Mi entrada a un laboratorio científico. Rescatando algunos fragmentos del diario de campo (I)

Una particular asepsia académica caracteriza a la mayoría de las revistas científicas. Sus expertos evaluadores han acordado tácitamente que las contribuciones de los autores y autoras a dichas publicaciones se concentren en la presentación de resultados y hallazgos de las investigaciones dejando de lado la descripción de cómo se llegó a esos hallazgos. Esa práctica se corresponde con la clásica idea de la ciencia como sinónimo de datos acabados. En las diez mil palabras que se nos otorgan en dichas publicaciones está casi prohibido escribir sobre el “cómo” llegamos a las conclusiones; solo se nos permite hacer una breve mención de las técnicas y las herramientas utilizadas pero sin una reflexividad de fondo de su uso y menos aún aportar extractos de esas prístinas reflexiones in situ.

Por ello, en contra de esa fría y rígida práctica de escritura impuesta, me he planteado aprovechar este espacio para exponer (del latín exponere: poner algo desde dentro hacia afuera) algunos fragmentos de las reflexiones en/desde el trabajo de campo realizado durante mi estancia posdoctoral en el IIS. Extraídas (del latín extrahĕre: sacar algo de donde estaba) de las notas de campo, estas líneas son provocaciones y preguntas sobre el asunto de la ciencia en tanto hecho social; ellas buscan vitalizar las mediaciones cognitivas y afectivas que hay en todo proceso de producción de conocimientos en un intento de aprehensión de las subjetividades científicas. Son, estrictamente, trabajo de campo revisitado y editado.

* * *

Nunca había estado en las entrañas de un laboratorio científico. Natalia, mi anfitriona e interlocutora, una de las cientos de jóvenes científicas colombianas que ha decidido migrar para hacer su trayectoria en México, me recibió amablemente pero –tímida o tal vez incrédula– me mencionó que según lo que yo le había explicado sobre mi investigación lo mejor era que entrevistara a la directora general del laboratorio. En mi insistencia le volví a mencionar los temas de la entrevista pero esta vez resaltando los aspectos de las trayectorias de los investigadores como uno de los puntos centrales. Este pequeño pero importante impasse me hizo recordar hasta qué punto los científicos sociales tenemos naturalizado ese encuentro cara a cara que se llama entrevista como técnica de investigación. La entrevista es, sin embargo, un encuentro artificial, paréntesis en la vida cotidiana de los entrevistados y por tanto un momento de extrañamiento que puede o no devenir en ejercicio reflexivo para ellos.

Mi desconcierto inicial sobre el tener que justificar la entrevista me impidió fijarme en los detalles del espacio físico. Mi curiosidad científica y personal sobre cómo es la vida de laboratorio (para utilizar la expresión de Latour) no había sido saciada porque me había concentrado en la persona entrevistada sin tener la oportunidad de conocer el entorno, su espacio laboral.

Y todo hubiese quedado así de no ser porque justo cuando estaba abriendo la puerta para salir después de la entrevista, mi interlocutora dijo un salvador “¡No te mostré el laboratorio!”, como recriminándose a sí misma. Aproveché ese momento de objetivación de mea culpa de mi entrevistada e inmediatamente respondí. “Si me lo puedes mostrar estaría muy bien”. Debo confesar que me sentía emocionado de poder recorrer uno de los laboratorios más importantes del país en el área de la biomedicina (actualmente con más de 200 usuarios entre particulares, científicos, empresas y universidades públicas y privadas).

Cuando mi otrora entrevistada y ahora guía me habló de los equipos del laboratorio yo me fijé en los computadores que allí se encontraban. Solo pude dejar este prejuicio cuando me dijo que uno de los equipos podía llegar a costar 30 millones de pesos. Entonces pensé que un computador no podía valer eso y presté más atención a los artefactos que “acompañan” a las computadoras.

Pude ver entonces que cada puesto de trabajo tiene un equipo y un computador. El primero para realizar diferentes tipos de pruebas, experimentos y muestras; el segundo para procesar datos. En total son 5 puestos de trabajo que estaban ocupados en ese momento por dos mujeres. En esa área es donde mayor cantidad de equipos hay pero, como en el resto del laboratorio, había bastante quietud y tranquilidad. Realmente no había interacción entre las científicas, cada una estaba trabajando independientemente. Ni siquiera cuando mi guía me estaba dando explicaciones del área las científicas interactuaron con nosotros, situación que me sorprendió porque siempre que algún extraño entra a nuestro espacio se tiende a tratar de saber qué hace ahí ese extraño, o por lo menos observar de quién se trata. Eso no sucedió conmigo, fui ajeno a sus intereses durante mi estadía allí. Tenía la idea que el silencio y la quietud no eran precisamente características de los laboratorios científicos, pero allí la solemnidad y el calor se imponían.

Sin duda, mi primera visita como sociólogo a un laboratorio me dejó más inquietudes que respuestas, algo común y hasta deseable en las labores de investigación. Por ejemplo: ¿qué tipo de experimentación estaban realizando las científicas para que no tuvieran la necesidad de interactuar entre sí?, ¿por qué las científicas tampoco interactuaron conmigo?, ¿cuál ha sido la trayectoria de Natalia para que, nacida en Colombia, haya logrado ser coordinadora del laboratorio?, ¿cómo se organiza el trabajo cotidiano para el uso de los costosos equipos del laboratorio?, ¿cumple el laboratorio alguna función social siendo éste un Laboratorio Nacional financiado por Conacyt?

Responder esas preguntas significa comprender no solo la micropolítica del laboratorio sino también algunos aspectos del rol de la ciencia pública en la sociedad mexicana. El reto es vincular analíticamente esos dos espacios aparentemente dislocados, ensamblar las prácticas en la vida cotidiana de investigadores e investigadoras con los modelos científicos establecidos desde las políticas sobre ciencia y tecnología. No puede haber política exitosa sin entender cómo se vive (se dificulta) hacer ciencia en América Latina. Más aún, no se pueden establecer vínculos entre ciencia y sociedad desde el nivel institucional o estatal sin comprender primero cuáles son las necesidades y las demandas de los científicos para hacer bien su trabajo. Por último, identificar los aspectos que hacen parte de la configuración de las subjetividades de los científicos es, de todos modos, una interpelación a mi propia subjetividad como investigador en formación, una proyección de mi experiencia profesional.

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