Los amigos y la política

Publicado el 30 de junio en El Deber

Hace algunos años, tras la muerte de Julio Scherer, periodista de izquierda y director de la revista mexicana Proceso, que es un pilar del pensamiento progresista en ese país, el intelectual liberal Enrique Krauze escribió un homenaje recordando la larga amistad que los unía más allá de su distancia ideológica. “Cicerón decía -recordaba el académico- que el enemigo principal de la amistad es la política. Julio y yo salvamos el obstáculo por dos motivos: nuestra convergencia en la lucha por la democracia y la libertad en los últimos 25 años del siglo XX y el afecto genuino que nos tuvimos, fincado en el conocimiento de nuestras vidas” (Proceso, 12-01-2017).

Evoco este episodio porque el tema me ha tocado directamente. Por herencia familiar, estoy metido en la política desde niño. A menudo he ganado simpatías o perdido afectos por tener una posición. Pero con el tiempo he sabido separar los torrentes de la amistad y la política, que a menudo se pueden cruzar o alejar, pero que no debieran interferirse ni someterse.

Creí haberlo logrado con relativo éxito. Particularmente aproveché mi situación de vivir fuera de Bolivia para seguir manteniendo mis lazos afectivos sin estar en el ojo de la tormenta local. En mis visitas al país, siempre pude hablar sin tapujos con autoridades u opositores que, antes que nada, eran amigos lo que me permitía criticarlos sin tapujos. Pude transitar de un extremo al otro del escenario político, con voz propia, sin coincidir necesariamente con todo y pudiendo disentir. Y mis lazos afectivos seguían intactos.

Pero los acontecimientos de octubre-noviembre del año pasado arrasaron con casi todo. Cuando empecé a pronunciar abiertamente mi desacuerdo con el gobierno de Evo, y para peor lo hice por redes sociales, empecé a recibir primero rotundas críticas que rápidamente devinieron en vituperios. Muchos a quienes consideraba amigos y con quienes creía que podía no coincidir en algunos puntos sin que eso afectara nuestro lazo, lanzaron sus dardos en la distancia. No entendía.

Siempre supe que Bolivia es el país de las emociones y que la política es un demonio que despierta nuestras furias y las descontrola; a menudo recordaba la frase que se le atribuye a Vargas Llosa: “Un rasgo muy latinoamericano es que es muy difícil mantener la amistad en la discrepancia política. Eso prueba que todavía somos bárbaros”. Pero quería creer que la amistad, la relación construida en largas historias de vida conjunta, podían ser más fuertes que una opinión sobre la cambiante y efímera coyuntura -nada más impredecible y móvil que la política boliviana-.

Al principio, o simplemente no respondía, o enviaba un mensaje privado explicando mis razones y pidiendo que hagan lo propio en un clima de respeto, incluso posponía el debate para un futuro café. Pero luego vi que era inútil. Los insultos tocaron mis fibras más profundas, dibujando la bajeza de sus responsables. Descubrí a los amantes del monopolio, los enemigos de la diferencia, los intolerantes con la diversidad. Preferí acudir al último recurso de las redes, que es bloquear a quienes uno no considera interlocutores necesarios.

En fin, algunas amistades se salvaron del naufragio, seguramente las que sí valen la pena.

Vuelvo a Krauze y Scherer. Poco antes de su muerte, ambos fueron a almorzar sabiendo que probablemente era la última vez que se verían. Al despedirse, el periodista le dijo al historiador: “piensa en lo que nos une, no en lo que nos separa”. Tal vez sea una buena enseñanza para no dejar que a los amigos se los lleve la pasajera ola de la política y terminemos, al final del día, solos, enredados en nuestros dogmas y abrazados a nuestras inamovibles posiciones.

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