Neurociencia de las emociones, puntos de contacto con la Sociología

Ilustración: Milan Rubio

La sociología de las emociones y la neurociencia afectiva se pueden alimentar mutuamente para explicar un ritual de interacción exitoso


La gran dificultad para vincular la sociología de las emociones y la neurociencia afectiva es compartir un problema de investigación similar, afirmó Adriana García Andrade, académica de la UAM-Atzcapotzcalco, quien presentó una investigación en la que se unieron las explicaciones de estas dos posturas para generar una mirada más profunda de la realidad.

La investigación se centró en un ritual de interacción desde dos situaciones; la primera, consistió en una interacción espontánea generada en un espacio público; y la segunda, consistió en una reunión donde hay varios amigos en la que se comparte una anécdota en común dónde todo mundo estalla en risa.

En la situación de la interacción en el espacio público, se categorizó como un caso de un ritual de interacción exitoso natural, según la terminología del sociólogo Randall Collins, y, desde la neurociencia afectiva de Lisa Feldman Barret, se consideró un momento de sincronización conceptual, mencionó la académica.

Para entender un poco más la postura de la sociología de las emociones, García Andrade explicó a mayor detalle la postura de Randall Collins que tiene como antecedentes la sociología de Émile Durkheim y Erving Goffman.

Los antecedentes

Durkheim estudió las formas elementales de la vida religiosa analizando a los aborígenes australianos cuando se encuentran en el ritual de adoración del Totem. En estos rituales suceden cosas muy específicas, la comunidad que estaba disgregada se une y comparte en un espacio sus corporalidades, su atención está orientada hacia el totem y se realiza una serie de movimientos que empiezan a ser sincrónicos entre los participantes. Cuando esto sucede aparece lo que Durkheim llama efervescencia colectiva.

De Goffman, Randall Collins rescata la idea de que los rituales de interacción se dan cotidianamente y el objeto sagrado es el otro al que hay que aceptar y hacer todo por salvar la situación. Con estas dos perspectivas, Collins piensa a la sociedad como cadenas de rituales de interacción, agregó la investigadora.

Para que un ritual sea exitoso, según Collins, los ingredientes necesarios son, la copresencia, las barreras que excluyan a quienes no participan, el foco de atención común y compartir un estado anímico, la misma experiencia emocional, explicó García Andrade.

Estos ingredientes se retroalimentan y crea entre los participantes una experiencia emocional/cognitiva compartida de solidaridad grupal y energía emocional, cuando esto se logra se generan símbolos que representan al grupo y por último se definen los sentimientos de moralidad, es decir lo que es bueno y malo para el grupo.

Desde la Neurociencia de las emociones

En el ejemplo de la interacción en el espacio público, según Barbara L. Fredrickson, una interacción exitosa supone la aparición de resonancia de positividad que incluye una sincronía bioconductual, señaló García Andrade, y agregó que los ingredientes necesarios para producir dicha resonancia de positividad son la copresencia, reflejar interés (concern) en la otra persona, la sincronización (biológica y conductual) y las emociones positivas compartidas.

Cuando hay sincronización corporal hay sincronización cerebral que son medidos con electrocardiogramas en las ondas gammas, cuando hay sincronía conductual hay sincronía en las ondas cerebrales, detalló García Andrade.

La investigadora de la UAM-Azcapotzcalco usó como referencia para describir la segunda situación de interacción grupal a Lisa Felman Barret, que asegura que el fundamento de lo afectivo es la sensación corporal que está basada en la alostasis, un estado de movimiento que supone lo que el cuerpo va a necesitar en un futuro con lo que hay en el entorno.

Si bien todos los seres vivos cuentan con alostasis, la diferencia con el humano es que para este es un proceso social que se aprende con sus primeros cuidadores que median las expectativas sobre lo que hay en el exterior. Puede haber momentos de interacción sincrónica y emoción compartida en el grupo de amigos en tanto que se hayan creado conceptos similares incorporados, expresó la investigadora.

Las perspectivas de la sociología de las emociones y la neurociencia afectiva se pueden alimentar mutuamente para poder explicar el fenómeno del ritual de interacción exitoso, concluyó García Andrade.

Esta conferencia se llevó a cabo el 13 de mayo de 2019 en el marco del II Ciclo de conferencias sobre desigualdades de género. Género, cuerpo y salud, coordinado por Karina Bárcenas, investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.


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