Una pandemia de cinismo, resignación y exasperación

Ya llevamos dos años en pandemia de Covid-19 (la declaración del OMS fue en marzo de 2020), y en México estamos en plena cuarta ola (en algunos países europeos ya es la sexta), la cual se caracteriza por la predominancia de la cepa Ómicrn del virus Sars-Cov-2, al parecer menos agresiva pero mucho más contagiosa de las anteriores. Así estamos observando un nivel de contagios muy alto, pero con menores hospitalizaciones y muertes, gracias también al efecto de las vacunas. Esto ha llevado a muchos gobiernos del mundo a asumir el riesgo de un contagio masivo, lo cual permite evitar restricciones que pueden afectar la economía. ¿Pero, cómo se está viviendo esto en el día día? ¿Qué impacto tienen estas decisiones en nuestras vidas y en nuestra salud?

1. ¿Cómo estamos? ¿Cómo nos sentimos?

Con el aumento de los contagios la enfermedad se ha acercado a nuestras vidas, una vez más. Todos los días, por lo menos en la Ciudad de México, nos enteramos de algún/a conocido/a o persona cercana que se ha contagiado, muchas veces junto a toda su familia. Algunas personas por primera vez. La mayoría te tranquiliza diciendo que es leve, pero de todos modos el cuerpo está siendo atacado por el virus, y esto genera malestares, cansancio, dificultad de concentración… sin hablar de las muchas emociones que se pueden llegar a sentir.

Hay quién revive el miedo a contagiarse con episodios de estrés postraumático, quién le tiene terror a infectarse porque nunca se contagió -ya se habla de coronafobia-, quien confía que las vacunas los protegerán, hasta del contagio -tecnoptimismo- y se sorprende o molesta de haberse contagiado, o quien simplemente cree que no le pasará nada -mito de la invulnerabilidad-, y así podríamos seguir. En muchos casos, puede que lo que vivimos sea una mezcla de varias respuestas.

Una vez más, la información que recibimos de los medios de comunicación está fortaleciendo nuestras creencias y alimentando las emociones que sentimos. Una vez más se buscan culpables y la polarización social en algunos países se ha vuelto a agudizar –sobretodo donde se está obligando a los ciudadanos a vacunarse–. Esta polarización es alimentada por emociones como la exasperación, el miedo, la frustración, la desesperanza, la impotencia, etc.

Una vez más volvemos a sentir dolor, preocupación, ansiedad, tristeza, porque el virus amenaza o ha contagiado algún ser querido.

Sin embargo, la narrativa alrededor de la pandemia está cambiando, ya se habla de su fin… ya no es tan terrible como antes… nadie nos pregunta cómo nos sentimos.

Como las secuelas de la enfermedad, que han sido relegadas como un asunto individual, así lo que sentimos. Compartir el dolor –y las demás emociones– es más necesario que nunca.

2. Un sistema que nos está matando: ¡No miren arriba!

Llegamos a finales de enero de 2022 con una respuesta a la pandemia que se caracteriza por el business as usual, es decir, hay que seguir con la nueva normalidad capitalista, que algunos activistas resumen con la consigna: te recuperas, consumes y mueres (retomando el más clásico lema anticapitalista: naces, consumes, mueres).

La preocupación más grande de quién detenta el poder (económico y político) no es ni la calidad de nuestra salud, ni cómo nos sentimos, sino la posibilidad de que la producción pueda ralentizar o paralizarse porque demasiados trabajadores están contagiados al mismo tiempo. ¿La solución? Disminuir los días de baja. Y esto en condiciones optimas de derechos laborales, ya que los trabajadores informales, muchas veces, no tienen derecho ni a la baja.

El sistema capitalista, con su economía de crecimiento infinito y su cultura hiperconsumista, no respeta la vida, y esto ya lo sabemos, lo sentimos y lo vemos en la pantalla, piénsese en la reciente película norteamericana Don’t look Up (No miren arriba), o en la serie coreana el Juego del calamar (Squid Game). Vivimos en un sistema donde el valor que se le atribuye a los seres humanos y no humanos es vinculado a su participación en el ciclo de producción y consumo.

La erosión de la empatía, es decir el entrenamiento para “apagar” la empatía hacia ciertos sujetos, se promueve en la vida cotidiana, en los lugares de trabajo, en los discursos políticos, y a través de la cultura de la competencia y del darwinismo social (sobrevive el más fuerte).

Todo esto está agudizado por la gravedad de la pandemia, y las promesas (¿ingenuas?) de que esta se acabaría con las vacunas ya está pasando factura en términos de credibilidad de las autoridades, generando aún mayor frustración, exasperación, y cinismo. En esta cuarta ola, se vuelven a escuchar argumentos cínicos para no limitar la movilidad, como “solo mueren los más débiles”, “morirían de todos modos”, como si la vida de estas personas ya no tuviera valor, y las emociones que sus seres queridos sienten, tampoco.

Vivimos en un sistema que quiere desensibilizarnos del sufrimiento nuestro y ajeno, sin decir que esto se pagará (y ya lo estamos pagando) muy caro en términos de salud mental, física y bienestar. En el capitalismo del desastre1, también el sufrimiento se convierte en ganancia, a través de la producción de (psico)fármacos, o la promoción de teoría de psicología positiva2 que apuntan a individualizar el malestar y culpar al individuo por su incapacidad de manejarlo. Por eso, para entender los tiempos que estamos viviendo es útil preguntarse ¿de dónde surgen las emociones que se han difundido en esta pandemia?

3. La resignación como regla del sentir

El capitalismo neoliberal se caracteriza por el eslogan TINA (There is no Alternative, No hay alternativa), atribuido a Margaret Thatcher, primera ministra inglesa que introdujo este modelo económico en el Reino Unido en los años ochenta.

Como escribió la socióloga norteamericana Arlie Hochschild3 en los setenta, el capitalismo no solo es un modelo económico, sino también cultural que promueve ciertas reglas del sentir. Estas son normas sociales que nos permite saber qué emoción expresar en cada contexto y cómo expresarla (por ejemplo, es considerado normal llorar de dolor en un entierro, pero puede incomodar a los demás -o darnos vergüenza- llorar de frustración en el lugar de trabajo).

Imagen: Gran OM & Co

A nivel de cultura hegemónica, una de estas reglas, reflejada en el acrónimo TINA, es la RESIGNACIÓN. “Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis”4.

Durante ya varias décadas han intentado convencernos de que vivimos en el mejor sistema económico-político-social posible y cualquier forma de resistencia, oposición o alternativa es reprimida, descalificada, ridiculizada, aniquilada, etc.

Se educa a la impotencia: solo hay que adaptarse al sistema y jugar según sus reglas. Porque de eso se trata, de un juego, donde la mayoría de los habitantes del planeta somos sacrificables, al igual que en el juego del calamar, mientras unos pocos se están enriqueciendo.

Por supuesto, para que el juego funcione hay que alimentar la polarización (divide y vencerás) poniendo los unos contra los otros, evitando que nos paremos a reflexionar sobre lo que estamos viviendo.

Durante la pandemia, una estrategia que parece haber funcionando para evitar que se difundiera el pensamiento crítico ha sido fomentar la exasperación, dirigida hacia otras personas, sean las que no se han vacunado, las que piden mayores medidas o hasta autoridades.

Otra estrategia llevada a cabo ha sido la de individualizar el dolor, la responsabilidad y hasta el peso de la pandemia: desde el contagio a las secuelas, pasando por la vacuna, la responsabilidad es individual. Una vez más se privatizan los beneficios, y se colectivizan las pérdidas. Las corporaciones y los que detentan el poder ganan, las personas perdemos. Las deudas públicas de los estados, las consecuencias de la crisis económica, las secuelas del long covid5, los gastos de atender a la enfermedad, y hasta los muertos, los pagaremos y sufriremos la mayoría sacrificable.

Mientras ya se está hablando que la pandemia está terminando (cada día es más difícil creerlo), lo que permitirá volver a los niveles de producción anteriores y seguir reproduciendo el estilo de vida estresante y ecocida que nos hace vulnerables, las causas que han generado la pandemia no son argumento de discusión.

4. ¿Qué hacer para no caer en la resignación?

Imagen: Gran OM & Co

En lugar de esperar a que esta nueva ola sea leve y pase rápido, resignados en sufrir la pandemia –y la crisis económica– como algo que nos cayó encima sin que lo merecíeramos, y ver a los demás como culpables en lugar de víctimas ¿por qué no empezar a cuestionarnos cómo llegamos hasta aquí? ¿Por qué no pensar en qué podríamos hacer para que esto no se repita? ¿Por qué no pensar cómo salir de esta, juntxs, sin dejar nadie atrás?

En algunos movimientos sociales, durante la pandemia, la práctica del cuidado colectivo se ha fortalecido, buscando no solo evitar contagiarse, sino también generando espacios de escucha, apoyo, solidaridad, para enfrentar el dolor, la tristeza, la desesperanza, la impotencia.

Las redes de apoyo mutuo han resultado ser más necesarias que nunca, al igual que la empatía que permite comprender cómo cada persona está viviendo y enfrentando la pandemia y las demás crisis.

Las emociones se pueden manejar colectivamente, pero para eso hay que tomar conciencia de qué emociones sentimos, y el papel de la sociedad en su construcción. Prestar atención a lo que sentimos y compartirlo en espacios en los que estemos cómodos es un primer punto de partida.

Caer en la inercia social y suprimir las emociones que sentimos no va a ser de ninguna ayuda, y no se puede tampoco pensar que todas, todos y todes vivamos esta experiencia de la misma manera.

Por último, también es más necesario que nunca, reivindicar, defender y luchar por los derechos, como los laborales o por un sistema de salud público eficiente, sin olvidar un medio ambiente sano, lo cual no solo evitaría nuevas pandemias, sino también nuestras propias vulnerabilidades.

Cuando llegue el fin de la pandemia de Covid-19 se tendría que abrir una etapa de reflexión y acción sobre lo que nos hace tan vulnerables, sobre las causas de esta pandemia y de las demás crisis que vivimos (y no olvidar lo que hemos vivido, como es probable que quieran que hagamos). Si la pandemia de Covid-19 puede ser declarada terminada por la OMS o los estados, la pandemia de resignación seguirá, y la única vacuna para esta pandemia es la organización. Las reglas del sentir se pueden desafiar, no todo está perdido. Siempre habrá alternativas, y las tenemos que construir, colectivamente.


1 Klein, Naomi (2014). La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Barcelona: Booket Paidós.

2 Cabanas, Edgar e Illouz, Eva (2019). Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas. Barcelona: Paídós.

3 En español se puede leer: Hochschild, Arlie (2008). La mercantilización de la vida íntima. Buenos Aires: KATZ.

4 Famoso verso de Dante Alighieri en La Divina Comedia, que reporta la inscripción que lee en la puerta del infierno al iniciar su viaje.

5 Hay personas que tienen sintomas de covid a lo largo de muchos meses (long covid), además de poder padecer diferentes secuelas de la enfermedad, de las que se habla y se sabe poco.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

forty six − = thirty six