El autoritarismo educativo en un contexto socioeconómico inestable es un caldo de cultivo para los movimientos estudiantiles

Jóvenes protestan durante la marcha del 2 de octubre de 2014. Fotografía: Cencos

La relación de los jóvenes con la autoridad determina la frontalidad de un movimiento estudiantil

Jóvenes contestatarios, rebeldes, subversivos, que cuestionan al poder y el status quo, dispuestos a juntarse y organizarse, hacer asambleas, levantar la voz, salir a las calles y obligar al régimen que detenta el poder a que los voltee a ver y escuche sus demandas. Esta es una constante que se presenta de manera periódica alrededor del mundo.

Pero ¿qué es lo que motiva los movimientos estudiantiles?, ¿qué lleva a los jóvenes a cuestionar al gobierno?, cuestionó Lidia Aguilar Balderas, docente e investigadora de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, y aseguró que “los movimientos de estudiantes tienen una sinergia a nivel mundial, con demandas similares entre sí”.

Es importante “contrastar un movimiento estudiantil de otro tipo de movilizaciones sociales, campesinos, trabajadores, etcétera, pues a diferencia de estos últimos, las demandas estudiantiles suelen ser más generales y puede, en apariencia, volverse complicado entender que están pidiendo, aunque esto no debe demeritar el movimiento y a los estudiantes”, afirmó la investigadora.

Los jóvenes que participan en el movimiento son estudiantes de una generación específica, en un momento específico, en una coyuntura política específica para su región, expresó Aguilar, y reiteró que la relación que los jóvenes hayan tenido en el pasado con la autoridad determinará en gran medida la frontalidad con que se lleva a cabo el movimiento.

Es indispensable estudiar la relación que tienen los jóvenes con su institución educativa y el grado de autoritarismo que la universidad ejerce sobre ellos. Una institución represiva genera una relación estudiante-universidad de subalternidad, dónde el alumno obedece las normas y reglas impuestas por la autoridad, aunque cabe la posibilidad que lo haga de mala gana y consciente de la represión a la cual está siendo sometido, entonces el estudiante puede tomar una postura antagónica y empezar a cuestionar a la autoridad universitaria, afirmó la académica.

Si se conjugan diversos factores dentro o fuera de la universidad de índole política, económica o social, el escenario para una movilización estudiantil se vuelve bastante plausible. Estos sucedió con el movimiento #Yosoy132, iniciado por estudiantes de una clase social alta, durante un proceso electoral que se configuraba cada vez más ríspido y polarizado, señaló Aguilar.

El #Yosoy132 se mostró altamente frontal en la forma en que se cuestionaba al régimen priista y su candidato Enrique Peña Nieto, aseveró la investigadora, y puntualizó que, esto ocurrió por la educación y el acercamiento menos autoritario y represor que su universidad ejerce sobre sus estudiantes. Asimismo, en este caso se observa cómo la adhesión de los cabecillas a televisoras o cargos de elección popular fue una de las formas en que el gobierno utilizó para disolver y deslegitimar a los estudiantes.

Las reflexiones de Lidia Aguilar Balderas, se realizaron en el marco del seminario La crisis, el poder y los movimientos sociales en el mundo global, coordinado por el Javier Aguilar, investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.


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