Poverty Driven Children

A un par de cuadras de la bulliciosa estación de trenes de Wimbledon en Londres hay una pequeña parroquia anglicana que parece un champiñón antiguo que logró sobrevivir entre altísimos edificios modernos. El párroco, Father Lee, es un irlandés enorme que lleva su rubia barba larga, una boina andina y una chamarra de mezclilla. Tiene voz de bajo profundo y cuando habla, su voz lo abarca todo, anula otros sonidos y otros pensamientos. Cocina maravillosamente y a la una de la tarde, cualquier persona hambrienta puede comprobarlo porque en su iglesia ha instalado “el refugio del peregrino” (the pilgrim’s hub).

En “el hub”, como todos le conocen,  personas en situación de calle van a disfrutar un plato de comida, un té caliente, a bañarse, a lavar ropa, a cargar sus teléfonos, a usar las computadoras, a seleccionar libros, zapatos o ropa que se recibe de donaciones, a jugar juegos de mesa, a platicar o simplemente a dormir una siesta tranquilamente, sin tener que cuidarse de nada ni de nadie.

Muchas organizaciones que atienden diversas necesidades de las personas en situación de calle o que investigan el fenómeno utilizan este espacio como punto de encuentro. Yo fui invitada por el Homelessness Research Group de King’s College, con quien estoy haciendo mi año sabático y desde el primer momento me sentí en casa. Me impresionó mucho que en contextos tan distintos como Londres y la Ciudad de México, emerjan estos champiñones que son excepciones a la prisa, a la velocidad, al anonimato, a la intolerancia, a la indiferencia de las grandes ciudades.

En el hub conocí a Sheikh Bilal Selormey. Él, ha reflexionado sobre su vida en la calle y ha escrito un librito llamado “Niños impulsados por la pobreza” (Poverty Driven Children)[1]. Bilal me permitió hacer una traducción libre al español, de la cual comparto algunos fragmentos:

Nada en esta vida que valga la pena conservar llega fácilmente. Mi historia, desde el inicio, ha sido una lucha, nada me ha llegado fácilmente, por eso considero que mi que mi historia, mi carácter, mi fe y cada paso que doy hacia adelante, son un testimonio de fortaleza que puede ser esperanzador para quienes están pasando por dificultades semejantes.

Nací en el hospital Whittington, en Archway, el 12 de marzo de 1988. Haringey, el distrito donde crecí, era considerado una zona roja con problemas de todo tipo, los problemas que trae la pobreza, pero también tenía esas joyas invisibles que solo germinan en la pobreza, como mi abuela.

Mi abuela, Joyce Nadole Addo, me enseñó el poder de las palabras. Fue una escritora reconocida en la Inglaterra de su época, y su llegada desde África en 1957 durante el Commonwealth marcó el inicio de la historia de mi familia en esta tierra. Mi abuela decía que para los negros africanos nuestro único camino hacia la libertad es la educación. En ese tiempo la educación no era para todos. En mi escuela primaria, yo era el único niño completamente africano de raza negra; los demás eran blancos o mestizos y por supuesto era discriminado, pero mi abuela me obligó a aferrarme a la escuela. A los 21 años, en Leicester, me gradué en Administración y Dirección de Empresas en la Universidad De Montfort. Creo que quienes han sido bendecidos con conocimiento, están obligados a compartirlo. Por eso, en  el futuro quiero ser profesor voluntario y enseñar a niños de barrios como Tottenham donde crecí.

En Broadwater Farm, Tottenham, uno de los barrios más duros de Londres, aprendí lo que verdaderamente significa la perseverancia. Recuerdo trabajar junto a mi madre desde muy pequeño, viendo en ella la fuerza silenciosa del sacrificio. Durante 27 años, fue trabajadora manual en esa zona, trabajando imparablemente sin lograr nunca tener más que lo imprescindible. Cuando falleció, en agosto de 2013, sentí el vacío más profundo de mi vida. Ninguna palabra puede llenar el silencio que deja la ausencia de una madre. Pero también fue en su pérdida donde entendí cuán breve y preciosa es la vida y porqué no podemos perder el tiempo.

Crecer en estos barrios sin un padre prácticamente te empuja a la calle. Las calles se convirtieron en mi escuela. Aprendí el lenguaje de la calle, formas dignas y no tan dignas de hacer dinero, aprendí a soportar y a infringir la violencia y otras tácticas de supervivencia, algunas de las cuales no me dan orgullo, pero eran necesarias en su momento. Las dificultades, a veces, pueden motivarnos y darnos la fuerza para seguir adelante. La vida me ha enseñado que el movimiento —incluso el lento, incluso el incierto— es señal de esperanza. No somos estáticos. Aprendemos, fallamos, nos levantamos y seguimos.

La vida no siempre es amable ni predecible, pero en cada obstáculo se esconde una enseñanza. Cada tropiezo nos forma, nos da carácter y, sobre todo, nos enseña la paciencia sagrada de la esperanza. Aprendí desde muy joven que las circunstancias más duras, aquellas que parecen quebrarnos, son precisamente las que nos preparan para algo más grande. Nada permanece igual. El dolor se transforma, las pérdidas se convierten en luz y las heridas algún día sanan. Por eso creo firmemente que los nuevos días traen consigo nuevas oportunidades.

La vida me moldeó a través de la pérdida y la carencia, pero también me regaló la alegría de ser padre. La oportunidad de ser todo lo que me faltó, todo lo que quise y no tuve. Mi hijo es una promesa viva de que el mañana siempre puede ser mejor. Además, desde el 23 de abril de 2024, comencé a trabajar como voluntario en el banco de alimentos Bow Food Bank LTD, una organización dedicada a servir a la comunidad. Escribir, enseñar y ayudar se han convertido en mis formas de agradecer. Lo que un día dolió, hoy inspira. Mi vida, con todas sus caídas y ascensos, no es una historia de sufrimiento, sino de fe. De cómo incluso en medio de la pobreza y la pérdida, Dios abre caminos de propósito y esperanza. Porque, al final, nada en esta vida que valga la pena conservar llega fácilmente, y eso es precisamente lo que la hace tan hermosa.

Coincido completamente con Bilal. La investigación-acción participativa que varias de las y los investigadores del Instituto de Investigaciones Sociales llevamos a cabo nos permite descubrir estas “joyas” que germinan en condiciones adversas. Él usa este término para hablar de su abuela y yo para referirme a él.  Tendemos a pensar en las personas en situación de calle como personas débiles, fracasadas, pero el trabajo de campo que llevo a cabo en la Ciudad de México y actualmente en Londres me ha llevado a ver en ellas lo opuesto, personas increíblemente fuertes que libran diariamente una feroz batalla contra la vida y cuando se sobreponen, tienden a transformar su coraje en solidaridad. La incorporación de co-investigadores con experiencia de vida en calle me permite acceder a un conocimiento empírico invaluable, propio de quien ha habitado esos espacios, y transitar por ellos con mayor seguridad. En un plano más personal y humano, esta experiencia también me invita a valorar aquello que, por su aparente sencillez, a menudo damos por sentado: un baño, una cama, una cocina, un refugio en nuestro peregrinar por la vida.      

 

[1] La versión original en inglés se puede consultar en: https://play.google.com/store/books/details?id=KaoxEQAAQBAJ

Deja un comentario

ninety one − 87 =