tendríamos que parar para pensar, ¿de verdad queremos vivir cómo si no hubiera límites al crecimiento? ¿No podríamos ser más felices en otro mundo?

Si lo pensamos, el estrés nos enferma. Correr de un lado a otro no solo nos estresa, sino que nos impide disfrutan del momento. El modelo económico-cultural capitalista e industrial nos ha despojado de nuestro tiempo, de calidad de vida, de poder comer productos sanos, de poder cocinar nuestra propia comida, cuando no producirla o saber cómo se produce. En la mayoría de los casos no sabemos de dónde viene el agua que tomamos ni la comida que comemos. Comer orgánico se ha convertido en un privilegio (aunque hay proyectos que ofrecen productos locales y sin químicos accesibles), cuando era lo más natural.

No sabemos cómo se producen las prendas que llevamos puestas, ni los impactos ambientales y sociales que tienen, y muchas personas no saben cocer, porque siempre han comprado ropa.

Nos han despojado del conocimiento acerca de los actos más sencillos de nuestra vida, como alimentarnos o vestirnos.

Además, nos han despojado de la salud, porque vivir sin límites en cuerpos que tienen limites significa enfermar, física y mentalmente. La mayoría de las enfermedades que representan las primeras causas de muerte en todo el mundo están vinculado con el estilo de vida, desde la alimentación, al trasporte. Para no hablar de la salud mental y emocional que, aunque es verdad que se visibilizó y seguramente empeoró debido a la pandemia de Covid-19, es un reflejo del malestar del modelo civilizatorio. La ansiedad quizás es la emoción más vinculada con esta visión de crecimiento ilimitado, nos educan para ser más, hacer más, tener más… y por supuesto esto genera ansiedad. La depresión que acompaña la ansiedad también es hija de este sistema, ¿cómo no deprimirse frente a tanta violencia, injusticia, sufrimiento, etc.? El modelo TINA incluye el mensaje de que hay que RESIGNARNOS a que no existe otro mundo posible. La resignación aprendida o inducida (tomando prestado el concepto psicológico de indefensión aprendida o inducida aplicada, entre otras cosas, a la violencia de género) ha sido una estrategia para paralizarnos, y las exigencias de un sistema de crecimiento ilimitado nos han domesticado a un estilo de vida centrado en obtener bienes para ser “felices”.

Hasta la felicidad ha sido reelaborada para ser vendida como un producto. Como escriben Cabanas e Illouz en el libro Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas: “los momentos de debilidad, de sufrimiento y de fracaso, se entienden como síntomas de una psique mal domesticada” (2019: 121). Nos han despojado del derecho a enojarnos, pero también del dolor o tristeza por el estado del mundo en el que vivimos. Si no nos sentimos felices somos unos perdedores.

Como nos compartió la socióloga Arlie Hochschild en la conferencia del año pasado el capitalismo nos enseña también a NO PREOCUPARNOS. Para ser exitosos solo tenemos que ser productivos, ganar dinero y consumir. Sin límites ni preocupaciones. Quién se preocupa y cuestiona este mundo no es cool.

Y vuelvo a preguntar: ¿Vale la pena vivir así?

Bailando con Tlaloc

Ilustración: Laura Bustos

Emma Goldman, activista feminista y anarquista (1969-1940) dijo: “Si no puedo bailar, esta no es mi revolución”.

En ese quincuagésimo cuarto día de la tierra podríamos empezar a reapropiarnos de todo lo que nos han despojado, y contribuir a construir otro mundo a partir de una idea de felicidad colectiva y en armonía con la naturaleza. Por supuesto para esto necesitamos también de toda la rabia que podamos sentir, porque el cambio nunca es fácil, y necesitamos encontrar la energía para enfrentarnos a quienes se opondrán al cambio.

“Siembra Mundos”. Ilustración: Pilar Emitxin/ Just Seeds

También nos necesitaremos les unes con les otres… porque un proceso de cambio cuesta, cansa, y siempre se necesita de un apapacho, de acuerparse, de cuidarse y de protegerse.

En ese quincuagésimo cuarto día de la tierra podemos mirar al cielo, y si tenemos la suerte que llueva, agradecer al planeta (Tlaloc, o quién queramos) de que todavía hay agua, vida y esperanza. A partir de allí nos toca a todes decidir de qué lado estar, si seguir aceptando con resignación la devastación del mundo por la avaricia de unos pocos y la aceptación y complicidad de muchos, o construir un mundo nuevo aprovechando de los aprendizajes y las experiencias alternativas que ya existen, sin límites en la creatividad, porque necesitamos soluciones y alternativas diversas que se adapten a las necesidades y preferencias de cada territorio, grupo, comunidad, y seres vivientes.

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Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM

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