Pandemia e inercia social: lo que se esconde detrás de la nueva normalidad

El día 7 de octubre de 2021 el presidente de México llamó la atención a las universidades públicas para que retomen las clases presenciales. Al igual que el presidente, en muchos contextos sociales y laborales el fin de la tercera ola y la disminución de los contagios pueden llevar a hacer presión para “volver a la normalidad”. Sin embargo, la situación es mucho más compleja de lo que muestra un gráfico de hospitalizaciones. Dieciocho meses de pandemia ha dejado heridas profundas en las personas y la sociedad, pero además esta no se ha acabado. No solo no hay que descartar de que haya una cuarta ola de contagios, sino que además la suministración de las vacunas ha sido escalonada y mientras los jóvenes apenas se están vacunando, para las personas mayores ya pasaron meses y no hay certeza acerca de la cobertura de estos remedios, tanto que muchos países decidieron poner dosis de refuerzo. Todo esto me lleva a compartir unas reflexiones que espero contribuyan a no caer en la inercia social (y la negación), y pensar en cómo poder aprovechar de la desgracia para mejorar nuestras vidas y entornos sociales.

La pandemia como trauma cultural

La pandemia de Covid-19 ha desestabilizado el mundo y nuestras vidas. Además de estar viviendo esta tragedia en nuestra propia piel, gracias a un libro que estamos compilando con el Dr. Tommaso Gravante del CEIICH-UNAM sobre experiencias biográficas en la pandemia, pudimos acceder a historias que nos abrieron una ventana hacia cómo vivieron la enfermedad otras personas, y a partir de las cuales empezamos a reflexionar, apoyándonos en algunas herramientas que la sociología nos proporciona para comprender la realidad que estamos viviendo. Una de las reflexiones que le comparto es acerca del alcance de la experiencia traumática, y el potencial de que esta tenga repercusiones e nivel social.

En sociología existe el concepto de trauma cultura (Alexander, 2012), que se da cuando algún evento, en este caso la pandemia de Covid-19, produce una disrupción sistemática de las bases culturales del orden social. En palabras del autor, “el trauma cultural ocurre cuando los miembros de una colectividad sienten que han sido sometidos a un evento horrible que deja marcas indelebles en su conciencia colectiva marcando su memoria para siempre y cambiando su identidad futura de manera fundamental e irrevocable” (p. 1).

El trauma cultural tiene el potencial de generar una ruptura en las prácticas sociales y una puesta en discusión del estatus quo. A pesar de que puede ser pronto para saber si la pandemia generara un trauma cultural, y no solo psicológico, es importante reflexionar sobre esta posibilidad, para no infravalorar sus consecuencias futuras.

Siguiendo la propuesta de dos reconocidos sociólogos norteamericanos, un hombre y una mujer, (Brulle y Norgaard, 2019), se pueden identificar algunos elementos que nos indican la presencia de un trauma cultural a diferentes niveles: micro (rutinas individuales), meso (dinámicas institucionales) y macro (creencias ideológicas y culturales).

A nivel individual el trauma cultural se puede observar en la desestabilización y la amenaza a la seguridad ontológica, y en la disrupción y pérdida de sentido de rutinas cotidianas. En cuanto a las rutinas, creo que casi todos podemos recordar lo que significó aprender a usar las herramientas para trabajar desde casa, cambiando horarios, adaptándonos a la presencia de todos los miembros de la familia en las viviendas, así como a las circunstancias que nos imponían el distanciamiento social. La seguridad se pudo perder al tomar conciencia de nuestra vulnerabilidad, llegando a sentirnos amenazados en nuestra misma casa si otras personas tenían que salir y exponerse, y en los momentos peores de la pandemia, cuando el sistema de salud estaba saturado, sin la garantía de poder ser atendidos en el caso enfermáramos. Todo esto fue acompañado por emociones del trauma como el miedo a enfermarnos, morir, o perder a nuestros seres queridos, pero también la vergüenza (vinculada con el estigma de la enfermedad), la culpa, o la preocupación por la situación económica, solo para mencionar algunos ejemplos. Algunos hábitos perdieron sentido, otros pudieron cambiar. Hubo quienes frente a la conciencia de su vulnerabilidad empezaron a hacer ejercicio o a seguir una dieta más saludable. Otras personas que no pudieron seguir con estas rutinas, porque los espacios públicos estaban cerrados, y había que quedarse en casa.

El nivel intermedio (meso), él de las instituciones y grupos sociales, fue desestabilizado, también. Además de la confusión o los conflictos sobre nuevas prácticas institucionales o la gestión misma de la emergencia, otras instituciones, como la familia, se vieron profundamente afectadas. En algunos casos las familias se fortalecieron, para enfrentar la enfermedad, la muerte o las dificultades económicas, pero en otros se dividieron. La polarización social y las diferentes respuestas de las personas frente a la emergencia, generó tensiones y conflictos entre personas que se querían. El riesgo de contagiar a las y los demás por no usar el cubrebocas o no tomar en serio el aislamiento en los casos de posible exposición al virus fueron algunas de las causas de estas rupturas. Todavía es pronto para decirlo, pero un seguimiento en los próximos años de las consecuencias de la pandemia nos revelará que tan profundas han sido estas heridas y sus efectos en el entramado comunitario y la cohesión social.

Por último, a nivel macro, el trauma cultural se puede observar en la puesta en discusión de la ideología dominante. Si somos muchos más vulnerables de lo que creímos, ¿será verdad que estamos en el mejor de los sistemas? Si lo que comemos y respiramos aumenta el riesgo de sufrir secuelas graves o morir de esta nueva enfermedad, ¿habrá que repensar en nuestro impacto en los ecosistemas?

En los movimientos sociales y en el activismo de base pudimos observar nuevas narrativas que emergieron para enfrentar a las dominantes, las cuales o eran catastrofistas o heroicas, comparando por ejemplo el virus a un enemigo en una guerra. Las contra-narrativas se han centrado en la identificación de los responsables, por ejemplo, “el capitalismo es el virus”, enmarcando la pandemia como una consecuencia del despojo y degrado ambiental, además de evidenciar la desigualdad y el cinismo en el manejo de la misma. Estas narrativas fueron además acompañadas por prácticas de solidaridad y apoyo mutuo (Gravante y Poma, 2021). Por supuesto, los movimientos sociales no representan la población en su mayoría, ni muchos menos a los gobiernos, y las disrupciones que ha generado la pandemia en muchos casos quedan invisibilizadas o negadas en la narrativa dominante de la nueva normalidad.

La nueva normalidad como resultado de la inercia social

Como muestran Brulle y Norgaard (2019), la inercia social no es una respuesta irracional o inesperada, sino el normal funcionamiento y deseado de los mecanismos existentes de control social.

La inercia también se puede observar a nivel individual, institucional y social (macro).

A nivel individual hay, por ejemplo, emociones incómodas que influyen en la inacción. Por ejemplo, la ansiedad o el miedo a enfermarse puede paralizar si no es manejado a través de estrategias que nos ayudan a adaptarnos a la emergencia sanitaria. En el caso de algunos activistas, por ejemplo, decidieron llevar a cabo algunas acciones y eventos, a pesar de la pandemia, siguiendo las medidas sociales y sanitarias para evitar el contagio.

La ausencia o supresión del miedo, por el otro lado, influye en la inercia social porque lleva a no seguir las medidas para evitar el contagio. Esta ausencia o negación del miedo puede ser generada por creencias (el virus no existe), por el mito de la invulnerabilidad (a mi no me va a pasar nada) o reglas del sentir del sistema patriarcal (los hombres no tienen miedo). A nivel individual, estas dos respuestas emocionales opuestas frente a la enfermedad (miedo- ausencia de miedo) pueden generar conflictos y polarización social, si no se acepta que estamos viviendo una situación excepcional que no se acaba hasta que no existan las condiciones para que toda la población se pueda sentir segura.

A nivel institucional, la inercia social se observa en la incapacidad de las instituciones de responder oportunamente a la emergencia. Si por un lado, la creación en México de hospitales dedicados a atender solo casos de Covid-19 y de ciclovías para aquellos ciudadanos que se sentían más seguros usando la bicicleta en lugar del transporte colectivo, fueron ejemplo de respuesta a la emergencia, por el otro lado, la ampliación de las actividades esenciales, como por ejemplo la minería, mostraron una voluntad de no cambiar modelo productivo y extractivo. De la misma manera, la falta de infraestructura hospitalaria para los enfermos y el seguimiento de las secuelas o de la rehabilitación también mostraron una falta de capacidad en la respuesta a la emergencia. Esto mostró una debilidad de los estados frente a las necesidades de los ciudadanos, resultado de las políticas neoliberales que llevaron a desmantelar los servicios sociales.

A nivel macro, la inercia social se ha observado en la ausencia de cambios estructurales para enfrentar la pandemia, como la negación en suspender las patentes para las vacunas. Cada país entonces ha tenido que responder a la crisis global cómo puede, poniendo en evidencia la desigualdad local, nacional y global.

Entre los actores que reproducen la inercia, encontramos tanto a los negacionistas, que difunden narrativas e información con el objetivo de difundir la idea de que el virus y/o la enfermedad no existen o no son tan peligrosos, como a los promotores del business as usual. Estos últimos son la mayoría, y su narrativa se refleja en el concepto de la “nueva normalidad”, basada en el tecno-optimismo (con la vacuna ya no hay riesgo), y que prioriza la (re)producción del capital frente al bienestar de personas y medio ambiente, y más en general a la vida. El discurso actual en México y en el mundo es (tristemente) eso, y no toma en cuenta todas las implicaciones material y socioemocionales, además de psicológicas, que presupone estar viviendo una experiencia traumática. Hay que respetar el miedo, la angustia, la ansiedad de tener que retomar las actividades, y dar tiempo a las personas de sanarse, y aceptar que esta experiencia nos puede haber cambiado.

Cuando el presidente (des)califica de “cómodo” el trabajo docente desde casa, no solo demuestra falta de empatía y desconocimiento de los esfuerzos de los docentes para adaptarse a las circunstancias, sino también muestra esa inercia, la cuál podríamos definir de cómoda, ya que es una escapatoria para no enfrentar la realidad y responder a las diferentes crisis que estamos viviendo, desde la sanitaria a la climática. Ser precavidos para no generar aún más sufrimiento (físico o emocional) no tiene que ver con la comodidad, sino con la empatía y el cuidado de la colectividad.

Necesitamos otra normalidad

Imponer el regreso a la normalidad no solo demuestra la ceguera frente a las consecuencias de la pandemia a todos los niveles y la falta de empatía hacia el sufrimiento que la pandemia ha generado, sino que además es una forma para no asumir las responsabilidades frente a lo que estamos viviendo.

La pandemia ha sido el resultado de la degradación ambiental generada por el modelo productivo que no solo no ha cambiado, sino que además se va a priorizar para la recuperación económica. En los meses del encierro disminuyeron contaminación acústica y ambiental, muchas personas llegaron a valorizar aspectos de la vida que el frenesí cotidiano capitalista les había hecho olvidar, y pudimos ver que existen alternativas que podrían permitirnos vivir mejor, si solo se implementaran: desde la movilidad, a la producción local de vegetales de temporada, al autocuidado que no es una elección individual, porque necesita también de cambios estructurales como la implementación de derechos laborales, acceso a los productos sanos, educación, etc.

Volver a la normalidad es desecharnos de este aprendizaje y no aprovechar la crisis para construir sociedades menos injustas y desiguales. Volver a la normalidad sin poner en discusión si podemos hacer las cosas de otra manera significa que el sufrimiento no sirvió de nada, y que volveremos a vivir tragedias parecidas.

Si como han reproducido movimientos sociales en todo el mundo “la normalidad era el problema” necesitamos enfrentar las muchas crisis que estamos viviendo y construir otra normalidad en la que cada persona pueda contribuir según sus posibilidades, económicas y emocionales, y en la que todos los seres vivientes (humanos y no humanos) podamos vivir dignamente en el respeto de todas las diversidades.

Para que se pueda generar cambio social a partir de la experiencia traumática es necesario enfrentar el problema, en lugar de evitarlo, colectivizar el dolor y asumir responsabilidades, evitando volver a hacer las cosas como se hacían antes, porque nos quieren convencer de que “no hay alternativas”. There Is No Alternative (TINA) es el lema del sistema neoliberal, y no volver a la normalidad puede convertirse en una forma de resistencia contra este sistema.

Referencias:

Alexander, Jeffrey (2012). Trauma: a social theory. New York: Polity.

Brulle Robert J. y Norgaard Kari Marie (2019). “Avoiding cultural trauma: climate change and social inertia”, Environmental Politics, 28(5): 886-908.

Gravante, Tommaso y Poma, Alice (2021). “How are emotions about COVID-19 impacting society? The role of the political elite and grassroots activism”, International Journal of Sociology and Social Policy, 41, https://doi.org/10.1108/IJSSP-07-2020-0325

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