De 1978 a 1994, setenta por ciento de la costa de Chiapas fue transformada con la implementación de proyectos agroproductivos

Fotografía: Eduardo Robles Pacheco

El cultivo de palma de aceite en la costa de Chiapas es una forma de sobrevivir en un entorno de vulnerabilidad socio ambiental


Podemos definir la ecología política como una “aproximación orientada al análisis de los procesos sociales y ambientales que configuran la relación sociedad-naturaleza, donde la cuestión del poder es central, es decir, buena parte de la ecología política se centra en analizar cómo el poder está transformando esta relación”, afirmó Antonio Castellanos, investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur (CIMSUR) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

La plantación de la Palma de Aceite está generando preocupación por las consecuencias medio ambientales que se le atribuyen, se identifica como un cultivo destructivo que no favorece el desarrollo de biodiversidad en las zonas en las que se practica su monocultivo. Sin embargo, los ejidatarios de la costa de Chiapas han encontrado en esta actividad agrícola un medio de supervivencia en un entorno de vulnerabilidad generado por las instituciones transnacionales, el Estado y las condiciones ambientales.

Castellanos presentó el caso del Ejido Xochicalco, ubicado en el municipio Villa Comaltitlan en Chiapas, y su evolución desde 1952 hasta 2018, para entender el desarrollo del cultivo de la palma de aceite en un mediano plazo. En su estudio, el investigador recopiló testimonios de los habitantes del lugar como Don Primitivo, jornalero del ejido, que afirmó: “en el año 90-91 sembramos la palma, hubo apoyo del gobierno. Nosotros estábamos viendo en nuestro ejido que nos podría servir, consideramos diferentes posibilidades y juzgamos que esa era nuestra mejor opción y no nos equivocamos”.

Para ellos la palma se convirtió en una alternativa al jornal. En estos terrenos, que al día de hoy se inundan, el cultivo de la palma permite producir en épocas de lluvia y en el invierno, los agricultores han visto una ventaja en sembrar esta especie vegetal, destacó Castellanos.

“En tiempos de agua, Xochicalco no podía producir nada porque son terrenos muy bajos, se inundan. La gente tenía que llegar a otros lugares para salir a trabajar, buscar con los ricos los pocos trabajos que tenían. Llego la palma y todos ahora sí, todos manejando nuestras tierras, gracias a dios”, expresó el ejidatario de Xochicalco.

La zona se ha ido transformando por diversas manipulaciones hidrológicas. Desde la época de la presidencia de Ruiz Cortines (1952-1958), las políticas públicas se orientaron en convertir las zonas bajas en zonas productivas, enfoque que fue aplicado en la costa de Chiapas en los años 70, afirmó el investigador.

Hubo dos grandes proyectos financiados por el Banco Mundial de 1978 a 1985 y de 1986 a 1994, que transformaron los ríos de la región, se modificó su cauce para hacerlos rectos, se les colocaron bordos y se hicieron caminos, se transformaron los ríos de esta región desde el entendido que debía ser productiva, afirmó Castellanos, y agregó que, setenta por ciento de la costa de Chiapas fue transformada en aquellas épocas.

El problema es que este proceso requería del mantenimiento de la infraestructura, actividad que no se llevó a cabo, lo que ocasionó el aumento recurrente en el nivel de los ríos hasta que se desbordan, lo que impide la utilización de las tierras para otro tipo de cultivo, advirtió Castellanos.

La naturaleza se ha convertido en uno de los temas contemporáneos con mayor relevancia multidisciplinaria, se ha transformado en un espacio de luchas políticas, económicas y sociales. En este contexto, debemos cuestionar nuestra posición en dicha transformación para repensar y construir los modelos, proyectos y propuestas, expresó el investigador.

Estas reflexiones se llevaron a cabo durante el seminario permanente de Ecología Política y Estudios Socioambientales, realizado el 5 de junio de 2019 y coordinado por Elena Lazos Chavero, investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, Leticia Durand, investigadora del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM, Fernanda Figueroa, académica de la Facultad de Ciencias de la UNAM y Patricia Ávila, investigadora del Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad de la UNAM.


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