Varones y COVID-19: reflexiones desde los aprendizajes de género

Juan Guillermo Figueroa Perea (CEDUA-COLMEX y FCPS-UNAM), para Pita.

A principios de abril una querida compañera comunicóloga de Radio Educación me envió un mensaje comentándome que había escuchado que el 80% de las defunciones originadas por el coronavirus son de hombres mayores de 60 años. Me comentaba además que le llamaba la atención que “ni los exponentes del informe ni los periodistas preguntaban sobre esta constante”. Ella me comentaba que, dado que hemos compartido espacios reflexionando sobre varones y masculinidad, quería preguntarme “¿por dónde podríamos jalar el hilo de investigación para dar con datos duros sobre esto?, ¿crees que alguna instancia tenga esta información?”, “¿la dirán o nuevamente los hombres a la cola, en cuestiones de salud?

Mi primera reacción fue comentarle que un exalumno de un curso de masculinidad en la UNAM me acababa de escribir preguntándome “¿qué de la afectación por el COVID 19 pasa por la masculinidad? Me recordó que él trabaja con su papá en un mercado de Guadalajara y que le parecía “sorprendente el nivel de conductas anti-higiénicas que existen en entornos como los mercados y más entre la homosociabilidad”. Incluso, me comentaba “lo ofendido que sintió un compañero del mercado porque no quise saludarlo y porque “lo dejé con la mano arriba”. Concluí destacando que “Seguido he tenido discusiones (con mi papá), o al menos yo lo he regañado, por su falta de higiene”

Le compartí también una frase que retomé de un mensaje de una colega cubana, quien también estaba tratando de convencer a hombres jóvenes que se cuidaran y su propuesta era decirles “NO CREO QUE HAYA VULNERABILIDAD MAYOR QUE LA DE NO PROTEGERSE Y TENER CERO CONDUCTAS DE AUTO/CUIDADOS”.    

Con estas dos referencias en mente, le contesté a mi amiga de Radio Educación, que en radio UNAM me habían invitado el año pasado para tratar de interpretar la razón por la que la mayor parte de quienes fallecieron en la explosión de los huachicoleros eran hombres, al igual que la mayor parte de quienes quedaron heridos. Además del rol de proveedores introyectado (aunque no siempre ejercido) y del aprendizaje de la temeridad, le comentaba que dialogamos en aquella ocasión sobre la necesidad de reflexionar sobre el sentido del cuidado de sí en los hombres y los costos de su omisión de cuidado, asumida culturalmente, pero sin generalizarla. Le preguntaba si la mayor mortalidad en el contexto del COVID y de los huachicoleros, sería consecuencia de una vulnerabilidad acumulada y hasta “autogestionada” por NO HABERSE CUIDADO a lo largo de su vida…  

A los pocos días se publicó en La Jornada un cuadro con porcentajes de muerte por sexo en diferentes países europeos y asiáticos (7 abril) y se destacaba el mayor riesgo para los hombres, asociado a hábitos de consumo de tabaco, a conductas arriesgadas (asociadas a menor búsqueda de ayuda médica y a resistencia a seguir recomendaciones de autocuidado), a cuestiones biológicas (composición hormonal que protege a las mujeres en su respuesta antiviral) y además a que dicho riesgo ha sido siempre mayor ante otros coronavirus. Lo circulé con exestudiantes de cursos de masculinidad y les añadía que me llamaba la atención que no se aludiera al cuidado de otras personas, por parte de los hombres, como parte de sus aprendizajes de género.

Efectivamente esto fue destacado por un alumno, quien comentó que “muchos varones conocidos expresan que ellos no pueden estar encerrados sin hacer nada”. Sin embargo, él y varias alumnas destacaban que, si bien asumen el salir desde una postura de valentía y de cumplir su proveeduría, “pareciera que la mayoría no piensan en otras personas y muchos menos se cruza por su mente cuestiones de cuidado de sí y de los demás”. Sin embargo, se ven presionados “por una economía precaria que es la que alcanzan a tener y que se sostiene con el trabajo diario”. Otra exalumna me escribió comentándome sobre su compañero académico  “X”  ha estado preocupado, porque como tiene asma crónica se sabe vulnerable, aunque no lo ha expresado explícitamente…” En medio de este diálogo, me llegó un artículo publicado en UK, explayándose más en la relación entre masculinidades y el COVID 19. En este texto se destaca el papel del machismo en la mayor muerte de los hombres, si bien le añade el elemento de que los hombres llegan a la vejez con mayores problemas de salud, con lo que son más vulnerables a un virus y de paso insisten en que toman menos en serio las recomendaciones sobre higiene y cuidado individual y colectivo.

El 10 de abril La Jornada empezó a incluir en sus informes de “avance del virus” datos sobre los hombres en México y señalaba que el 72% de los decesos eran de hombres, porcentaje que para el 28 de dicho mes se mantiene alto en el 68%. Este dato tiene la particularidad de que a pesar de que llegan menos hombres a edades mayores (por su menor esperanza de vida, asociada también a su historia de género) aportan más casos a las muertes totales por COVID.

El 12 de abril otro alumno me envió el artículo publicado en el periódico El País, “El coronavirus mata más a los hombres que a las mujeres (como casi todo lo demás)”. En este se presenta un buen análisis sociodemográfico, ya que muestra tasas de letalidad por sexo y edad, muertes también por ambas características, pero incluso añade la “ratios por sexo para distintas enfermedades”, como la gripe, la neumonía y el covid. Me impresiona (se los comentaba a mis exalumnos) frases como las siguientes “este fenómeno es una sorpresa solo a medias. La esperanza de vida de los hombres es cinco años inferior a la de las mujeres. Tienen más probabilidad de morir a cualquier edad. Es así por muchas causas, incluidas aquellas que se relacionan con enfermedades respiratorias… “. Por ende, “tener Covid es como un estresor que multiplica la probabilidad de morir… ” “Como la probabilidad normal de morir es diferente en hombres y mujeres y por grupos de edad, el virus hace que sea más probable morir por Covid a aquellos que ya tenían una probabilidad más alta de morir”. A partir de ello, yo les preguntaba (desde una perspectiva filosófico-demográfica) ¿será que existe la probabilidad normal de morir?, ¿los hombres debemos morirnos antes por ser tales?

El mismo alumno que me lo envió nos comentaba “para poder enfrentar situaciones de riesgo los hombres elaboramos un escudo racional que nos defiende para que no pase nada. Es como si las voces que hablan de un gran riesgo fueran silenciadas por una inmunidad que los protege”. Por eso sugería cuestionar los trabajos de cuidados asignados por los géneros, ya que los trabajos de cuidado no son exclusivamente femeninos. Encuentro que la diferencia es que los cuidados masculinos están ligados con riesgos que amenazan la integridad de las familias, (mientras que) los “cuidados femeninos” están ligados con lo doméstico y lo íntimo, como la limpieza y la contención emocional, entre otros” Por eso, nos sugería preguntarnos “¿Cómo es que los hombres somos sordos a los riesgos que vivimos?, ¿En qué momentos la masculinidad nos señala que a los hombres nos toca cuidar frente a las amenazas?, ¿Cómo vinculamos la incapacidad de los hombres para expresar ciertas emociones por medio de la palabra y las acciones físicas que nos exponen a riesgos?”
En ese contexto les comentaba a mis generos@s interlocutores si necesitamos investigar cómo están viviendo la pandemia en general y la posibilidad de “quedarse en casa”, en particular, quienes ancestralmente han sido socializados para proveer económicamente. Muchos varones aprendieron que les correspondía salir a proveer e irónicamente ahora ese es uno de los principales factores de riesgo, pero a la par muchas prácticas de no autocuidado son parte del paquete de género aprendido. ¿Cómo incorporar en las reflexiones actuales sobre cuidado y COVID 19 la experiencia de género de los hombres? Podríamos quedarnos en identificar el mayor riesgo que tienen de contagiarse y de fallecer por el COVID-19, pero ¿y sus formas de cuidado -desde la proveeduría- y su poca práctica de autocuidado que incrementan el riesgo de contagiarse y fallecer, cómo retomarlas?

Recibí respuesta de dos alumnas, quienes me sugerían la necesidad de profundizar en conceptos de cuidado, sensibles a los aprendizajes de género, pero además me alertaban sobre la temática de la experiencia de los hombres de “pensar en los demás y asumir responsabilidades sobre ello”, incluyendo cómo se interpreta socialmente el sentido del cuidado. Desde ahí tendría sentido dialogar colectivamente sobre ¿qué hacemos para cuidarnos desde lo individual y cómo cuidar a los demás en lo colectivo?

Una exalumna de doctorado de la UAEM trabajó con albañiles y ellos le decían que estaban tratando de invertir en construir su casa para tener alguna seguridad para sus hij@s cuando ellos ya no pudieran trabajar.  Cuando ella les preguntaba por más detalles sobre esa forma de “cuidar por sus hijos”, ellos solían aclararle que “ellos no cuidaban, sino simplemente mantenían a su familia” (sic). ¿Es o no cuidado?  Un alumno en Manizales me preguntaba que si él trabaja más horas pues quiere cambiar a su familia de comuna (colonia), para que estuvieran en un lugar más seguro y menos riesgoso para ellos, que si eso era cuidar a su familia. Mi respuesta era que sí y, por ende, él preguntaba la razón por la que quienes estudian cuidado (era un congreso latinoamericano sobre el tema) no lo incluían en sus esquemas analíticos. Le sugerí que lo preguntara, pero no se animó. Lo comenté en corto y la respuesta fue “¡eso es otra cosa!” (sic).

Me parece muy necesario problematizar lo que una alumna me sugiere recordar, en términos de que “estructuralmente nuestro sistema económico no prepondera el cuidado”, sino la productividad y, por ende, se desestima la vida de los trabajadores y de las trabajadoras, pues son reemplazables. Galeano diría que desechables.

Recuerdo que etimológicamente, la palabra cuidado alude a ocuparse de alguien, preocuparse por o bien, poner atención a. No es única la forma de monitorearlo, al pensarlo individual y colectivamente. Quizás por ello vale la pena reflexionar al respecto en este contexto del COVID 19, al relacionarlo con la experiencia de los varones. ¿Cómo interpretar críticamente la forma en que cuidan y se cuidan?

El 21 de abril aparece en La Jornada una nota titulada “peligroso el estereotipo de los varones de creerse invulnerables”, lo que me recuerda un texto que publiqué en Santiago con una colega chilena, con el subtítulo de “la fragilidad de los invulnerables: la salud de los hombres”. ¿Será que podemos diversificar las lecturas más allá de la temeridad masculina y la omisión de cuidado, que ponen en riesgo al varón y a las personas con quienes convive, para reflexionar sobre los procesos sociales que moldearon sus aprendizajes de género y que parecieran asumir como obvias sus mayores tasas de mortalidad ante el COVID y otros virus? Estoy convencido que algunos cuidan, aunque ellos no lo llamen así, pero a la vez que hay quienes descartan que ellos cuiden, sin matizarlo.

¿Será que se necesitan acciones sociales, intervenciones programáticas y discursos alternativos para que la población masculina reconozca el valor de cuidar de sí, en términos de Foucault, lo que supone cuidar de y cuidarse con otros, pero a su vez que la sociedad dialogue con ello? No le tengo respuestas a mi amiga de Radio Educación, pero sí interés en ordenar mis preguntas y dudas, dialogando con personas interesadas.

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