La epidemia de influenza española en México: 1918

Publicado originalmente en 20/10 Memoria de las revoluciones en México. No. 2 septiembre-noviembre 2008

Entre las acciones tomadas pata erradicar la epidemia se llevaron a cabo campañas de higiene y vacunación. Campaña de vacunación, ca. 1918. © 89937 SINAFO, Conaculta, INAH.

Un día, como a las tres de la tarde, corrió la voz en la casa: “ahí viene la brigada de enfermeras”. Yo tenía la cabeza amarrada y una cobija, pronto me quité la garra y le tiré la cobija, me doblé las mangas de la camisa y me paré, pero siempre recargado en la pared y empecé a querer chiflar, pero todo lo había hecho para que no me dieran las pastillas de la muerte (las pastillas que daban las enfermeras, eran para que se muriera la gente), afortunadamente no entraron a la casa, se me quitó el susto…

Arcadio Rico de la Cruz, Algunos recuerdos de la influenza española de 1918.

Casi al término de la primera guerra mundial se desató en los Estados Unidos una de las más implacables epidemias que se hayan conocido. Los patólogos la llamaron pandemia, es decir, una epidemia extendida por todo el mundo. Una vez que brotó, se difundió con celeridad extraordinaria por el globo terráqueo. Sus mejores agentes transmisores fueron los vientos, las corrientes aéreas y marítimas. Gracias a ellas la peste le dio la vuelta al planeta en cuestión de horas, atacando poblaciones enteras, caravanas en pleno desierto, aldeas esquimales ubicadas en el polo norte y aun barcos en alta mar. Apareció simultáneamente en África, América del Sur, Labrador y los Mares del Sur. Algunas aldeas esquimales de Alaska perdieron la totalidad de su población adulta. En 1927 el bacteriólogo Edwin Oakes Jordán publicó su estudio Epidemic Influenza en el que afirmaba algo escalofriante: que las defunciones causadas por la influenza habían ascendido a 21 642 283.1 De estas muertes, casi 16 millones ocurrieron en Asia; más de dos millones en Europa; 1 millón 300 mil en África, y más de un millón en Norteamérica. El total excedió en dos millones al número de víctimas, tanto militares como civiles, causadas por las dos guerras mundiales. La epidemia duró tres meses: septiembre, octubre y noviembre. A nivel más específico, la peste causó la muerte de 548 452 personas en los Estados Unidos, tanto civiles como militares, medio millón de mexicanos y 44 mil canadienses. Edwin Oakes Jordán no publicó datos de lo ocurrido en la parte centro y sur del continente americano pero no existen indicios de que las cosas hayan sido mejores. En cuanto al continente europeo, en Dinamarca y en Islandia la epidemia segó la vida de 12 374 personas; en Suiza el total ascendió a 23 274; en Italia la peste mató a más de 350 mil; en España a 170 mil; en Francia a 166 mil, y en Alemania a 300 mil. Habría que agregar 200 mil ingleses, más 19 mil escoceses y 18 400 irlandeses. Según las autoridades holandesas, el número de muertos por la influenza en las Indias Occidentales ascendió a 750 mil. Pero donde la peste adquirió caracteres alarmantes fue en el continente asiático. Hasta hoy nadie se ha atrevido a calcular cuántas personas murieron en China, aunque se piensa que ahí la influenza causó menos estragos que en la India, en donde perdieron la vida 8 millones y medio de personas; en Rusia se estima que murieron 450 mil personas y en el Japón, 250 mil. A juicio de Georges H. Werner, Australia fue el único continente que permaneció inmune.2

Sobre su lugar de origen existen versiones contradictorias. Algunas indican que apareció en los Estados Unidos, justo en los campamentos de instrucción militar. Otros indican que apareció en las filas de los ejércitos aliados cuando se demolieron las últimas defensas alemanas. En los Estados Unidos gente alarmista insinuó que se trataba de una brutal guerra bacteriológica cuyos gérmenes fueron llevados por agentes alemanes en submarinos. La tesis no se sostiene puesto que, de ser cierta, los propios alemanes se habrían hecho el haraquiri. Pruebas: 300 mil de ellos también murieron víctimas de la influenza. También existen versiones de que provino de España, país que sufrió una seria epidemia de influenza en la primavera de 1918. De ahí que la enfermedad llegara a ser conocida como la influenza española.3

La influenza española en México

Moisés González Navarro afirma que durante el Porfiriato llegaron a México las seis enfermedades de “cuarentena”: el cólera, la peste bubónica, la fiebre amarilla, la viruela, el tifo y la fiebre recurrente. Agrega que la política sanitaria porfirista se distinguió especialmente en la lucha contra las epidemias provenientes del exterior. Ya en la etapa revolucionaria, contra el tifo, la viruela y el paludismo.4 De alguna forma, las cosas se complicaron con el estallido de la revolución de 1910. A partir del llamamiento de Francisco I. Madero para levantarse en armas y derrocar al dictador, la población empezó a salir de su letargo y a desplazarse. El estallido de la Decena Trágica en febrero de 1913 originó la formación de ejércitos numerosos. No sólo el federal sino también los carrancistas, villistas, obregonistas, gonzalistas, entre otros, generando un espectáculo sui géneris. Grandes contingentes de hombres armados se desplazaron de una parte a otra del país. En su peregrinar por el norte, centro y sur del país no siempre hubo cuarteles y lugares adecuados para su alojamiento. De ahí que el hacinamiento y la falta de higiene fuera de lo más común. El tifo, la viruela y las fiebres se diseminaron en los cuarteles, los núcleos urbanos y rurales. La historia ha sido prolija en reseñar las batallas en Torreón, Durango, Zacatecas, Chihuahua, Celaya y la concentración de grandes contingentes armados en la ciudad de México, el puerto de Veracruz, el de Tampico, entre otros. Tanto la población civil como la militar fue víctima de tales enfermedades y se acostumbró a ellas. Pasó a formar parte de su vida diaria el soportarlas y ver cómo se alejaban.

Era común que Carranza recibiera quejas de funcionarios estatales y locales que le exponían situaciones desesperadas. En febrero de 1918 el gobernador de Coahuila, Gustavo Espinosa Mireles, le telegrafió alarmado diciéndole que diariamente llegaban a su estado cientos de personas procedentes de Nuevo León, Zacatecas, Durango y San Luis Potosí en busca de comida, agravando la ya de por sí severa escasez de granos. En marzo Francisco Murguía, de Chihuahua, le comunicó que impidió toda la exportación de granos y ganado a los Estados Unidos porque en su propio estado había escasez. De paso narraba que la patrulla fronteriza norteamericana disparaba contra los mexicanos que trataban de adquirir al norte del Rio Bravo alimentos para sus familias. Otros gobernadores hicieron referencia a condiciones semejantes en sus entidades.5

Para completar el cuadro de desolación, a finales de 1918 y principios de 1919 una desastrosa epidemia de “influenza española” casi paralizó el país. Y eso sí resultaba alarmante. Los primeros indicios de que algo raro sucedía se advirtieron en los primeros días de octubre de 1918, en los Estados Unidos, justo al finalizar la primera guerra mundial. La influenza se ensañaba en suelo estadounidense atacando los campamentos militares en El Paso, Texas. Consciente de su gravedad, el gobierno norteamericano suspendió el envío de tropas a Europa.6 Como si los problemas internos no fueran suficientes, el 4 de octubre la influenza española traspasó la frontera y se instaló en México. No obstante las noticias procedentes del exterior, las autoridades civiles y militares creían que se trataba de otra de tantas gripes, razón por la cual no había que alarmarse. Un factor adicional entró en juego: el invierno se acercaba y era de lo más natural que las bajas temperaturas provocaran gripes. En realidad, nadie se percató del problema, y las familias tomaron las medidas consabidas.

El 5 de octubre la epidemia invadió parte de Nuevo León, Coahuila, Tamaulipas y Chihuahua. En la frontera norte sólo respetó Sonora y Baja California. Se propagó en forma por demás vertiginosa. Pruebas: las cuatro entidades contagiadas abarcaban 27.3 % del territorio nacional. En Chihuahua el problema rápidamente se tornó grave: el 9 de octubre el hipódromo de Ciudad Juárez quedó convertido en un hospital.7 Cuatro días más tarde los propios vecinos, alarmados por el crecido número de enfermos, hicieron una colecta para crear un lazareto.8 Para mediados de mes, en un periodo de tres días aparecieron más de mil enfermos en Chihuahua, de los cuales un porcentaje elevado falleció.9 A su vez, el delegado sanitario del puerto de Matamoros se alarmó debido a que llegaron enfermos a raudales no tanto por mar sino por tierra procedentes de Laredo y Monterrey. Víctima del pánico, exigió a las autoridades de Laredo, Nuevo Laredo y Monterrey que prohibieran viajar a los enfermos, gran parte de los cuales se refugiaba en su feudo.10 Sobra decir que, en cuestión de horas, el número de enfermos se multiplicó. Sus síntomas: temperatura elevada y cefalalgia, que les afectaban rápidamente los pulmones y causaba después la muerte.” Entre las primeras víctimas figuraron los empleados de correos, lo que obligó al cierre de sus oficinas en Coahuila y Nuevo León. Algo parecido sucedió con el personal de las aduanas y del telégrafo en Nuevo Laredo, Tamaulipas, donde más de la mitad de los empleados fue atacada por el mal. Las cosas se tornaron tan alarmantes que las autoridades optaron por cerrar templos, escuelas, teatros y centros de reunión.

Como a las pocas horas de contraer gripe las personas morían, surgieron voces que exigían tomar medidas radicales. El doctor Lorenzo Sepúlveda, director general de la Beneficencia, expresó que si el mal se generaba en territorio norteamericano, el gobierno mexicano debía tomar medidas enérgicas: la primera, decretar “la cuarentena contra los lugares de Estados Unidos invadidos por la epidemia”; segunda, imponer cordones sanitarios en el país para aislar las zonas infectadas, y tercera, evitar el desplazamiento de trenes y personas entre poblaciones.13

Además de lo anterior, propuso la clausura de todos los centros de reunión como cines, teatros, clubes, escuelas, cantinas, pulquerías y templos. Recomendó que en los cuarteles militares se aislara a los enfermos en lugares especiales. Prohibió la circulación de personas en las calles entre las 11 de la noche y las 4 de la mañana, con la finalidad de barrerlas. Finalmente, exigió que los dueños de hoteles, directores de colegios y jefes de familia informaran a las autoridades sanitarias de cualquier enfermo de calentura o catarro y prohibió que salieran a la calle. Se advirtió que la violación a estas disposiciones sería castigada con una multa de cinco a quinientos pesos, o arresto.14

Como la peste avanzó en forma casi instantánea al centro de la República, el 9 de octubre Carranza tuvo que intervenir. Dispuso lo siguiente: la clausura del tráfico de trenes y personas entre Laredo, Texas, y Nuevo Laredo, Tamaulipas, hasta que la peste cediera. Las primeras noticias indicaban que se trataba de la zona neurálgica, por la cual la peste penetró a México. Pero Carranza no se atrevió a suspender la circulación ferroviaria entre Nuevo Laredo y la ciudad de México, ni entre otros lugares.15 Dispuso, sí, la suspensión de las corridas de trenes de pasajeros hacia las poblaciones infectadas, la fumigación de los carros del ferrocarril e impedir el abordaje de pasajeros sospechosos de tener influenza. Mas no hubo restricción alguna con los trenes de carga. Se permitió su libre tránsito por todo el país, salvo cuando procedieran de lugares infectados, caso en el cual se examinaría al personal y, si transportaba algún enfermo, se impediría su desembarque.16 Como se observa, Carranza no llegó al extremo de prohibir la circulación de los ferrocarriles, tal como lo sugirió el doctor Lorenzo Sepúlveda. El gobierno federal consideró que paralizar la circulación de los ferrocarriles en todo el país provocaría el colapso de la economía. Ello se convirtió en el factor decisivo.

El entronque ferroviario de Torreón

El 9 de octubre la epidemia invadió Torreón, Monclova, Cuatro Ciénegas, Sabinas y Candela.17 Por supuesto que al llegar a Torreón, un importante entronque ferroviario, la capital de la República quedó a su alcance. Como era previsible, las medidas preventivas de nada sirvieron y la gripa se recrudeció atacando por igual a la población civil, a los maquinistas y jefes de estación. Previendo que el tráfico de trenes se suspendiera por falta de personal, la Dirección de Ferrocarriles decidió trasladar trabajadores de otras divisiones, pero la orden no fue acatada. Los empleados se negaron argumentando que podían contagiarse y morir.18 Para mediados de octubre el problema se tornó angustioso. El presidente municipal de Torreón dirigió un telegrama a las autoridades sanitarias de la capital de la República señalando que la epidemia adquiría proporciones incontrolables y que casi todos los enfermos morían.19 Como me dida preventiva, también ordenó el cierre por siete días de teatros, cines, cantinas y toda clase de centros de reunión. Asimismo solicitó ayuda a los comerciantes de la localidad para adquirir medicinas en los Estados Unidos con el fin de distribuirlas entre la población. Finalmente, prohibió la entrada de toda clase de personas procedentes de otros lugares infectados. 20 Lo grave del asunto fue que los médicos empezaron a emigrar por temor a contraer la enfermedad, y los enfermos quedaron abandonados. 21

A causa de la letalidad de la gripe, la actividad económica se detuvo en distintas partes del país. Se decidió el cierre temporal de minas, la suspensión de trabajos en las vías férreas, la paralización de las labores en haciendas y ranchos. Se sabe que la influenza atacó a los trabajadores del ferrocarril de Cuatro Ciénegas a Sierra Mojada, Coahuila, razón por la que se suspendió el tendido de vías en varios tramos. 22 Al mismo tiempo, en dos minas de Guanajuato —La Providencia y San Juan de Luz y Anexas— cundió la alarma entre los trabajadores, ya que un terció de ellos cayó víctima del terrible mal. 23 En forma paralela se suspendieron las labores en las minas de carbón La Agujita y La Rosita, cercanas a Sabinas, Coahuila, que abastecían de combustible a los ferrocarriles. Al recabar informes sobre la magnitud del problema, la Dirección de Ferrocarriles se enteró que entre dos mil y tres mil mineros de las fundiciones y minerales estaban enfermos de influenza. El problema se volvió crítico debido a que las citadas minas suministraban cerca de treinta mil toneladas mensuales del combustible utilizado por los ferrocarriles de las divisiones de Piedras Negras a Saltillo, de Monterrey a Matamoros, de Monterrey a Torreón, y otras más. 24 Como no podía faltar carbón de manera indefinida, las autoridades incautaron todo el carbón mineral que estaba en poder del comercio con la promesa de devolverlo posteriormente. 25

Hacia el centro de la República

Una semana después de su aparición en la frontera norte, la influenza llegó al corazón de la República, y desde un principio su impacto fue devastador. ¿Cómo es que llegó? Es difícil encontrar una respuesta y un culpable. El gobierno no tomó las medidas preventivas deseables en una ciudad que registraba un gran movimiento, no sólo de personas sino de trenes que fluían en todas direcciones.26 El Distrito Federal se caracterizaba por una multitud de vecindades donde una gran cantidad de personas vivía en pésimas condiciones.27 Al poco de llegar a la capital de la República, penetró en 78 los cuarteles, en la penitenciaría y en los orfanatorios, entre otros lugares.

Las autoridades sanitarias dictaron las medidas tradicionalmente aplicadas para hacer frente a cualquier clase de epidemia: aseo personal, barrido y regado de calles, quema de ropa vieja y sucia, desinfectación de casas, locales, cines, teatros e iglesias, e incluso de los tranvías y el ferrocarril, al considerarse que eran los agentes transmisores. El Ayuntamiento de la ciudad de México recomendó regar las calles con una solución de creolina cada 24 horas. Asimismo, se recomendó reposo a los enfermos y abstenerse de asistir a lugares públicos y concurridos.28 Pero hubo otros problemas graves en la ciudad de México. A los indigentes les dio por poner los ataúdes de sus muertos en las banquetas de las calles para que los recogiera la llamada “Gaveta” y los trasladara al cementerio. Una de las esquinas que se hizo famosa fue la del Segundo Callejón de San Juan de Dios y la calle de la Santa Veracruz. Todas las mañanas los vecinos y transeúntes observaban los féretros apilados a la orilla de la banqueta en espera de que pasara la Gaveta a las 6 de la tarde. El espectáculo no dejaba de ser deprimente.29 Por ejemplo, al mediodía del 27 de octubre, a orillas de la banqueta, se observaron once féretros en la calle de la Santa Veracruz. Al ser interrogados los deudos del porqué de esta situación, contestaron que las autoridades les fijaron este punto para esperar el carro mortuorio que pasaba a las 3 de la tarde. Al ser cuestionados del porqué, si el carro fúnebre pasaba a las 3, los depositaban en la calle desde la mañana, su respuesta fue que era preciso “ganar lugar”, ya que de otra forma los cadáveres quedaban otras 24 horas sin ser sepultados.30

En previsión de que la influenza atacara el ejército, la Secretaría de Guerra dispuso el aseo e higienización de los cuarteles y edificios. En caso de que un brote ocurriera, los altos mandos militares contemplaban suspender el acuartelamiento de la tropa y dejar en las instalaciones sólo al personal de vigilancia.31 De todas formas, y al igual que en los Estados Unidos, la influenza prendió en parte del ejército. El 10 de octubre 34 soldados recién llegados de Torreón, concentrados en el cuartel de Villa Guadalupe Hidalgo, fueron víctimas de la letal enfermedad y al día siguiente aparecieron otros 20 enfermos.32 Su temperatura subía hasta 41 grados y bajaba a 35, con frecuentes hemorragias por boca y nariz, expectoraciones sanguinolentas, trastornos nerviosos y gástricos. Los enfermos no fueron llevados al Hospital Militar porque estaba saturado.33 A lo anterior habría que agregar que varios de los miembros de la guarnición del puerto de Veracruz resultaron atacados por la peste, razón por la que la Secretaría de Guerra envió un tren cargado de medicinas destinadas al Hospital Militar.34 Para el 22 de octubre el coronel Carlos Tejeda, de la guarnición de Amecameca, reportó que 39 elementos a su mando, incluido el médico, estaban enfermos.35 Dos días después el jefe del Cuartel General del Sur envió un parte al secretario de Guerra y Marina reportando numerosos casos de influenza en varios destacamentos de Morelos, del Estado de México y otras entidades. Calculaba entre mil quinientos y dos mil los soldados enfermos, previendo un fatal desenlace.36

En la primera quincena de noviembre la carestía de carbón vegetal se hizo palpable en la capital de la República. Al indagar sus causas, las autoridades se percataron de que todo se debía a que la epidemia estaba causando numerosas víctimas entre los indígenas de las estribaciones del Ajusco dedicados precisamente a producirlo. Algunos testigos afirmaban que murió la mayor parte de los carboneros y que lo más doloroso era que los sobrevivientes no recibían auxilio y carecían de médicos y medicinas. Como era común que los cadáveres quedaran insepultos, se temía que se convirtieran en la causa de que el mal se propagara. A ello agréguese que en aquellos días la temperatura descendió en el Valle de México y se sintió con mayor rigor en las montañas inmediatas a la capital de la República.37 Al darse cuenta de la situación, muchas personas emigraron hacia otros lugares para quedar a salvo de la enfermedad.38

A mediados de noviembre de 1918 eran comunes las noticias relativas a que diversos pueblos y rancherías extendidas desde las goteras de la capital hasta los límites del Estado de México estaban siendo azotados por la epidemia. Personas procedentes de Cuautitlán, Tlalnepantla y Teoloyucan aseguraban que en la ciudad de México el mal era benigno en contraposición con tales lugares, en donde adquiría perfiles dramáticos. Por norma general, los infelices campesinos, enfermos y desvalidos, se metían en sus chozas rudimentarias convertidas en verdaderas coladeras y el aire les penetraba por todos lados. A causa de esto último, morían a los pocos días. Un médico que recorrió esos lugares aseguró haber encontrado infinidad de jacales abandonados y que la muerte extinguió por completo a sus habitantes. En los pueblos que rodeaban al municipio de Guadalupe Hidalgo ocurrió algo parecido, aunque aquí sí hubo médicos que los atendieran.39

Al percatarse de la gravedad de las cosas, la Secretaría de Guerra destinó varias brigadas médicas para acudir a los pueblos y rancherías del Valle de México y a la vecina región montañosa, con el resultado de que su acción fue decisiva y la mortalidad se controló. En esto contribuyó el hecho de que, apenas se dieron cuenta, centenares de indígenas atacados por la enfermedad se dirigieron en caravana a los campamentos militares solicitando su auxilio.40 En vista de lo apremiante de la situación, en muchas ocasiones a los médicos militares les resultó imposible atender a tantos pacientes. De paso, tales brigadas no sólo curaban a los enfermos sino que enterraban a los muertos abandonados en aldeas y rancherías. Esta labor se hizo lo más rápido posible para evitar que la descomposición de los cadáveres contribuyera a propagar la epidemia.

Como hemos visto, para mediados de octubre la influenza había sembrado una oleada de destrucción e innumerables personas habían enfermado o muerto. Circulaban cifras y cifras de enfermos y muertos, pero era imposible saber cuál de ellas era la verdadera. Por lo demás, la epidemia no había terminado: recién entraba en su fase álgida y los focos de infección se multiplicaron sin que nadie pudiera evitarlo. De acuerdo con la información difundida por la prensa, a esas alturas la influenza española se había extendido a las siguientes entidades: Sonora, Puebla, Chihuahua, Aguascalientes, Coahuila, Querétaro, Nuevo León, México, Tamaulipas, Morelos, Durango, Distrito Federal, Zacatecas, Guanajuato y Veracruz. Como se puede ver, se trataba de más de la mitad del territorio nacional.41

Penitenciaría

Pero no sólo el ejército, sino también los reos recluidos en la penitenciaría del Distrito Federal fueron víctimas de la influenza. En la segunda quincena de octubre alrededor de treinta reos enfermos fueron enviados al Hospital General.42 Para los últimos días de octubre resurgió la alarma, puesto que murieron otros cinco reos en el interior del mismo penal. Pero eso no fue todo: en los primeros días de noviembre fallecieron cinco enfermos en el Hospital Juárez procedentes de la penitenciaría. Unos de la crujía C y otros de la A, lo que causó gran alarma entre los reclusos.43

La vida normal

En la capital de la República la vida siguió su curso normal, y mientras no los atacó la influenza sus habitantes apenas se preocuparon. Por las tardes era común observar los teatros y cines atestados de espectadores. De todas maneras, el 19 de octubre el doctor José María Rodríguez propuso adelantar los exámenes para los alumnos de las escuelas primarias del Distrito Federal y cerrar éstas de inmediato, cosa que aceptaron los concejales Darío Rubio y Ramón Riveroll. También se acordó que, concluidas las funciones nocturnas de los teatros, cines y toda clase de salas de espectáculos, fueran desinfectados en la inteligencia de que, si la epidemia se agravaba, se clausuraran. La medida fue extensiva para las cantinas ya que se sospechaba que el abuso del alcohol facilitaba el contagio.44

El 20 de octubre se anunció la desaparición de los puestos callejeros instalados sobre las banquetas que vendían dulces, carnitas y golosinas. La razón: hallarse expuestos a la acción del polvo. Asimismo, los inspectores se encargaron de informar a los dueños de los puestos de los mercados públicos su obligación de lavarlos y desinfectarlos.45 Para el 27 de octubre el Departamento de Salubridad ordenó que todos los figones, fondas y cantinas, en los que las aglomeraciones eran habituales, cerraran a las 6 de la tarde. A los restaurantes se les permitió permanecer abiertos hasta las 9 de la noche, siempre y cuando sus propietarios cumplieran con las disposiciones de higiene y no vendieran bebidas embriagantes.46 Pero, a diferencia de otros lugares, en la ciudad de México no se cerraron los cines ni los teatros.

Los regidores del Ayuntamiento enviaron un oficio a la gerencia de los Tranvías Eléctricos indicando lo siguiente: que en sus unidades sólo se transportaran los pasajeros necesarios, sin aglomeraciones, y que al concluir sus labores, se desinfectaran.47 A la par, las autoridades municipales contemplaron la posibilidad de dotar las góndolas eléctricas con tanques de agua para regar las calles y avenidas. Pero la histeria llegó al extremo de que en algunas casas comerciales y despachos se colocaron grandes letreros con la leyenda: “No dé usted la mano “48

El cierre de la Basílica de Guadalupe

En el municipio de Villa Guadalupe Hidalgo las cosas adquirieron un cuadro alarmante, al grado que el 27 de octubre se cerró la Basílica de Guadalupe, los templos e iglesias, teatros, cines y otros centros de reunión, por considerárseles focos potenciales de infección.49 Las autoridades advirtieron que tales lugares serían reabiertos hasta que cediera la epidemia. El reportero de Excélsior hizo un recorrido por la histórica villa de Juan Diego y encontró un ambiente sumamente triste. El mercado, extendido desde la explanada de la Basílica hasta los portales, estaba solitario. La ex colegiata estaba cerrada al igual que las capillas. Tal parecía que la gente se había encerrado en sus casas. Sin embargo, no fue en Guadalupe Hidalgo donde la influenza causó mayores estragos. Lo grave ocurrió en los pueblos cercanos, ubicados a unos cuantos kilómetros de la Basílica. En ellos la gente se encontraba en las puertas de sus jacales, afirmando que se trataba de un castigo de Dios. Con el semblante

tristemente típico de los aborígenes, esperaban resignados su turno. Adentro estaban los enfermos, los moribundos, afuera estaban ellos ansiando que se abriera la catedral para ir a postrarse de hinojos ante la morena Virgen y pedirle piedad. Muchos lamentaban no poder llevar a cabo sus prácticas fetichistas acostumbradas como recoger el polvo de la iglesia y frotarse la frente y las pantorrillas como una panacea indiscutible para sus males.50

No obstante la gran devoción que la feligresía profesaba por la Guadalupana, la Basílica permaneció cerrada. Debido a ello, no pocos feligreses se trasladaron a los templos del Distrito Federal para oír misa, razón por la cual los enfermos se convirtieron en transmisores de la peste.51

El cierre de la Basílica daría pie a una vendetta política. El presidente municipal de Guadalupe Hidalgo, apellidado Galvan, dueño de un cine y de un teatro afectados por disposiciones del Departamento de Salubridad, no tardó en desquitarse. Ante la inminencia de las elecciones para elegir a su sucesor en la presidencia municipal, le echó la culpa al candidato rival, el doctor Edmundo G. Aragón. Durante un mitin, sus partidarios pronunciaron discursos incendiarios, uno de los cuales expresó: “que sus enemigos trataban de quitar a los habitantes de la Villa lo único que les quedaba, que era su religión y su Virgen de Guadalupe”. No conformes con provocar esta excitación, los oradores dijeron que el autor de la idea de cerrar los templos fue el doctor Aragón y colocaron en las rejas de la Basílica un pizarrón en el que se leía: “Este templo se clausuró por orden del señor Edmundo : G. Aragón”.52 A su vez, cuando el presidente municipal era interrogado por los feligreses sobre el cierre de la Basílica, respondía: “Yo nada tengo que ver, el autor de esto es el señor Edmundo G. Aragón, que vive en tal parte, vayan y apedreen su casa para que les abra la iglesia”.53

Una comisión integrada por media docena de vendedoras de cera y “gorditas”, representantes de 35 comerciantes, acudió al Departamento de Salubridad protestando por la supuesta decisión del señor Aragón de cerrar la Basílica. En resumidas cuentas: solicitaban su reapertura. El doctor José María Rodríguez les manifestó que la decisión de cerrar los templos fue del Consejo de Salubridad, como se estilaba en los casos en que una epidemia tomaba carácter alarmante. Les aclaró que el doctor Aragón nada había tenido que ver en el asunto. Trató de convencerlas del beneficio que acarreaba tal medida profiláctica y ofreció a las mujeres pagarles lo que ganaban mientras los templos estuvieran cerrados, pero las comisionadas no aceptaron. Exigieron la reapertura inmediata de los templos y dijeron que sólo bastaba con colocar en sus puertas un aviso señalando el supuesto peligro, y que cada quien decidiera si entraba o no.54

En la misma tarde, Ángel Vivanco envió un ocurso al Departamento de Salubridad señalando que la mayoría de los habitantes de la Villa de Guadalupe vivían del comercio y sus clientes eran los visitantes de la Basílica. En tal virtud, resultaba urgente su reapertura, previo cumplimiento de algunas reglas sanitarias. Su petición fue aceptada de conformidad bajo las siguientes condiciones: la puesta en las puertas de cada iglesia de sendos carteles de dos metros que dijeran: “Se previene al público que de los centros de reunión, los templos ofrecen mayor peligro de contagio para contraer la influenza”. En forma complementaria, se acordó que las puertas debían estar completamente abiertas al igual que las ventanas, de manera que el interior estuviera completamente ventilado. También se destacó la obligación de los responsables de los templos de desinfectarlos diariamente.55

Discusión en la Cámara de Diputados

El 18 de octubre el doctor José Siurob subió a la tribuna en la Cámara de Diputados para recriminarles a sus colegas la discusión de temas irrelevantes mientras el país estaba atrapado por la influenza española. Manifestó que la prensa había dado cuenta de que la peste invadió la República por la frontera norte, que rápidamente ganó terreno en el centro y que amenazaba con propagarse hacia el sur. Agregó que la fiebre adquiría caracteres alarmantes en Torreón, Durango, Querétaro y Puebla, y no obstante se ignoraba si las autoridades competentes habían dictado medidas elementales como la clausura de los centros de reunión y diversión y los templos, a los que concurrían personas de todas las clases sociales. A juicio de Siurob, hasta el momento existía una vasta zona del país que cubría Veracruz, los estados del Istmo y Yucatán en donde la fiebre no había llegado, y aún era tiempo de evitarla.56

Para convencer a los diputados de que debían participar en su combate, Siurob manifestó que Carlos Alcocer, un médico bastante conocido en Querétaro, había sido atacado por la gripa española y que al cabo de ocho horas había perecido; que en Torreón, Coahuila, había más de cinco mil enfermos; en Gómez Palacio toda la población estaba contagiada y por consiguiente eran muchas las defunciones; en San Pedro de las Colonias se registraban 1 400 defunciones por día; en Ciudad Lerdo, Durango, y en San Felipe, Guanajuato, ocurrían entre sesenta y setenta defunciones diarias. Citó que en Puebla, en una familia compuesta de quince individuos, todos fueron atacados y a la postre siete perdieron la vida.57 A continuación leyó una noticia del periódico La Opinión afirmando que en el puerto de Veracruz la infección española había causado la muerte de los ediles, diputados, jueces, del procurador de Justicia, y en Córdoba, estragos semejantes. Al igual que otros, el legislador volvió a llamar la atención sobre el peligro que se cernía sobre las filas del ejército debido a que en los cuarteles no se cumplían con las reglas mínimas de higiene, a lo que se debía agregar la falta de instrucción tanto de los jefes como de la tropa para prevenirse contra el mal.

Como primera medida, Siurob propuso formar una comisión de diputados para verificar si el Departamento de Salubridad había tomado las medidas preventivas para combatir la fiebre y, en segundo lugar, averiguar si se disponía de los recursos suficientes. De no existir recursos, propuso que la Cámara decretara un apoyo económico adicional. A resultas de ello se formó una comisión para entrevistarse con las autoridades sanitarias e indagar si se estaba actuando correctamente para combatir el mal. El jefe de Salud Pública les informó que, apenas se tuvo conocimiento de que la epidemia había aparecido en los Estados Unidos y se había propagado rápidamente, se sometió a la consideración del presidente Carranza “la incomunicación de nuestra república con la vecina”. Sólo que a Carranza le interesaba la recuperación económica y por ende fue imposible suspender el tráfico de trenes y de personas.58

Alarmado por la situación, Siurob revivió la tesis de la incomunicación parcial del país. Expresó que ya que no se había podido impedir que la epidemia cruzara la frontera norte del país, y avanzara al centro, aún podían incomunicarse las regiones no contagiadas. Se trataba de una medida extrema y rigorista que podía provocar la parálisis de la vida económica y social, pero con su aplicación se protegerían regiones enteras del país muy pobladas y muy ricas. Aseguró que en Michoacán, Guerrero, Jalisco, Yucatán, Colima, los estados del Istmo como Chiapas, Oaxaca y Tabasco y el Estado de México el mal sólo había avanzado en forma parcial. Reiteró que en la Mesa central, en donde por desgracia ya nada se podía hacer, se cerraran todos los centros de diversión, los templos y las iglesias, a donde la feligresía acudía a implorar la benevolencia divina, e incluso que se adelantaran los exámenes finales en las escuelas para que los niños no asistieran a lugares concurridos. Finalmente pidió a los médicos de la República que se sumaran a la cruzada contra la influenza poniéndose en contacto con las autoridades estatales y municipales para tratar a los enfermos, aislarlos, recluirlos en lazaretos y rechazar a toda persona ajena a la comunidad sospechosa de tener influenza. En la indignación plena, culpó a las autoridades estatales y municipales de ser las responsables de la propagación de la epidemia, aunque les dijo que aún era tiempo de reivindicarse prohibiendo la entrada a su territorio de los trenes que no estuvieran desinfectados. Concluyó que si la Dirección de los Ferrocarriles se negaba a cumplir con sus obligaciones, los comités locales de Salubridad podían hacerlo, y que sólo así se protegerían del terrible mal.59 Como resultado de su presión y la de otros colegas, la Cámara de Diputados votó en pleno destinar 200 mil pesos para combatir la influenza. Por su parte, el Departamento de Salubridad tomó las medidas que estaban a su alcance para desinfectar los trenes que circulaban del norte al centro de la República y viceversa e impedir que viajaran las personas con gripe.

La Junta Privada de Beneficencia

Por desgracia, el gobierno no pudo hacer mucho para frenar la influenza. Es más, se dudaba que pudiera hacerlo debido a que recién se salía de una revolución. Por estas razones, en varias partes de la República surgieron grupos civiles abocados a reunir recursos para construir lazaretos, comprar medicinas y donarlas a los pobres, incluidas campañas de limpieza de calles y hogares. A final de cuentas, en lugares como la ciudad de México las juntas contribuyeron en forma decisiva a afrontar la peste. En los últimos días de octubre la prensa anunciaba que los “felices” (eufemismo para referirse a los ricos o pudientes) estaban interesados en la suerte de la población de la capital. Carlos B. Zetina, ex presidente del Ayuntamiento y por entonces senador de la República, convocó a una junta a los potentados de la banca, el comercio y la industria para fundar una Junta Privada de Salubridad.60 Su objetivo: llevar a cabo una campaña de saneamiento de la ciudad de México, comprar medicinas e importarlas de los Estados Unidos para salvar del desastre a una población empobrecida y en el más completo desamparo. El 2 de noviembre se efectuó una junta para definir la forma de reunir el dinero necesario y adquirir medicinas y desinfectantes en los Estados Unidos.61 Aclarado el punto, se abordó si se distribuían de forma gratuita a los enfermos o se les vendían a un precio simbólico que pudieran pagar. Pero hubo algo más. Como la epidemia causaba mayores estragos entre los pobres, y su organismo estaba debilitado por la miseria y pésima alimentación, se acordó establecer comedores públicos gratuitos.62

La Junta Privada reunió rápidamente el suficiente dinero para adquirir medicamentos en los Estados Unidos. El 8 de noviembre inició la campaña de limpieza por toda la ciudad. Habilitó cuatro brigadas de treinta hombres cada una para barrer las principales avenidas de la colonia Rastro Nuevo en dirección al centro de la ciudad de México. De paso regaron las calles, recogieron la basura y la quemaron. En los días siguientes varias cuadrillas de barrenderos limpiaron las calles de la colonia de la Bolsa, la Doctores, Peralvillo, Valle Gómez, entre otras, las más atacadas por la influenza. Avenidas como la del Trabajo quedaron completamente limpias.63

Por otra parte, los agentes del Departamento de Salubridad, encabezados por el doctor Enrique Martínez Contreras, visitaron las vecindades para obligar a sus moradores a asear las viviendas y quemar la ropa vieja y sucia.64 Enterados de tal visita, los propietarios de esas vecindades, organizados bajo la razón social Alianza de Propietarios, dijeron que también estaban interesados en combatir la epidemia. E.J. Amezcua dirigió una circular a todos sus asociados pidiendo a cada uno una cantidad razonable de dinero para comprar medicinas y repartirlas entre los indigentes. Agregó que las personas interesadas podían enviar su aportación al despacho de la Alianza ubicado en el edificio del Banco de Londres y México. Pero su iniciativa despertó el sarcasmo de los médicos del Departamento de Salubridad, quienes dijeron que en lugar de compadecerse de sus inquilinos, los propietarios debían más bien de preocuparse por tener en buenas condiciones las casas que rentaban, puesto que muchas constituían verdaderos focos de infección.65

Pero la Beneficencia Pública fracasó en cuanto a la compra y distribución de medicamentos. La causa: actuó a destiempo. Inició su campaña a principios de noviembre y, mientras se recogía el dinero, se hacía el pedido de medicinas a los Estados Unidos y se realizaban los trámites para su entrada por la frontera norte, la influenza llegaba a su fin. Los medicamentos llegaron a la ciudad de México a mediados de noviembre, cuando ya las muertes por influenza declinaban.

Toda la República invadida

El 19 de octubre el doctor José María Rodríguez, jefe del Departamento de Salubridad, declaró que diariamente recibía centenares de telegramas de toda la República pidiendo auxilio pecuniario y medicinas, pero que no se contaba con una cosa ni la otra. Mencionó que de Ciudad González, Guanajuato, lugar donde en las últimas horas había cundido la peste, se solicitaban quinina y médicos.66 Lo grave era que aquí 80% de los vecinos estaban enfermos, las defunciones alcanzaban diariamente el centenar e incluso, con la excepción de uno, todos los médicos habían fallecido.67 A estas alturas, la epidemia estaba en su apogeo en León, Guanajuato, en Tula y Tepeji del Río, del vecino estado de Hidalgo, y en Morelia, Michoacán. En San Luis de la Paz, 90% de la población estaba enferma y todos los miembros del Ayuntamiento local, aun el presidente, habían muerto.68

Un reportero de El Demócrata describió la situación en Dolores Hidalgo, Guanajuato, como la de un verdadero hospital, pero sin médicos ni medicinas. Aseguraba que cinco mil personas eran víctimas de la influenza y que en los pueblos circunvecinos la situación era similar: los enfermos estaban abandonados y sin esperanza de recibir ayuda.69 Para finales de octubre los campesinos solían llevar los cadáveres de sus muertos en carros y a lomo de mula desde los ranchos al cementerio de Dolores Hidalgo para darles sepultura. Como en los momentos críticos la mortandad resultó elevada, estos “medios de transporte” también resultaron insuficientes y muchos muertos se transportaban en simples camillas. Pero eso no fue todo: a los pocos días el cementerio de Dolores Hidalgo resultó insuficiente y las autoridades dispusieron que los muertos fueran sepultados en los mismos ranchos.70 Con base en los datos difundidos por el Departamento de Salubridad, en la segunda quincena de octubre El Demócrata hizo un cálculo de los fallecimientos ocurridos hasta el 24 de octubre. Según ese periódico, fallecieron diariamente entre 1 610 y 1 670 personas en toda la República. Pero sólo se trataba de un cálculo de las defunciones registradas en determinadas ciudades. Veamos:

Los datos no incluían las muertes ocurridas en los pequeños poblados, ni en los lugares apartados, de los cuales jamás se tuvo información. Al hacer una reflexión sobre tales datos ocurre lo siguiente: si se toma como promedio los 1 619 muertos al día durante mes y medio, la cifra se elevaba a 72 450 en el periodo. Pero si se toman los 1 670 muertos, se llegaba a las 75 150 víctimas. A estos datos habría que agregar las muertes ocurridas el resto de octubre, todo noviembre y parte de diciembre. Al considerar los tres meses, las cifras se duplican.

Alarma en Puebla

Apenas arribó la influenza a la ciudad de México, el gobernador de Puebla, Alfonso Cabrera, se alarmó y pidió informes al Departamento de Salubridad acerca de cuáles eran sus síntomas y las medidas para combatirla.71 Pero el gobernador no tuvo que esperar mucho tiempo para convencerse de la naturaleza de la peste, pues en la segunda quincena de octubre hizo su aparición en forma alarmante, y a la postre Puebla fue una de las entidades más castigadas. En vista de que la situación se tornó crítica, el día 18 las autoridades ordenaron el cierre de los cines y de toda clase de locales que ofrecían espectáculos y el adelanto de los exámenes finales en las escuelas.72 Para el 24 de octubre la epidemia causaba estragos tan graves que resultaron insuficientes los médicos y empleados del Hospital General para atender a los enfermos. Cosa parecida sucedió con los sepultureros de los panteones, quienes tampoco se dieron abasto. Era común ver deudos mortificados porque no era posible sepultar a sus muertos.73

Hasta estos momentos, con la excepción de algunos jefes de armas, dos diputados federales, dos diputados locales y otras autoridades municipales, no se sabía que hubieran muerto otras personas prominentes en las esferas del poder y los negocios. Pero eso seguramente aconteció en varias partes del país. Por ejemplo, el 30 de octubre falleció Joaquín Ibáñez, un abogado patronal y comerciante, en la ciudad de Puebla; el prominente empresario Alvaro Díaz Rubín, además de que su esposa estuvo al borde de la sepultura.74 También murió Ignacio Cardoso Sánchez de Tagle, a la sazón secretario de la Cámara de Comercio; el español Eloy Sánchez, cajero de la casa Díaz Rubín; la señorita Elena Villar, que pertenecía a una de las familias de linaje en la capital poblana; Joaquín Romano, de la casa Vda. de Gavito, entre otras.75 Para el 11 de noviembre la peste había atacado a una parte del poder judicial. La prensa dijo que:

los funcionarios judiciales han sido verdaderamente perseguidos por la enfermedad y no hay uno que no se encuentre en cama, y la administración de justicia ha quedado a cargo de los secretarios de los Juzgados. Muchos procesos por este motivo no han podido ser fallados. Varias audiencias para resolver la suerte de los procesados ya para sentencia se han tenido que suspender por falta de jueces y defensores.76

A semejanza de la capital de la República, donde se formó una Junta de Beneficencia Privada, en Puebla surgió una Junta Central de Caridad que de inmediato formó una brigada para desinfectar la ropa de hoteles, peluquerías, casas de lenocinio y baños públicos. Por su parte, las autoridades recomendaron a los empresarios blanquear y desinfectar sus fábricas, e igual medida fue sugerida a los obreros para con sus casas.77

Y al igual que en la ciudad de México, el traslado de los ataúdes por las calles, a pie o en tranvía, rumbo al cementerio generó un espectáculo lúgubre. En determinado momento, el Ayuntamiento de Puebla pidió a la gerencia de los Tranvías Eléctricos poner grandes tablas alrededor de sus unidades para evitar el espectáculo de recorrer las calles mostrando los ataúdes. También se recomendó a las funerarias acelerar el traslado de los ataúdes a los cementerios para evitar que permanecieran horas y horas en la vía pública.78 A principios de noviembre el Ayuntamiento prohibió entrar a las personas a los cementerios acompañando a sus muertos. Se adujo que, si lo hacían, al salir esparcirían millares de microbios por toda la ciudad.79 Un dato que refleja el impacto de la influenza en la ciudad de Puebla es que dos semanas después del primer brote los orfanatorios recogieron 5 400 niños que se quedaron sin parientes.80

Según se asentó en los libros del Registro Civil, el 31 de octubre se registraron 220 defunciones en la ciudad de Puebla. Pero las cifras sólo incluyeron los muertos sepultados aquí.81 En cuanto a los que se sepultaron en otras localidades, nada se supo. El diario Excélsior afirmó que la mortalidad en la municipalidad poblana fue veinte veces superior a la registrada en la capital de la República. Para hacer más escalofriante el cuadro, agregó que en ciertos momentos hubo más de un centenar de cadáveres insepultos en el panteón de Agua Azul. La razón: falta de tumbas. Por supuesto que la ciudad estuvo bastante alarmada con motivo del incremento de la epidemia, y aún faltaba ver lo sucedido en el resto del Estado, ya que la peste estaba lejos de ceder.82

El 11 de noviembre diversas gavillas de zapatistas que operaban al sur de Puebla abandonaron sus refugios y se encaminaron a los poblados inmediatos a Atlixco. A simple vista las filas rebeldes lucían diezmadas, pues llevaban consigo numerosos caballos sin jinetes; la epidemia los había aniquilado. Una de esas gavillas fue la de los Juzgados. Muchos procesos por este Epigmenio Rodríguez, famoso por volar trenes y asaltar poblados. El cabecilla llegó a Santa Lucía con una veintena de hombres en tal estado de desaliento y desesperación que más que columna guerrillera parecía un hospital ambulante. Varios de ellos fallecieron a las pocas horas de recibir auxilio médico y los restantes quedaron postrados en cama.83 Por causa de la epidemia, muy pocos de esos rebeldes regresaron a las montañas a seguir peleando. En las faldas de los volcanes era común encontrar cadáveres de zapatistas y arenistas abandonados y semidevorados por los buitres. En un recorrido de inspección, las autoridades recogieron cerca de 28 cadáveres en dos días.84 El 21 de noviembre el jefe de la División Oriente, Cirilo Arenas, ordenó a sus subalternos hacer una relación pormenorizada de los jefes, oficiales y elementos de tropa sobrevivientes para saber con cuántos se contaba para futuras operaciones militares.85

Michoacán

En otras latitudes las cosas fueron similares. En los primeros días de noviembre, en Michoacán, la columna de José Altamirano, principal lugarteniente de José Inés Chávez García, resultó contagiada. Uno de los primeros en fallecer fue Macario Silva. No obstante los cuidados y las atenciones, Silva murió en el rancho Piñal y fue sepultado en un lugar llamado Guacao. El mismo Altamirano resultó contagiado y, tan pronto se sintió enfermo, ordenó a sus hombres dirigirse a Morelia en busca de los mejores doctores, ofreciéndoles cincuenta mil pesos en oro con la condición de que lo curaran. Por más esfuerzos que hicieron, ningún médico se atrevió a correr semejante aventura. Al regresar al campamento, Altamirano ya estaba moribundo y al poco tiempo expiró.86

En la segunda semana de noviembre el propio José Inés Chávez García, quien se había convertido en el terror de la región, contrajo la influenza en la Hacienda de Mármol, Guanajuato. Sus subalternos lo condujeron en camilla a Penjamillo y luego a Purépero, Michoacán. Por cierto que el general Manuel M. Diéguez lo iba persiguiendo sin saber que el rebelde estaba enfermo e iba en franca retirada. Para despistar a sus perseguidores, antes de llegar a Purépero, sus lugartenientes hicieron dos sepulturas en pleno campo. Cuando los carrancistas llegaron, cavaron y en una de ellas encontraron una caja con la cobija de José Inés y parte de su ropa y en la otra, nada. Finalmente los rebeldes llegaron a Purépero, donde José Inés Chávez García mandó llamar a su anciana madre, que se encontraba por el rumbo de Zacapu, a fin de que lo atendiera. También mandó emisarios a diferentes partes de Michoacán buscando médicos, pero todas sus gestiones resultaron inútiles. Al comprender que su estado era grave, y que era probable que muriera, llamó a un cura para que lo confesara y le diera la extremaunción. José Inés Chávez García pasó los últimos momentos de su vida implorando la piedad divina. Finalmente el 11 de noviembre falleció. Muerto el jefe, sus hombres lo amortajaron y, en un tosco féretro, lo llevaron al cementerio de Purépero, donde lo sepultaron al son de destempladas trompetas que tocaban una marcha fúnebre. Después los chavistas se reunieron en el pueblo de Cabrío, en donde repitieron la marcha fúnebre acompañados de música melancólica. Los lugareños aseguraban que, antes de morir, el cabecilla le comunicó a su madre el lugar en donde escondió valiosos tesoros consistentes en oro acuñado y alhajas obtenidos durante su carrera de bandolero, cuestión que motivó que a la postre la anciana fuera asediada por las autoridades para que revelara el lugar, o bien les entregara las joyas y alhajas.87

Guerrero

La influenza no sólo golpeó a los rebeldes poblanos y michoacanos, sino también a los morelenses. En la segunda semana de noviembre el gobierno carrancista alistó una columna de dos mil voluntarios de Taxco, Buenavista y Huitzuco para batir a los zapatistas en su propio terruño. Pero desde el inicio, en lugar de toparse con rebeldes, la columna encontró familias completas en chozas humildes y sin el más mísero alimento. En forma dramática observaron que padres, hijos, hermanos y parientes morían sin la menor atención. Bajo estas condiciones, los medicamentos que cargaban para uso personal los utilizaron para atender a esta gente en múltiples poblados y rancherías. Pero lo más grave del caso fue que la mayor parte de la columna gubernamental se contagió, y de los dos mil hombres iniciales sólo ochenta escaparon sanos y salvos del “infierno”. Los sobrevivientes se vieron obligados a auxiliar a sus compañeros enfermos para regresar a sus cuarteles. Basados en esta amarga experiencia, los jefes militares expresaron que mientras no terminara la epidemia de influenza sería inútil cualquier campaña militar contra los rebeldes, pues existía el temor de que cuantas tropas fueran enviadas sufrieran el inevitable contagio.88

Morelos

A propósito de lo que ocurría en gran parte del país, la prensa dijo con cierta jactancia que la influenza ejercía una insólita labor pacificadora en Morelos. Que llegó con tanto empuje que, además de terminar con varias partidas de rebeldes, estableció en algunos pueblos “la paz de los sepulcros”, cuestión que encerraba cierta dosis de verdad. Por todas partes había desolación y las fuerzas gubernamentales pasaban días enteros sepultando a los muertos que encontraban abandonados en el campo, en las casas y rancherías.89 Pero el climax ocurrió a finales de noviembre, cuando se difundió que Emiliano Zapata estaba enfermo de influenza en Villa de Ayala. Incluso se afirmó que, tan pronto como sus colaboradores se dieron cuenta de que estaba enfermo, secuestraron a dos médicos en Cuautla para que lo atendieran. Por supuesto, les habían advirtido que si Zapata moría ellos correrían la misma suerte.90 La noticia, por supuesto, resultó falsa.

Estado de México

En los límites del Estado de México y Morelos la epidemia también provocó fuertes estragos y acabó con partidas completas de zapatistas.91 En un parte oficial rendido al general Pablo González uno de sus subalternos le mencionó la muerte del cabecilla Ignacio Fuentes, ocurrida en Malinalco, Estado de México. Al igual que con José Inés Chávez García, los zapatistas se llevaron el cadáver de su jefe al pueblo de Ocuilán para hacerle los honores respectivos y sepultarlo.92 Después de esto los rebeldes dejaron sus campamentos, abandonando a numerosos compañeros enfermos, y se internaron en Morelos sin sospechar que allí también la influenza estaba en su apogeo. Es probable que la peste los incitara a deponer las armas y volver a sus pueblos, lo cual de alguna forma resultaba comprensible en un contexto de muerte, hambre y desolación. En infinidad de fincas agrícolas y rancherías de Morelos, del Estado de México, Puebla y Tlaxcala se suspendieron las labores debido a que los peones sufrían los horrores de la enfermedad.

Río Balsas

En las riberas del Río Balsas la epidemia hizo tales estragos que los cadáveres quedaron tirados en el suelo, las casas abandonadas y los campos sin cultivar. En un escondite rebelde las fuerzas del general Mendoza encontraron 18 cadáveres y no tuvieron más remedio que enterrarlos.93

Tlaxcala

La epidemia de influenza no tardó en llegar a la vecina Tlaxcala. La prensa dijo que cuando todo mundo señalaba que la entidad había escapado de la terrible epidemia, ésta hizo su aparición con carácter alarmante. El gobernador Máximo Rojas envió un telegrama al Departamento de Salubridad diciendo que minuto a minuto recibía telegramas de todas partes de la entidad comunicándole que la epidemia causaba víctimas por doquier. Agregó que hasta esos momentos podía calcular en más de mil los enfermos en las tres principales ciudades, que eran Apizaco, Huamantla y Tlaxcala.94

Pero las noticias sobre los desastres provocados por la influenza no pararon ahí. El 3 de noviembre la prensa difundió que la epidemia seguía causando graves estragos y que pueblos enteros se extinguían. Eran contados los habitantes que se salvaban. El gobernador Máximo Rojas siguió enviando llamadas de auxilio al Departamento de Salubridad pidiendo que le enviaran urgentemente médicos y medicinas. Al poco tiempo ya no eran tres las ciudades invadidas por la epidemia, sino la entidad en su conjunto. El gobernador aseguraba que había pueblos en los no quedaba un individuo sano y que en otros los enfermos morían de una manera angustiosa. A Apizaco, Tlaxcala y Huamantla ahora se agregaba Calpulalpan, invadida por el terrible mal. Y ante todo esto, la población misma desconocía el carácter del mal y por lo tanto estaban sumamente atemorizados.95

Veracruz

En la segunda quincena de noviembre la prensa veracruzana aseguró que Félix Díaz había muerto víctima de la influenza. No obstante citaba el lugar del deceso, Xoxontla, la noticia resultó falsa.96 A principios de diciembre también circuló la versión de que Higinio Aguilar y Gaudencio de la Llave estaban enfermos de influenza en la ranchería de Ixcatla, Veracruz.97

Hidalgo

A principios de noviembre la influenza atacó a los trabajadores en varias minas de Hidalgo y de inmediato las autoridades las clausuraron para impedir que la enfermedad se extendiera.98 Por supuesto que la medida ocasionó considerables pérdidas a industriales y a trabajadores, pero se consideró que era lo más conveniente. Sobre los efectos de la epidemia en las zonas petroleras y en las plantaciones henequeneras y madereras no se sabe gran cosa, lo que quizá significa que no fueron considerables.

Un interregno

Se podría afirmar que para finales de octubre y principios de noviembre la epidemia estaba en la cresta. En el norte del país la tendencia era a la mengua, pero en el Valle de México se mantenía en toda su intensidad y avanzaba hacia el sur de la República. Los gobiernos estatales y federal se limitaron a dictar medidas sanitarias que en ocasiones estuvieron lejos de cumplirse. Los ferrocarriles siguieron cruzando el territorio nacional sin desinfectarse; los viajeros iban y venían de una ciudad a otra; los centros de reunión no siempre se cerraron; el agua y el viento jugaron su papel y la influenza siguió viento en popa.

Al sur y sureste de la República

Para finales de octubre y principios de noviembre la influenza afectó Salina Cruz, Oaxaca, y Tapachula, Chiapas, lo que indica que había recorrido el altiplano y que estaba a un paso de la frontera con Guatemala.99 Se detectó una gran cantidad de soldados enfermos de influenza en la guarnición de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, y la población civil entró en pánico. Como había sucedido en otras partes, el doctor López Sánchez, delegado del Departamento de Salubridad, murió a consecuencia de la influenza, otros cuatro médicos cayeron enfermos y dos más permanecieron sanos, pero no contaban con medicinas. En los días siguientes la epidemia apareció en Frontera, Tabasco, en diversas poblaciones de Yucatán, de Campeche y en el vecino territorio de Belice.100 Las autoridades sanitarias de Yucatán pidieron a la cancillería mexicana y al Consejo Superior de Salubridad que dictara cuarentena contra la colonia británica para proteger a los habitantes de los puertos de Quintana Roo, Yucatán y Campeche. La respuesta no tardó en llegar, haciendo ver que la petición no tenía sentido, puesto que desde hacía días la influenza atacaba a toda la península yucateca.101 Por cierto que las autoridades sanitarias esperaban combatir el mal en Chiapas, Tabasco, Campeche y Yucatán, con un medicamento llamado Fenol. 102

Al finalizar octubre la atención del gobierno mexicano quedó puesta en la frontera con Guatemala. Sobre todo porque en Ayutla, población guatemalteca ubicada a pocos kilómetros de Tapachula, la fiebre amarilla había sentado sus reales y existía el temor de que brincara a suelo mexicano.103 Pero a diferencia de lo ocurrido con los Estados Unidos, con Guatemala las cosas resultaron sumamente tirantes. Desde abril de 1918 se supo que la fiebre amarilla asolaba a ese país. El gobierno mexicano trató de impedir que invadiera el nuestro regulando el tráfico de personas provenientes de Guatemala mediante una estricta observación de doce días. La medida provocó malestar en el país vecino y su gobierno impuso la regla de someter a toda persona procedente de México a una observación de siete días para detectar si era portador de alguna epidemia.104 Para finales de octubre la fiebre amarilla se recrudeció en Guatemala, y en los puertos mexicanos del Pacífico se dictaron órdenes expresas de imponer la cuarentena a los buques guatemaltecos.105 Ellos protestaron argumentando que la medida era absurda ya que en sus puertos no había la fiebre susodicha. Como su argumento no fue escuchado, el gobierno de Guatemala optó por repatriar a todos los mexicanos. Pero lo más grave fue que la propia Guatemala padecía, además de la fiebre amarilla, la influenza española. Guatemala no sólo tuvo problemas con México sino también con El Salvador. Las autoridades de ese país impusieron la cuarentena contra los buques guatemaltecos ya que no querían importar la temible fiebre amarilla.106

La franja occidental

Al parecer, en varias entidades ubicadas en la franja occidental de la República la influenza no se presentó con virulencia. La vox populi dijo que la Sierra Madre Occidental había servido de muralla para impedir que la terrible enfermedad arribara a la costa del Pacífico.107

Los puertos y las costas

No se tienen informes oficiales de cuántos barcos tocaron los puertos mexicanos del Atlántico y el Pacífico en los últimos tres meses de 1918, salvo algunos casos. Por ejemplo, a la par que la influenza se propagaba en la franja fronteriza con los Estados Unidos, en la capital de la República se recibieron noticias de que, mientras cruzaba las aguas del Golfo de México rumbo al puerto de Veracruz, la influenza había cundido en el vapor español Alfonso XII. De inmediato el doctor José María Rodríguez, jefe del Departamento de Salubridad, pidió informes a la Compañía Trasatlántica Española sobre la veracidad de tales rumores, topándose con que la citada compañía nada sabía.108 Para despejar dudas, la Secretaría de Relaciones Exteriores se comunicó con el cónsul mexicano en La Habana, Cuba, y su respuesta fue muy preocupante. Se supo que la influenza española había cundido en toda la isla, principalmente en las provincias orientales. Agregó que el vapor español Alfonso XII había pasado por La Habana con 1 200 personas a bordo, de las cuales 23 murieron durante la travesía y 300 más estaban enfermas. Para complicar las cosas, expresó que había indicios de brotes de cólera a bordo del mismo vapor.109

El 9 de octubre las autoridades mexicanas transmitieron a la Compañía Trasatlántica Española el contenido del informe de su cónsul en Cuba y le previnieron que no todos los puertos estaban en condiciones de atender a los enfermos. Como el vapor estaba a punto de arribar, le advirtieron que sólo por esa ocasión se le permitiría anclar en el puerto de Veracruz. Eso sí, los enfermos no podrían bajar a tierra. En forma paralela, las autoridades le ordenaron al delegado sanitario del puerto establecer un lazareto en la Isla de Sacrificios para aislar a los enfermos del citado vapor y sujetarlos a una rigurosa cuarentena.110 En forma sorpresiva, J. Gayón, representante de la Compañía Trasatlántica Española, agradeció la disposición de las autoridades para permitir el arribo del Alfonso XII al puerto de Veracruz, pero declaró que el buque no planeaba tocar puerto mexicano alguno.111 De cualquier forma, en la prensa se armó una fuerte discusión: para algunos el que se sometiese a cuarentena en la Isla de Sacrificios a los viajeros del Alfonso XII o de cualquier otro barco no garantizaba contener la propagación de la epidemia. El Demócrata era partidario de prohibir a cualquier barco atracar en costas mexicanas. Aceptaba que, al aplicarse esta medida, serían afectados los intereses de algunas personas, pero decía que por encima de ellos estaba la salud pública. Concluía que el gobierno tenía demasiados problemas con la influenza al norte y centro del país como para permitirle entrar por los puertos.112

El 10 de octubre el delegado sanitario en el puerto de Tampico informó que la influenza no se había presentado en su feudo, no obstante que varios buques norteamericanos anclaron llevando infectados a bordo. Eso sí, se opuso a que estos últimos desembarcaran.113 Días más tarde aplicó el mismo procedimiento al vapor americano Gene Crawley procedente de Nueva Orleáns. El 17 de octubre llegó al puerto de Veracruz el vapor Manzanillo, de matrícula norteamericana, procedente de Nueva York, con la mayor parte de su tripulación atacada de gripe. Las autoridades aceptaron que anclara, a condición que ningún tripulante desembarcara.114 Al finalizar octubre llegó a Puerto México el vapor norteamericano Santa, Alicia, procedente de Nueva Orleáns, con gran cantidad de enfermos de influenza. El delegado sanitario los sometió a una estricta cuarentena con la advertencia de que apenas se restablecieran el barco se fumigaría.115 Por el lado del Pacífico el 10 de octubre el delegado sanitario del puerto de San Blas pidió informes al Consejo Superior de Salubridad sobre la naturaleza de la enfermedad e instrucciones para combatirla.116 El 11 de noviembre llegó a Salina Cruz, Oaxaca, el vapor japonés Kiyu Mam, procedente de Valparaíso, Antofagasta, Iquique y Callao, los primeros tres puertos ubicados en Chile y el cuarto en Perú, con 28 inmigrantes de los cuales 23 estaban enfermos. De inmediato fueron bañados y desinfectados, al igual que sus ropas, y sometidos a la ineludible cuarentena. Antes de continuar su viaje, otras cinco personas también fueron desinfectadas. Pero la llegada del buque a Salina Cruz causó alarma entre la población debido a que la zona estaba siendo azotada por la influenza. Sus habitantes protestaron por la llegada de los barcos y las autoridades tuvieron que tranquilizarlos.117 Como se observa, al igual que ocurrió con los ferrocarriles, las protestas de algunos sectores de la población que pedían prohibir que barcos con personas enfermas de influenza atracaran en puertos mexicanos no fueron escuchadas. Sólo se aplicó cuarentena a los enfermos.

Los cálculos sobre el número de muertes

En plena Revolución aparecieron diversas pestes, entre las cuales la influenza española resultó ser la más mortífera. El problema es determinar cuántos muertos hubo. Una nota periodística fechada el 12 de diciembre de 1918 refiere que la influenza reapareció en Texas mostrando mayor intensidad y que era necesario tomar toda clase de precauciones. La razón: ahí se había gestado la que azotó a México provocando más de trescientas mil víctimas, sin contar las que seguía causando en Tabasco, Chiapas, Campeche y Yucatán.118 Por supuesto que se trata de simples cálculos de una fuente periodística, pero alude a más de 300 mil víctimas en la República, sin incluir las que hubo en la última quincena de diciembre. La cifra concuerda con la difundida por Moisés González Navarro, extraída de una fuente norteamericana que también reportó 300 mil muertos, aunque el historiador dijo ser sumamente escéptico en cuanto a su veracidad.119

Existe un artículo con un título muy sugestivo referido a las epidemias del siglo XX de Augusto Fujigaki y Alfonso González Calvan que, no obstante aportar algunas estadísticas, resulta decepcionante.120 Habla de que en 1918 se registró una epidemia llamada influenza española, por la cual fueron atendidos 800 enfermos en el Hospital General, de los cuales murió una enorme cantidad por lesiones bronco-pulmonares. Pero los autores sólo hablan de un hospital y de los enfermos que a él llegaron. Nada dicen sobre los que ingresaron a otros hospitales, ni cuántos no pudieron ingresar a ninguno. Tampoco habla de las personas atendidas por algún médico en su propia casa, ni de quienes ni siquiera tuvieron esa oportunidad y, por consiguiente, murieron. Más adelante expresan:

Una de las más terribles pandemias gripales fue la que sobrevino en Europa después de la Guerra del Catorce. Probablemente en barcos de la “Transatlántica Española” llegaron los primeros enfermos de influenza al litoral del Golfo. Por esta causa, aun cuando España fue el último país que sufrió la epidemia, en México se le llamó “influenza española” y tuvo características tan graves en nuestra patria que, al decir del doctor Francisco Valdés, la epidemia de 1918 determinó una mortalidad verdaderamente espantosa en Torreón, Gómez Palacio, San Pedro de las Colonias y algunas otras poblaciones inmediatas, al grado de que hubo días en que se registraron 300 defunciones en la primera, calculándose que durante dicha epidemia murieron en las expresadas poblaciones 21 000 personas. 121

Pero existen otros datos que podrían servir como punto de referencia. De acuerdo con las estadísticas oficiales, entre octubre y noviembre el número oficial de víctimas en la municipalidad de la ciudad de México fue de 6 88O.122 A tal cantidad habría que agregar las víctimas de otros municipios del Distrito Federal: Tacuba, Guadalupe Hidalgo, San Ángel, Azcapotzalco, Coyoacán y Tlalpan.

La epidemia de influenza cobró casi medio millón de muertos en México y se calculó que, a nivel mundial, la enfermedad había causado más defunciones que las dos guerras mundiales. “La soberana de la humanidad”, Ernesto García Cabral, Revista de Revistas, 11 de agosto de 1918. AG

De los datos expuestos se puede sacar una conclusión clara: durante el mes de octubre el número de defunciones se duplicó y en noviembre se triplicó. En este caso se trata de datos oficiales. El 2 de enero de 1919 El Universal publicó una noticia que lleva por título “Medio millón de muertos… ¡Pasó su majestad la influenza!”. Destacaba que epidemias como el cólera, la influenza española y la viruela negra habían sido más mortíferas que las balas durante la Revolución puesto que mataron a una cantidad inusitada de personas. A la influenza le atribuyó haber matado nada menos que 436 200 personas, al cólera 300 mil y a la viruela unas 70 mil. Sumando los datos de la mortalidad producida por las tres epidemias, resulta que murieron 806 200 personas.123

Como se señaló líneas atrás, Edwin Oakes Jordán habló de medio millón de mexicanos muertos, en tanto que otras fuentes disponibles señalan alrededor de 300 mil. Sobre el número de muertos en los frentes de batalla existen mayores discrepancias. Algunas cálculos lo fijan en una cantidad similar a la provocada por la influenza, esto es, en 300 mil personas. Si nuestros razonamientos son correctos, habría que concluir que la caída de la población registrada entre 1910 y 1920 se debió a las muertes habidas en los frentes de batalla, a las pestes, epidemias, hambrunas y al hecho de que un gran número de personas emigraron a Estados Unidos y Cuba.

Como colofón, a mediados de diciembre el diputado José Siurob subió otra vez al estrado de la Cámara de Diputados para manifestar que:

[…] por no haberse combatido suficientemente la epidemia española, por no habérsele puesto todos los obstáculos que científicamente debieron haberse puesto en juego para que no avanzara al Centro, ya que no pudo contenerse en su avance al Centro, siquiera para que no avanzara a los Estados del Sur de la República; ya que no se ha hecho esto y que hemos visto que la epidemia se ha paseado por toda la república produciendo un número de defunciones que equivale, no digo a una revolución, sino a dos revoluciones, desde el momento en que el número de muertos sobrepasa con mucho al de las víctimas de toda la revolución desde 1910 hasta la fecha, cabe suponer que si se sigue economizando dinero en estas partidas, nuestras costas van a despoblarse por la sencilla razón de que volverán estas epidemias con la intensidad y la crueldad que en años anteriores y acabarán por desaparecer comarcas enteras, como ha sucedido con algunos puertos, entre ellos Manzanillo y algunos otros puertos del Pacífico en donde las epidemias dejaban casi deshabitados esos lugares.124

Esto lo dijo con enorme amargura, ya que los 200 mil pesos prometidos por el gobierno federal para combatir la influenza jamás llegaron, lo que demostraba que el Departamento de Salubridad, las juntas de Beneficencia Privada, los gobiernos locales, los médicos civiles y militares, con recursos limitados, se enfrentaron a la tercera pandemia más peligrosa que haya conocido la humanidad.125 En el ínterin, la población se alarmó y acudió a los médicos, hospitales, brujos y hechiceros buscando un milagro. Renació el fervor religioso y los fieles acudieron a las iglesias para implorar a sus dioses que los libraran de una gripe que en pocas horas los llevaba a la tumba. Otros se desesperaron y optaron por el suicidio, sin faltar quienes se entregaron a las borracheras pensando que el alcohol los inmunizaba del mal.


Notas

1 Edwin Oakes Jordán, Epidemic Influenza, citado por Luis González en Pueblo en vilo, México, El Colegio de México, 1968, p. 187.
2 Georges H. Werner, La gripe, Buenos Aires, Eudeba, 1964, p. 59.
3 Sin embargo, una variante benigna de la misma enfermedad apareció simultáneamente entre las fuerzas armadas alemanas, italianas, rusas, inglesas y norteamericanas. Esta variante de influenza, llamada la fiebre de los tres días, no fue mortal. Cuando algún tiempo después apareció en su forma mortífera, los soldados que sufrieron la fiebre de los tres días, dieron muestras de ser inmunes.
4 Moisés González Navarro, Población y sociedad en México (1900-1970), tomo I, México, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales-UNAM, 1974, p. 315.
5 Charles C. Cumberland, Lü Revolución mexicana. Los años constitucionalistas, México, FCE, 1983, pp. 359-360.
6 “Una mortal epidemia de influenza maligna, infesta casi todos los campamentos militares yanquis”, El Demócrata, y “Queda suspendido el envío de tropas de Estados Unidos a Europa debido al incremento alcanzado por la influenza española”, El Demócrata, 4 de octubre de 1918.
7 “La influenza española causa 300 muertes en 48 horas en la región de La Laguna”, Excélsior, y Alfonso Taracena, La verdadera revolución mexicana, sextavarte (1918 a 1920), México, Jus, 1961, p. 45.
8 “La influenza ha continuado invadiendo a la República”, El Demócrata, 13 de octubre de 1918.
9 “En Torreón sigue formidable la epidemia”, El Demócrata, 15 de octubre de 1918.
10 “La influenza ha continuado invadiendo a la República” y “En Torreón sigue formidable la epidemia”.
11 “La influenza española apareció en la frontera con nuestro país”, El Demócrata, 5 de octubre de 1918.
12 “En forma alarmante, la influenza española ha invadido algunos estados fronterizos”, El Demócrata, 6 de octubre de 1918.
13 “Monterrey y San Luis Potosí han sido invadidos por la influenza española”, El Demócrata, 9 de octubre de 191 8, y “La influenza española se ha desarrollado en forma muy alarmante”, Excélsior, 9 de octubre de 1918.
14 “La epidemia de influenza toma incremento”, El Demócrata, 10 de octubre de 1918.
15 “La epidemia de influenza toma incremento.
16 “La epidemia de influenza toma incremento”.
17 “34 casos de influenza en México”, El Demócrata, 11 de octubre de 1918.
18 “La influenza ha continuado invadiendo a la República”.
19 “En Torreón sigue formidable la epidemia”.
20 “La influenza, benigna primero, exacerba sus efectos en la capital”, El Demócrata, 25 de octubre de 1918.
21 “La influenza, benigna primero, exacerba sus efectos en la capital”.
22 “La epidemia de influenza toma incremento”.
23 “Pasan ya de mil los casos de influenza española que se registran en la capital”, El Demócrata, 12 de octubre de 1918.
24 “Pasan ya de mil los casos de influenza española que se registran en la capital”.
25 “La influenza ha continuado invadiendo a la República”.
26 Se calcula que en 1910 había casi 721 mil personas en el Distrito Federal yen 1921 más de 906 mil, sin considerar la población flotante que en ocasiones superaba 100% de la normal.
27 “La influenza española causa 300 muertes en 48 horas en la región de La Laguna”, y “34 casos de influenza en México”.
28 “34 casos de influenza en México”, y “La fiebre española está tomando caracteres muy graves en todo el país”, El Demócrata, 19 de octubre de 1918.
29 “La influenza, benigna primero, exacerba sus efectos en la capital”.
30 “La influenza hállase extendida por todo el territorio nacional”, El Demócrata, 27 de octubre de 1918.
31 “La epidemia de influenza toma incremento”.
32 “34 casos de influenza en México” y “Pasan ya de mil los casos de influenza española que se registran en la capital”.
33 “34 casos de influenza en México” y “Pasan ya de mil los casos de influenza española que se registran en la capital”
34 “La influenza ha continuado invadiendo a la República”.
35 “Sigue asolando al país la influenza”, El Demócrata, 22 de octubre de 1918.
36 “A 60 mil llega el número de personas que son víctimas de la influenza en el Distrito Federal”, El Demócrata, 24 de octubre de 1918.
37 “La influenza tiende a decrecer en todo el Distrito Federal”, Excélsior, 16 de noviembre de 1918.
38 “La influenza tiende a decrecer en todo el Distrito Federal”.
39 “Continúa bajando la epidemia de influenza”, Excélsior, 17 de noviembre de 1918.
40 “La influenza hizo grandes estragos en muchas rancherías”, Excélsior, 24 de noviembre de 1918.
41 Las estadísticas que aparecen día con día, además de preliminares, son confusas. De todas formas, consultar “A 60 mil llega el número de personas que son víctimas de la influenza en el Distrito Federal” y el Diario de los debates de la cámara de diputados, 26 de octubre de 1918, pp. 18-19.
42 “Doscientos mil pesos para combatir la epidemia de influenza”, El Demócrata, 20 de octubre de 1918.
43 “La influenza causa graves estragos en Tlaxcala”, Excélsior, 3 de noviembre de 1918.
44 “Doscientos mil pesos para combatir la epidemia de influenza”.
45 “Pasan ya de treinta mil las personas enfermas de influenza en la capital”, El Demócrata, 21 de octubre de 1918.
46 “La influenza hállase extendida por todo el territorio nacional”.
47 “Pasan ya de treinta mil las personas enfermas de influenza en la capital”.
48 “Sigue asolando al país la influenza”.
49 “La influenza hállase extendida por todo el territorio nacional”, “La capital de Nuevo León está siendo azotada con dureza por la influenza”, Excélsior, 28 de octubre de 1918, y “La influenza española sirvió para una maniobra política”, Excelsior, 29 de octubre de 1918.
50 “La capital de Nuevo León está siendo azotada con dureza por la influenza”.
51 “Los droguistas sin conciencia, los charlatanes y la incuria oficial, agentes activos de la influenza”, El Demócrata, 28 de octubre de 1918.
52 “La influenza española sirvió para una maniobra política”.
53 “La influenza española sirvió para una maniobra política”.
54 “La influenza española sirvió para una maniobra política”.
55 “La influenza española sirvió para una maniobra política”.
56 Diario de los debates de la cámara de diputados, 18 de octubre de 1918, pp. 15-18.
57 Diario de los debates de la cámara de diputados, 18 de octubre de 1918, pp. 15-18.
58 Diario de los debates de la cámara de diputados, 19 de octubre de 1918, pp. 8-11, y “Doscientos mil pesos para combatir la epidemia de influenza”
59 “Doscientos mil pesos para combatir la epidemia de influenza”.
60 “Principia a organizarse la campaña contra la influenza”, El Demócrata, 30 de octubre de 1918.
61 “La influenza causa graves estragos en Tlaxcala”.
62 “La influenza causa graves estragos en Tlaxcala”.
63 “En general cede ya la influenza española”, Excélsior, 11 de noviembre de 1918, “Se está haciendo efectiva la campaña contra la influenza”, Excélsior, 12 de noviembre de 1918, y “Cada día son menores los casos de influenza”, Excélsior, 21 de noviembre de 1918.
64 “Descenso en las muertes por influenza”, Excélsior, 8 de noviembre de 1918.
65 “Terrible epidemia en Puebla”, Excélsior, 1 de noviembre de 1918.
66 “Doscientos mil pesos para combatir la epidemia de influenza”.
67 “La fiebre española está tomando caracteres muy graves en todo el país”.
68 “Sigue asolando al país la influenza”.
69 “El Departamento de Salubridad dictó nuevas medidas sanitarias”, El Demócrata, 23 de octubre de 1918.
70 “La influenza ha seguido desarrollándose sin que se procure combatirla”, El Demócrata, 26 de octubre de 1918.
71 “34 casos de influenza en México”.
72 “La fiebre española está tomando caracteres muy graves en todo el país”. Sobre el impacto de la influenza en la capital poblana resulta básico el trabajo de Leticia Gamboa Ojeda, “La epidemia de influenza de 1918: sanidad j política en la ciudad de Puebla”, Quipu, núm. 1, enero-abril de 1991, pp. 91-109.
73 “A 60 mil llega el número de personas que son víctimas de la influenza en el Distrito Federal”.
74 “Terrible epidemia en Puebla”.
75 “Terrible epidemia en Puebla”.
76 “En general cede ya la influenza española”.
77 “La influenza causa graves estragos en Tlaxcala”.
78 “La influenza causa graves estragos en Tlaxcala”.
79 “La influenza se ceba con los pobres”, Excélsior, 4 de noviembre de 1918.
80 “La influenza causa graves estragos en Tlaxcala”.
81 “Terrible epidemia en Puebla”.
82 “Terrible epidemia en Puebla”.
83 “Una campaña efectiva de la influenza al zapatismo”, Excélsior, 13 de noviembre de 1918.
84 “Una campaña efectiva de la influenza al zapatismo”.
85 Cirilo Arenas, “Circular”, Cuartel General en Calpan, Puebla, 21 de noviembre de 1918, en el expediente de Cirilo Arenas, Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional.
86 “Es ya tiempo de hacer algo contra la influenza”, Excélsior, 6 de noviembre de 1918.
87 Luis González, Pueblo en vilo, México, El Colegio de México, 1968, pp. 182-187, “José Inés Chávez García fue ajusticiado por la influenza”, Excélsior, 14 de noviembre de 1918, “Murió J.I. Chávez García”, El Demócrata, 14 de noviembre de 1918, “Los cabecillas Chávez García y Altamirano fallecieron”, El Universal, 14 de noviembre de 1918, “Se confirma que murió J. Inés Chávez”, Excéhior, 15 de noviembre de 1918, y Alfonso Taracena, La verdadera revolución mexicana, pp.52-53.
88 “Una campaña efectiva de la influenza al zapatismo”.
89 “La influenza española continúa en su obra pacificadora en Morelos”, Excélsior, 26 de noviembre de 1918.
90 “Emiliano Zapata se encuentra atacado de influenza”, El Demócrata, 24 de noviembre de 1918.
91 “En pocos lugares no ha cedido la influenza”, Excélsior, 18 de noviembre de 1918.
92 “La influenza española continúa en su obra pacificadora en Morelos”.
93 “La influenza española continúa en su obra pacificadora en Morelos”.
94 “La influenza española continúa en su obra pacificadora en Morelos”. También véase el trabajo de Beatriz Cano, La influenza española en Tlaxcala (1918), México, DEH/INAH, mecanografiado.
95 “La influenza causa graves estragos en Tlaxcala”.
96 “Se asegura que murió de influenza Félix Díaz”, El Universal, 20 de noviembre de 1918.
97 “Higinio Aguilar y De la Llave atacados de influenza”, El Universal, 3 de diciembre de 1918.
98 “Clausura de las minas”, El Universal, 2 de noviembre de 1918.
99 “La influenza hállase extendida por todo el territorio nacional”.
100 “Mañana va a principiar la campaña a la influenza”, Excélsior, 7 de noviembre de 1918, “La influenza sigue marcadamente decreciendo”, Excélsior, 10 de noviembre de 1918, y “Los doctores creen que la llamada influenza es otra enfermedad”, Excélsior, 15 de noviembre de 1918.
101 Fondo Salubridad Pública, Sección Epidemiología, caja 10, expediente 11, 30 de noviembre y 13 de diciembre de 1918, en el Archivo del Departamento de Salubridad.
102 “El Fenol extirpará en breve la epidemia de influenza”, El Universal, 17 de diciembre de 1918. Como si los desastres provocados por la influenza no fueran suficientes, la primera semana de diciembre circuló la noticia de que en Veracruz, Tabasco y Chiapas se habían registrado varios casos de viruela. Véase “No existe la epidemia de viruela”, El Demócrata, 7 de diciembre de 1918.
103 “La influenza hállase extendida por todo el territorio nacional”.
104 Fondo de Salubridad Pública, Sección Epidemiología, caja 12, expediente 2. Contiene información de abril a diciembre de 1918.
105 “Al fin será combatida la influenza española en toda la República”, El Demócrata, 29 de octubre de 1918.
106 Fondo de Salubridad Pública, Sección Epidemiología, caja 12, expediente 2.
107 “Cada día son menos los casos de influenza”, Excélsior, 21 de noviembre de 1918.
108 “En Laredo más de seis mil casos de influenza española”, El Demócrata, 8 de octubre de 1918, “Monterrey y San Luis Potosí han sido invadidos por la influenza española” y “La influenza española se está extendiendo mucho en el norte”, Excélsior, 10 de octubre de 1918.
109 “La epidemia toma incremento”, El Demócrata, 10 de octubre de 1918.
110 “La epidemia toma incremento”.
111 “34 casos de influenza en México”.
112 «34 casos de influenza en México”.
113 “34 casos ¿e influenza en México”, “Hay dos barcos que están sujetos a cuarentena”, Excélsior, 31 de octubre de 1918, y “La fiebre española está tomando caracteres muy graves en todo el país”.
114 “34 casos de influenza en México”, “Hay dos barcos que están sujetos a cuarentena” y “La fiebre española está tomando caracteres muy graves en todo el país”
115 “Puebla y Pachuca cruelmente flageladas por la influenza”, Excélsior, 31 de ocrubre de 1918, y “Veinticinco personas muertas en la calle, por efecto de la influenza”, El Demócrata, 31 de octubre de 1918.
116 “34 casos de influenza en México”.
117 “Se está haciendo efectiva la campaña contra la influenza”.
118 “¿Tenemos otra vez la terrible amenaza de la influenza?”, El Universal, 13 de diciembre de 1918.
119 Moisés González Navarro, Población y sociedad en México (1900-1970), tomo I, México, F.C.P.S., 1974, pp. 36 y 350.
120 Augusto Fujigaki Lechuga y Alfonso González Calderón, “Epidemias conocidas en México durante el siglo xx”, en Enrique Florescano y Elsa Malvido, Ensayos sobre la historia de las epidemias en México, tomo II, México, IMSS, 1982, pp. 699-732
121 Augusto Fujigaki Lechuga y Alfonso González Calderón, “Epidemias conocidas…”, p. 713.
122 Tabulación de la Estadística Defunciones de junio a diciembre de 1918, Archivo del Ayuntamiento de la Ciudad de México, número de clasificación 679.
123 “Medio millón de muertos… ¡Pasó su majestad la influenza”, El Universal, 2 de enero de 1919. Entre las obras raras que abordan el tema, consultar a Manuel Mazarí, Breve estudio sobre la última epidemia de influenza en la ciudad de México, México, s. p. i., 1919.
124 Diario de los debates de la cámara de diputados, 17 de diciembre de 1918, p. 23.
125 El propio Carranza aceptó en su informe de septiembre de 1919 que el Departamento de Salubridad no recibió siquiera parte de los 200 mil pesos que la cámara aprobó y votó. Véase “Venustiano Carranza al abrir las sesiones ordinarias del Congreso, el 1 de septiembre de 1919”, en Luis González y González (recopilador), Los presidentes de México ante la nación 1821-1966, México, Cámara de Diputados, 1966, pp. 370-371.

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