La pandemia que nunca fue

En el año 2009, con Felipe Calderón en la presidencia de México, fue declarada una pandemia inexistente, la de la gripe A/H1N1, también conocida como gripe porcina. El gobierno mexicano sostuvo que la “pandemia” se originó en Estados Unidos, a través de migrantes, pero los hechos sugieren otra cosa y son poco conocidos. El “paciente cero” fue encontrado en La Gloria, cerca de Perote, en el estado de Veracruz. Dado que se curó, y sin mayores dificultades, el niño “cero, Edgar Hernández,” de cinco años para aquel entonces, terminó con un monumento a su persona en su pueblo.

Oficialmente, se sigue sosteniendo que el brote comenzó en abril de 2009. Sin embargo, en La Gloria, los pobladores se enfermaron desde bastante tiempo antes, y de manera masiva. Cuando las autoridades llegaron el 23 de marzo a la localidad, descubrieron que desde febrero muchos pobladores venían presentando cuadros inusuales de gripe, y para entonces, estando dichas autoridades presentes, unas mil 300 personas requirieron atención médica. 450 moradores fueron diagnosticados con infecciones respiratorias severas y tuvieron que tomar antibióticos, descanso y usar cubrebocas. El origen del problema no estaba muy lejos, sino en las granjas porcinas Carroll (Smithfield Foods, con prohibición de operar en Estados Unidos) del municipio de Perote. La planta estaba contaminando con sus “lagunas de oxidación” (eliminación de desechos cerca de fuentes de agua y sin geomembranas, filtros y fosas de tratamiento biológico) desde hace tiempo y hubo protestas de los pobladores por ello, pero los jamás recibieron atención gubernamental, salvo para ser reprimidos, aún cuando, por lo demás, se sabía desde 1988 del riesgo de la aparición de una influenza porcina entre humanos. Si las autoridades llegaron ese 23 de marzo, fue por insistencia de una agente municipal de La Gloria el 20 de marzo ante la Secretaría de Salud.

Los migrantes de retorno temporal no habían tenido gran cosa que ver en la propagación de la gripe.

Mientras al poco tiempo la Ciudad de México se llenaba de gente con cubrebocas, ya que el 25 de abril se había declarado la cuarentena (duró aproximadamente hasta mediados de mayo), el doctor Miguel Angel Lezana, director general de vigilancia epidemiológica y control de enfermedades de la Secretaría de Salud, le declaró al periódico español El País que los cubrebocas no servían para nada, pero que se habían repartido por millones “para que la gente se sintiera segura”. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia mundial el 11 de junio, (duró hasta agosto de 2010) y como si no bastara con Granjas Carroll, a instancias de comités de expertos al servicio de la industria farmaceútica el organismo internacional adulteró la definición de pandemia, olvidando que esta debe comprender una mortalidad significativa entre la población infectada, lo que no fue el caso. El asunto de la “mortalidad” fue simplemente suprimido por el organismo que en ese entonces dirigía Margaret Chan, originaria de Hong Kong. La OMS obligó finalmente a muchos gobiernos del mundo a hacer acopio de vacunas que luego no se usaron y se “popularizó” igualmente el medicamento Tamiflú, de Roche (originalmente de Gilead Sciences), ni seguro ni eficaz (salvo en artículos científicos…patrocinados por Roche), de tal modo que la propia OMS tuvo que retirarlo en 2017 de su lista de Medicamentos Esenciales. Pero el negocio ya estaba hecho, a costa de muchos erarios y con muchas connivencias, incluyendo las de comunidades médicas listas para recetar una “marca” y no una sustancia probada. Desde los años ’80, se impuso en la ciencia médica (en realidad es una ciencia y un arte, según la definición oficial) una peculiar creencia en los grandes laboratorios, a riesgo de no saber siquiera lo que se prescribía (habría de ser el caso del Tamiflú), aunque aceptando canonjías. En México se tuvo que llegar a la larga a solicitar de los representantes de los laboratorios que no se apersonaran en los hospitales y se limitaran a los consultorios, como los hombres del maletín que eran.

El actual subsecretario de Salud de México, Hugo López-Gatell, recuerda las condiciones de trabajo en ese momento de 2009: “El protagonismo venía de todos los actores políticos del sistema federal y gobiernos estatales”, dice en entrevista a un periódico capitalino recordando “el desorden”. “Hubo presión política para que se compraran pruebas rápidas”, sostiene, y agrega que “la presión era porque desde Presidencia ya se habían comprado miles de pruebas. Otro fue el enjambre de empresas que vendían plataformas informáticas (…) Teníamos la presión de Los Pinos, de las compañías que eran de algún amigo (…) o estaban recomendadas por alguien más.” ¿Qué pasó? “El sistema de salud, según una de las conclusiones de López-Gatell, estaba en manos de especuladores tóxicos y muy corruptos que tenían aliados en el gobierno”. A su modo, tal vez eran tan tóxicos como lo fueron las granjas porcinas Carroll. Hubiera sido de esperar que la actual crisis sanitaria internacional de 2020 se desenvolviera en un ambiente menos tóxico. No es seguro que así sea.

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