Que haya ganado Ricardo Anaya el debate: ¿qué implicaría?

Publicado en Observatorio de la Democracia


Todo lo indica

Todo indica que Ricardo Anaya Cortés ganó el primer debate presidencial, el del domingo 22 de abril. La mayoría de los analistas y comentaristas que participaron en las mesas post-debate de ese día, así lo vieron.

Si nos preguntamos cuántos candidatos tienen hoy posibilidades reales de seguir compitiendo con Andrés Manuel López Obrador por la presidencia, casi todos contestaremos que solamente Ricardo Anaya. Esa sería, también, la conclusión de lo que planteamos, desde diferentes perspectivas, quienes participamos en el conversatorio del IIS, UNAM, al que se refirió Carmen Aristegui el martes 24.

Las encuestas telefónicas y por internet levantadas a grupos determinados (no a muestras representativas de la población en general) tienen esa misma tendencia. De lo que miden ellas, son notables, sobre todo, las mediciones de cambio en las valoraciones de Anaya y López Obrador. La imagen del primero mejoró para un porcentaje mayor que para el primero; asimismo, la del segundo empeoró para una proporción mayor.

Lo primero que todo esto implicaría es que Anaya tiene posibilidades reales de disputar a López Obrador los temas que definirán la contienda, lo que no necesariamente significa que tenga, por ahora, probabilidades altas de ser electo. Que él ganara el debate era necesario, pero no suficiente, para que cambien considerablemente las preferencias electorales, y se reduzca la distancia entre los dos punteros. Esto requiere una conjunción de otras condiciones.

La centralidad de la disputa temática

Durante las precampañas presidenciales, en el tercer trimestre y principios del cuarto del año pasado, José Antonio Meade Kuribreña, como aspirante a ser nominado candidato por el PRI, buscaba convencer a los militantes de este partido de que, de llegar a la presidencia, él sería un campeón de la estabilidad económica. Procuraba hablar más de ese tema que de otros, como la corrupción. Probablemente advertía que dedicarle mucha atención a éste no contribuiría a que su discurso fuera bien recibido, pues dicho partido es el gobernante, y durante este sexenio los escándalos de corrupción han sido mayúsculos.

En cambio, Andrés Manuel López Obrador, quien se perfilaba a ser nominado como contendiente presidencial por MORENA, se concentraba de manera notable en la corrupción. Buscaba quedar, desde entonces, como el único entre los posibles candidatos de cualquier partido que estaba genuinamene dispuesto a combartirla. Ciertamente, tenía bases para intentarlo: desde la primera vez que fue candidato presidencial, hace 18 años, ha hablado del asunto.

Por su parte, Ricardo Anaya Cortés, aspirante del PAN, exploraba formas de señalar al PRI como endémicamente corrupto. Se preparaba, así, para refutar los sustentos de la pretensión de López Obrador. Ponía a prueba mensajes con dos implicaciones: la corrupción es un tema preponderante para él y él es quien mejor puede hacerse cargo de combatirla.

Entonces, Anaya veía también de qué manera podría quedar asociado con otros temas que nos preocupan mucho a algunos y que los demás candidatos no podrian abordar convincentemente, como los retos de nuestra democracia. Probablemente estaba pensando en cómo interpelar a personas que conversan sobre el funcionamiento del régimen, y no sólo a la mayoría de los votantes.

Abusando un poco de la expresión, los tres sabían que “apropiarse” de los temas que más importan al electorado, por segmentos y en conjunto, es la clave para que uno gane la elección; eso o bien promover los temas que ya tiene él, para que se conviertan en los preponderantes. Estudiaban sus estrategias para las disputas temáticas que determinarán el resultado electoral.

La contienda y el debate

Eso es lo que están haciendo los tres ya como candidatos de las coaliciones encabezadas por sus partidos, al igual que los llamados independientes: tratar de quedarse con los temas de mayor interés. Por eso Anaya y Meade hacen más referencia a López Obrador que él a ellos, en todas las formas de comunicación de las que pueden disponer: spots, mítines, entrevistas y mensajes de redes sociales. Como él va arriba en las encuestas, tiende a atraer más atención que los demás. Ellos tienen que aprovecharla lo más que puedan y él no tiene por qué compartirla más allá de cierto límite mínimo.

Finalmente, ganar un tema será redefinir los parámetros que distribuyen la atención. Quien gane será quien a la mayoría interese más que gane, porque perciba que sus temas son los que más importan y porque crea que es el más capaz de hacer algo para enfrentar los problemas

Por lo tanto, las estrategias básicas que se adoptan en un debate tienen que ser en esencia similares a las que se siguen en las formas de comunicación mencionadas arriba, aunque no pueden ser iguales, porque en el debate las ideas cuentan un poco más que en las otras formas.

Vale la pena detenerse aquí. El punto es que, normalmente, los candidatos expresan ideas sobre temas. Simplificando un poco, podemos formularlo así: afirman predicados acerca de sujetos. Las ideas completas se olvidan más rápido que los temas alrededor de los cuales se construyen; los predicados se pierden antes que los sujetos.

Al final, van quedando los temas, los sujetos, sobre todo si se repiten. Las ideas, los predicados, se diluyen. Pero, de un debate, permanecen también los juicios que nos hicimos en su momento respecto de las ideas completas y, sobre todo, de lo bien o mal que se vio el candidato al plantearlas.

Entonces, si Anaya ganó el debate, lo que pasó es que sus contenidos y su desempeño le permitieron reclamar para sí temas importantes, le dieron credibilidad. Si efectivamente fue así o no para una mayoría, lo veremos en los próximos días, cuando se publiquen los resultados de las encuestas que se están levantando a muestras representativas de la población. En tal caso, también empezaremos a ver si Anaya logra pasar, de haberse ganado la opción de disputar realmente los temas a hacerlos suyos.

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