El proceso de enseñanza-aprendizaje durante la pandemia: La mirada de estudiantes de posgrado en ciencias sociales
Microetnografía colaborativa de alumnas y alumnos del laboratorio Aplicaciones etnográficas para desarrollar investigaciones desde una “nueva normalidad”

Este documento ha sido escrito a varias manos. Expresa la experiencia de alumnas, alumnos, así como de la docente del laboratorio. Las y los estudiantes vienen de distintas universidades, de diversos programas de posgrado e, incluso, de diferentes latitudes. Ello ha enriquecido el trabajo colectivo para la construcción de conocimiento.1


Presentación

Alumnas y alumnos que otrora asistíamos a clases y compartíamos las aulas con compañeros, compañeras, profesoras y profesores hemos experimentado cambios frente a los que nadie estaba preparado. En pocas semanas tuvimos que empezar a tomar clases mediante los dispositivos y aplicaciones de comunicación a distancia. Ello, sin duda, está repercutiendo en nuestro proceso de aprendizaje. De igual forma, las y los docentes hemos tenido que ir aprendiendo sobre la marcha y, a veces, a marchas forzadas la forma en que podemos construir, desde la distancia y en el encierro, conocimientos significativos para y con los estudiantes. Docentes y alumnos tuvimos que aprender a manejar las plataformas digitales desde donde podíamos comunicarnos.

Quienes cursamos o somos docentes en programas de posgrado fundamentados en la investigación social, además de adaptarnos a las clases en línea, tuvimos que ajustar nuestros proyectos y trabajos de investigación. Una vez que logramos superar la angustia, el duelo, el pasmo y el bloqueo mental que nos provocó la pandemia y todas las repercusiones (económicas, emocionales, sociales) que ella trajo a nuestras vidas, empezamos a adaptar nuestras preguntas de investigación, modificar nuestros planes docentes, nuestros diseños metodológicos y comenzamos a cuestionar para qué hacemos o queremos hacer investigación social.

Entonces se hizo evidente que, si de por sí, aprender a hacer investigación no es sencillo, la pandemia ha hecho que este proceso sea más arduo. No obstante, espacios como el laboratorio Aplicaciones etnográficas para desarrollar investigaciones desde una “nueva normalidad” nos ha servido para ir avanzando en nuestro proceso de enseñanza-aprendizaje. En particular, este laboratorio se ha conformado en una instancia de crecimiento personal y profesional (para estudiantes y docente); donde hemos podido conocernos e interactuar quienes desde diversas áreas de las ciencias sociales estamos aprendiendo el oficio de la investigación y que nos encontramos a kilómetros de distancia.

En este documento presentamos nuestras reflexiones sobre los retos, las oportunidades y los aprendizajes que hemos tenido durante casi dos semestres de una nueva forma de relacionarnos como alumnos, alumnas y docente. A la manera de una microetnografía colaborativa, vertimos nuestras voces y miradas para mostrar, por una parte, los impactos que la pandemia ha tenido en nuestros entornos familiares y, por la otra, la forma en que hemos ido adaptando nuestro proceso formativo en línea, así como nuestros procederes para aprender a hacer investigación desde el confinamiento.

La pandemia en nuestros entornos familiares

La pandemia por COVID-19 ha supuesto mucho más que un riesgo sanitario global. Miles de personas en el mundo han sufrido directamente las consecuencias de la enfermedad. Pero han sido muchas más las personas a quienes, a pesar de no haber contraído la enfermedad, este fenómeno nos ha afectado de forma indirecta, a través de las transformaciones que se volvieron necesarias a nivel social y su impacto a nivel emocional. Esta pandemia ha trastocado en distintas maneras y magnitudes nuestras vidas. Ha dejado una huella de por vida a quienes hemos perdido un ser querido a causa de la enfermedad. Éste fue el caso de uno de nosotros:

La pandemia del Coronavirus al igual que muchas de las familias en México nos afectó con la pérdida de un pilar como lo es mi padre, quien también llevaba como nombre Eduardo. Perdió la vida a los 48 años, en medio de un ambiente de impotencia por no poder actuar a tiempo ya que una prueba rápida que arrojó un resultado negativo de la enfermedad COVID-19, nos dio una falsa tranquilidad de poder manejar la situación en casa. Al final no pudimos llegar al hospital a tiempo y el día 13 de junio de 2020 quedó grabado en mi memoria con el recuerdo más doloroso que he vivido, pues no solamente es la experiencia personal de perder a un familiar tan importante en la vida, sino también el pesar de la familia ante la incredulidad de los hechos, el peso de comunicar de la mejor forma a mi madre y hermano ocho años menor.

A pesar de tristezas tan grandes como ésta, la situación actual también nos ha permitido vivir intensos momentos en familia, los cuales nos hace revalorar lo que cada uno de nosotros tenemos en la vida; eso que, en ocasiones, con el devenir de la cotidianidad, se torna invisible: desde poder desayunar con todos los integrantes de la familia, idear nuevas formas de convivencia o hasta crear nuevas actividades, ya sea de corte productivo o simplemente de ocio.

Además, en este contexto es importante señalar que como jóvenes que estamos cursando un programa de posgrado y que contamos con una beca otorgada por el estado o por la propia universidad, somos privilegiados. Podemos trabajar desde casa y contar con un ingreso económico seguro. Poder estar encerrados es un privilegio cuando otras personas se ven obligadas a salir de casa para sobrevivir, por lo que deben exponerse continuamente a un contagio al viajar a diario en transportes atestados. Así, por extraño que suene, muchos de quienes somos estudiantes de posgrado tenemos el privilegio de poder estar encerrados. Pero no todos en nuestras casas tienen esa oportunidad. Hay quienes por su misma profesión se deben exponer a la enfermedad en su trabajo o en los trayectos que han de hacer para llegar a sus lugares de trabajo. Esto, sin duda, incrementa nuestro miedo, estrés y angustia.

En nuestras vidas familiares, uno de los impactos más significativos de la pandemia se manifiesta en el nivel emocional: miedo, de ver las cifras cada vez mayores de contagios y decesos, de salir a la calle, de desconfiar de cada persona al verla como potencial fuente de contagio; nostalgia, por estar alejado de personas queridas, por la pérdida de un estilo de vida; incertidumbre, por no poder saber qué tan cerca está el final; pesar, por el alejamiento de las personas, por tener que estar a la distancia, porque un abrazo, antes una muestra de afecto, es ahora un factor de riesgo; tristeza, por la dolorosa pérdida de seres queridos; saturación, por la sobreinformación o la desinformación que circula en redes sociodigitales y que alimenta la angustia y el desazón.

Justamente, frente a ese mar de información y desinformación, y ante la avalancha de emociones, algunos de nosotros también queríamos alimentar la esperanza de que en pocas semanas esto iba a terminar. Sin embargo, iban transcurriendo las semanas y las fechas tentativas de apertura se iban recorriendo: primero se tuvo contemplado regresar a una “nueva normalidad” en mayo, después a mediados de junio y al ver que los niveles de contagios no cesaban ya no se continuó estipulando una fecha del fin de la pandemia. Con ello vimos que la famosa “cuarentena” fue más que eso; de cuarenta días han pasado meses que parecen seguir prolongándose cada vez más. Las emociones que todos vivimos frente a la situación actual pueden atenuarse o controlarse si disminuimos nuestra exposición (o sobreexposición) a noticias e información sobre el desarrollo de la pandemia. Una cosa es mantenernos informados, pero otra es sobreexponernos a la información o desinformación que circula en las redes sociodigitales.

Aquí también es importante puntualizar cómo experimentamos el encierro quienes nos dedicamos a tareas académicas. Quienes estamos encerrados, abstraídos en esas tareas, nos metemos cotidianamente en una burbuja donde los contagios y la enfermedad parecieran no existir. Para nosotros tal vez el cambio que implicó la cuarentena no fue tan drástico, porque durante nuestros años como alumnos de posgrado, hemos formado ciertos hábitos que nos implican momentos de encierro para preparar exámenes, redactar trabajos finales o terminar de escribir nuestras tesis. No obstante, como estudiantes de posgrado regresamos a la realidad de la pandemia cuando vemos nuevamente las noticias, cuando platicamos con amigos y familiares o cuando, si es que vivimos con algún familiar que tiene que salir de casa a trabajar, vemos su exhaustivo proceso de limpieza y desinfección antes de poder saludarnos. Esto nos traslada nuevamente a la realidad social; es un recordatorio diario de que el problema es real. Entonces el miedo, la angustia, el estrés nos invaden nuevamente.

Quienes, además de alumnos, alumnas o docentes somos padres o madres de familia, la pandemia nos puso en circunstancias donde tuvimos que aprender con nuestros hijos e hijas a hacer escuela desde la casa, lo que implicó adaptarnos a hacer todo de forma virtual. Conforme el tiempo de confinamiento y de suspensión de clases presenciales se alargaba, los retos se manifestaron en la organización de la vida en casa. Tuvimos que ir ajustando tiempos y espacios de manera tal que pudiéramos coincidir a la hora de los alimentos y tratar de acomodar nuestros horarios para poder a tener un tiempo de convivencia en familia antes de que acabara el día. Ha sido un importante reto de reorganización y coordinación, la distribución de tareas en el hogar, que permita a todos poder cumplir con las exigencias de nuestras obligaciones laborales, escolares y familiares. Hemos tenido que repartir los lugares del hogar para que cada uno pudiera trabajar o estudiar tratando de no interferir en las actividades de los otros, pues generalmente, coinciden nuestros horarios laborales y escolares. Esto no siempre lo logramos, no obstante, hay una actitud de respeto y paciencia por parte de todos e, incluso, un involucramiento mayor en las actividades de los demás, el cual antes de la pandemia no era palpable.

A pesar de la incertidumbre en nuestros hogares, tenemos la fortuna de poder seguir en casa, adaptándonos a esta nueva forma de vivir, aunque añoramos el poder desplazarnos a otros lugares, visitar a la familia y amigos, celebrar cumpleaños y otros eventos importantes como tradicionalmente lo hacíamos. No obstante, nos mantenemos unidos a la distancia haciendo uso de las herramientas tecnológicas para poder estar en contacto con aquellos que no están cerca. Buscamos otras formas de interacción, con amistades y familiares que están lejos; ello nos ayuda a enfrentar este momento de conmoción.

Es así como el estar confinados nos ha permitido reflexionar y pasar más tiempo con nuestras familias, porque si bien en tiempos prepandémicos estos espacios familiares existían, en diversas ocasiones se veían interrumpidos por compromisos personales y académicos, que lamentablemente eran ineludibles. Así, la pandemia nos ha puesto frente a una serie de preguntas: ¿quién soy?, ¿qué quiero? y ¿de dónde vengo?, las cuales muchas veces en nuestros cotidianos “tiempos normales” desaparecen o son poco cuestionadas. Asimismo, nos percatamos de que la convivencia familiar, a pesar de las diferencias propias de vivir juntos, puede ayudarnos a sobrellevar la incertidumbre de la situación y los sentimientos negativos (ansiedad, estrés) ante un hecho que es ajeno a nuestro control y del cual sólo nos queda aceptar y adaptarnos.

Finalmente, en torno a los retos que enfrentamos en nuestras dinámicas familiares, también es importante señalar que mientras el confinamiento seguía extendiéndose, otro de los problemas que se nos presentó a algunos de nosotros fue el acceso a internet. Debido a que todos o la mayoría de los miembros de nuestras familias debemos desarrollar ciertas actividades a distancia, una conexión doméstica a Internet es insuficiente. Además, para quienes estamos en zonas rurales, el problema se agrava porque la velocidad de la red no es igual. Esto ha hecho que tengamos que organizar nuestros tiempos y nuestros espacios para que todos los que compartimos Internet podamos cumplir con nuestras obligaciones en mayor o menor medida.

Oportunidades y retos de la pandemia en nuestros procesos formativos

El aula en la casa

Una de las primeras adaptaciones de la vida académica ante la pandemia es que nos hemos volcado hacia la vida digital. La experiencia universitaria es ahora un cúmulo de videoconferencias, lo cual supone, desde luego, algunas ventajas, pues podemos acceder a conferencias, congresos, etc., de muchas universidades y en distintos países, a los cuales sería difícil acudir en condiciones normales. De un día para otro nos encontramos frente a un gran acceso al conocimiento, además de que podemos aprehender de las experiencias de personas similares, con vivencias similares sobre cómo han sobrellevado estas dificultades en sus procesos de investigación. Podemos también crear nuevas redes y conocer otras personas. No obstante, lo que hemos perdido, y es insustituible, es el contacto humano. Los seminarios y cursos a distancia, pese a lo interesantes y enriquecedores que sean, no superan la experiencia relacional de los seminarios presenciales. Los descansos a mitad de clase en los cuales ocurrían las charlas informales con compañeros y compañeras, y se llegaba a conocer a las personas más allá de sus opiniones vertidas en clase, son ahora una pantalla oscura en espera y en silencio.

Frente a estas pantallas oscuras, echamos de menos los recesos para ir a tomar café y platicar con compañeros y compañeras sobre temas de la clase o de la vida fuera de la universidad; nos hacen falta esos pequeños espacios donde uno podía acercarse a la maestra o al maestro para plantear dudas o solamente conversar. Por ello, es necesario voltear a ver las ventajas de la virtualidad, el gran acceso al conocimiento que nos brinda, pero también hay que pensar en lo que hemos perdido.

Dejar de asistir al aula, convivir con los compañeros, escuchar al catedrático, sentarse en un pupitre o simplemente desplazarnos al espacio universitario ha sido un detonante del cambio. La cafetería se convirtió en constantes idas al refrigerador; la rutina del desplazamiento hacia el lugar de estudios ahora sólo es la angustia por garantizar el correcto funcionamiento del equipo de cómputo, esperando que la compañía de telecomunicaciones otorgue un servicio de calidad para poder completar la hazaña de estar frente a la maquina al menos cuatro horas diarias. La escuela se ha convertido en el hogar y, al mismo tiempo, el hogar se convierte en un multiespacio donde concentramos un sinfín de actividades, lugares e, incluso, sentimientos. Antes era conocido que los problemas de la casa no se trasladaban al trabajo o la escuela, y viceversa, pero ahora ¿cómo se pueden separar los problemas del trabajo, la escuela o la casa, si es el mismo espacio? ¿Cómo pretender hacer escuela y oficina en la casa y después separarlos? Con ello, el aprendizaje se ha vuelto un reto aún mayor.

Nuestras investigaciones frente a las transformaciones sociales pandémicas

La pandemia, el encierro y el potencial riesgo de salud que supone el sólo hecho de salir a la calle, de una manera u otra, han trastocado la vida de todas las personas. Todos los fenómenos sociales han cambiado, por lo que las investigaciones han de hacerlo también, tanto en sus enfoques metodológicos, ante la imposibilidad de acudir a los espacios físicos donde planeábamos investigar, como en sus planteamientos, pues sería ingenuo mantener las mismas preguntas cuando la realidad que cuestionan cambió del todo.

Considerando que las investigaciones sociales siempre constituyen un desafío por la construcción interactiva de información empírica, debido al cumplimiento de protocolos sanitarios instaurados a nivel mundial, durante la pandemia hemos tenido que ajustar tiempos una y otra vez, para tratar de coincidir con los cambios que se presentan en los escenarios y/o en las y los sujetos con los cuales estamos trabajando. Por ello, en nuestros procederes investigativos hay quienes hemos tenido que reducir en tiempo y número las visitas al lugar de estudio, también hemos tenido que buscar nuevos informantes, hemos tenido que rediseñar nuestros instrumentos para ser aplicados en diferentes entornos (presencial, online o remoto) a fin de darle seguridad y confianza a aquellas personas que aportan datos a las investigaciones.

Sería hasta necio mantenernos con las mismas preguntas de investigación, cuando la pandemia ha afectado todas las vidas. No obstante, el cambio de preguntas de investigación lleva también al surgimiento de preguntas metodológicas: ¿El método que planteo sigue siendo útil para conocer la nueva realidad? ¿Debería esperar a que disminuya el peligro para poder ingresar al escenario social? Pero los tiempos institucionales de nuestros posgrados no se han detenido, por lo que es más conveniente modificar nuestros métodos. Otras preguntas que nos pueden invadir frente a situaciones como la que vivimos son: ¿cómo hacer trabajo de campo?, ¿de qué herramientas o personas apoyarme?, ¿cómo lograr acceder a los resultados con menos o ninguna visita a campo?

Así, la pandemia también se vuelve un área de oportunidad para desarrollar nuestra creatividad metodológica. En ese sentido, las videollamadas que otrora criticamos, se vuelven ahora una herramienta interesante y necesaria para contactar a las personas informantes de nuestras investigaciones. Otra estrategia de adaptación puede ser el uso de las redes sociodigitales para acercarse a potenciales informantes, o redirigir el uso de las técnicas de investigación: en el caso de la investigación etnográfica, en vez de colocar la observación participante como principal fuente de información, centrarse en las entrevistas y el análisis de documentos. Una última estrategia para adaptar nuestras investigaciones consiste en cambiar el escenario a observar: en lugar de estudiar un lugar, ahora inaccesible, podemos estudiar distintos momentos y espacios relacionados con nuestros problemas de investigación y con nuestros objetos de estudio. Ello favorecería, tal vez, hacer visitas cortas y con las medidas adecuadas de seguridad, o quizá explorar esos momentos y espacios a través de la mirada de las y los sujetos sociales no sólo como informantes clave, sino como observadores participativos, como paraetnógrafos y paraetnógrafas de sus propias experiencias.

Es cierto que los momentos de encierro, para quienes no tenemos más compromiso que estudiar, han sido de utilidad para ordenar y sistematizar las discusiones teóricas que en otros momentos no pudimos articular. Ello nos puede servir para consolidar nuestros problemas de investigación. No obstante, el encierro y la incertidumbre nos pueden generar ansiedad y dificultad para manejar nuestras emociones; entonces, redactar, documentar o realizar alguna otra actividad propia de la escuela, bajo ese sentir, por supuesto no es la mejor idea. Ante ello, como estudiantes, podemos buscar estrategias recreativas que nos ayuden a generar sentimientos de calma y, con ello, reanudar nuestras actividades académicas. Cuando debemos cumplir alguna actividad con criterios como horario o fechas de entrega, tenemos que procurar realizarlas después de haber hecho alguna actividad recreativa; eso puede reducir las posibilidades de no terminar o no cumplir.

Conclusiones

Sin duda, la pandemia nos ha impactado a todos y en todos los ámbitos de nuestras vidas: de un día a otro se alteraron nuestras rutinas y nuestra cotidianidad se tornó en espacios y tiempos distintos. Muchos planes a corto y mediano plazo permanecen en la incertidumbre a medida que aumenta la resignación de seguir confinados por tiempo indefinido, a pesar de que han pasado ya ocho meses desde que iniciamos el periodo de cuarentena en nuestro país.

El panorama a futuro no es claro pues no se tiene una fecha que marque el término de esta situación. Lo que sí es claro es que podemos y debemos adaptarnos pues, hoy en día, las tecnologías de la información y la comunicación nos abren un amplio abanico de posibilidades que impulsan la creatividad y fortalecen la reflexión sobre lo que es prioritario y lo que es necesario tanto en los aspectos familiares como en lo académico.

La pandemia se ha presentado de manera inesperada, nos ha afectado en distintas formas: en lo laboral, lo emocional, a nivel de relaciones sociales, etc. Pero ante la incertidumbre de cuándo terminará, no podemos quedarnos inmóviles esperando su fin. Debemos tomar acción y asumir la idea de una “nueva normalidad”, para adaptarnos a ella. La investigación social y, en particular, la etnografía ofrece muchas herramientas para aproximarnos a la realidad social, y su gran flexibilidad le ha permitido adaptar sus técnicas y aplicaciones a esta realidad. Aproximaciones como la etnografía remota, la etnografía digital, la paraetnografía y hasta la autoetnografía, ponen a nuestro servicio sus estrategias para adecuar y enriquecer los proyectos, de modo que, en lugar de entorpecer nuestros procederes, pensemos en las oportunidades, riquezas y bondades que ofrecen la creatividad y flexibilidad en la investigación cualitativa. La flexibilidad de este método nos permite reconceptualizar el trabajo de campo para logar estar “ahí” desde la distancia, o bien combinar el estar “allá” con el estar “acá”.

Entonces, si bien, la pandemia alteró nuestra cotidianidad, ha detonado también un universo de posibilidades para continuar realizando investigación en ciencias sociales y, en general, para continuar con nuestras actividades diarias. Nos ha orillado a redefinir y reconceptualizar la manera de hacer investigación, dando lugar y legitimación a técnicas y herramientas poco usuales y aceptadas hasta antes de la pandemia.


1 Las alumnas son: Ana María Herrera Galeano (inscrita en el Programa de Doctorado de Ciencias Políticas y Sociales con orientación en sociología de la UNAM), Gloria García-Aguilar (inscrita en la Maestría en Estudios del Turismo de la UAEMex) y Cecilia del Mar Zamudio Serrano (inscrita en del doctorado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM). Los alumnos son: David Vaca Paulín (inscrito en la Maestría en Estudios del Turismo de la UAEMex); José Andrés Villarroel López (inscrito en el Programa de Magíster de Investigación Cualitativa en Salud de la Universidad de Atacama, Chile); Aldo Iván Orozco Galván (inscrito en el doctorado en Psicología Social de la UNAM); y Eduardo Mata Arratia (inscrito en la Maestría en Estudios del Turismo de la UAEMex). La docente es Laura Beatriz Montes de Oca Barrera (adscrita al Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM).

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