El Instituto Volador

Tu incapacidad de concentrarte y tu memoria como de teflón (porque no se le pega nada) vienen de lejos. Claro, siempre y cuando rondes el cuarto piso de edad o ya lo hayas sobrepasado. No es que los jóvenes de hoy tengan capacidades mentales sobresalientes; más bien conviene hacer, aquí y ahora, genealogía de cosas para adultos. Antes de los teléfonos celulares existieron agendas electrónicas como las Palm, e incluso antes hubo agendas de papel. Lo sé: ambos artefactos se parecen ya más a piezas de museo. La telefonía celular llegó a México en 1989, introducida por la compañía Iusacel, que después le perteneció a Grupo Salinas, antes de que la marca fuera eliminada completamente por quien luego la compró, AT&T, con tal de afianzar la suya en el mercado mexicano. El primer comercial televisivo de telefonía celular en México, o al menos uno de los primeros, puede verse en: www.youtube.com/watch?v=GciHr9prok8&t=1674s (específicamente en el minuto 27 con 53 segundos).

Antes de los celulares nos comunicábamos a través de líneas fijas, que al irse popularizando volvían cada vez más difícil la memorización de números. ¿Memorizar qué? Vaya ejemplo de arcaísmo cuando lo de hoy consiste en dar unos cuantos toques en el celular si lo que se desea es hablar (algo ya también menguante) o lo más popular: usar aplicaciones de mensajería instantánea. Reconozco también la “disonancia cognitiva” entre llamar desde un teclado virtual o desde uno de teléfono con línea fija, cuya marcación se siente, cada día más, como acariciar un mamut o algo parecido.

Para atajar la desmemoria aparecieron las agendas de papel. Se ganó practicidad mediante la aglutinación de muchos números al alcance de la mano, pero se perdió, en parte, la capacidad de retener aquéllos en la cabeza. Todo esto viene a colación porque algún tiempo atrás, mientras descombraba mi habitación, apareció por ahí una agenda magnética que incluía (bueno, aún incluye) un teléfono del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Con sus pliegues formando una suerte de acordeón, las magnéticas permitían almacenar varios datos en algo tan pequeño que cabía en el bolsillo del pantalón. Lo mejor es que todavía puede mirarse sin gastar energía para el funcionamiento de un dispositivo electrónico.

Conjeturo que la magnética proviene de los comienzos de este siglo, cuando yo estudiaba la carrera de Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, también de la UNAM, que por aquel entonces ya contaba entre sus plantillas de licenciatura y posgrado con varios profesores que también eran investigadores adscritos al instituto: recuerdo a Verónica Zenaida Montes de Oca, Álvaro Arreola, Rosa María Camarena, Victor Manuel Durand, Héctor Francisco Castillo Berthier, entre algunos más. También eran constantes mis visitas al instituto en virtud de aquellos tiempos cuando lo analógico (leyendo sus publicaciones) o lo presencial (yendo a sus cubículos) eran prácticamente los únicos medios para contactar a académicos como los antes mencionados. No había redes sociales y hasta el instituto carecía de página web. A los investigadores también se les podían mandar correos electrónicos de improbable contestación (recuerdo que todas las cuentas institucionales de la UNAM incluían la palabra “servidor”). En el mostrador de Vigilancia a la entrada de Sociales no existían monitores de circuito cerrado, los cuales llegaron años después.

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Mi relación con Héctor Francisco empezó, por decirlo de algún modo, a través de una interpósita persona: Fernando Aguilar Avilés, quien fue mi profesor en una asignatura llamada Desarrollo de Proyectos Sociales, colaboraba con él desde hacía años. Cursar la materia fue divertido porque los dos adjuntos, Rafa y Gabriel, le inyectaban aún más jovialidad. (Rafa no se ausentaba de las no tan ocasionales bacanales en el estacionamiento de profesores de la Facultad; en una tocó el grupo Tex Tex, cómo olvidarlo.) Fue así, por recomendación de Fernando, que comencé a ir de oyente a las clases de Castillo Berthier y a seguirlo… en los medios de comunicación analógica.

Otrora rockero acostumbrado a las muchedumbres extasiadas, Castillo Berthier escribía una columna que yo leía en el periódico Metro, donde también colaboraba otro personaje a quien mucho admiré hasta su muerte: Tomás Mojarro, El Valedor. Ambos también gozaban de éxito radiofónico. Mojarro en Radio UNAM con su Domingo 13 y Héctor Francisco de colaborador en Monitor edición vespertina, a la sazón dirigida por Enrique Muñoz (el noticiero de la mañana, con José Gutiérrez Vivó, era por mucho el más escuchado; luego venía la emisión de mediodía, con Martín Espinosa al frente; y Muñoz cerraba el día, sin olvidar a la edición de los fines de semana, encabezada por Mario Iván Martínez, padre del actor homónimo). Era divertido escuchar cómo, justo entrando al aire, el locutor solía presentar al “guerroso” Héctor Francisco, o le arrojaba alguna puya similar, antes de darles paso a las disertaciones sobre una de las dos especialidades del sociólogo: la juventud. Así fue hasta que un día dejó de colaborar en la radio “porque ya no llegaba”, como él mismo me lo dijo, hasta los estudios de Radio Red, en San Jerónimo Lídice, justo cuando el tiempo de traslado se le incrementó por la construcción del Segundo Piso… del Periférico.

Con la excepción de Juan Zepeda, quien de músico barriobajero llegó a ser presidente municipal de Nezahualcóyotl, senador, diputado local y hasta candidato a la gubernatura mexiquense, no recuerdo a nadie más que desde la marginalidad artística urbana haya podido evolucionar con sonoro éxito a otra faceta distinta. No todos los institutos de investigación cuentan entre sus filas con un personaje tan polifacético ni creativo como Castillo Berthier, responsable de que Sociales tenga una sede llamada El Circo Volador. Claro, no todos los investigadores poseen el mismo talento, ni tienen igual cantidad de tiempo o disposición para concretar siquiera una de sus muchas abstracciones del mundo académico. Héctor Francisco sí pudo, dándole al alicaído centro de Ciudad de México, en 1997, un espacio que mucha falta le hacía a la juventud. Investigación teórica en Coyoacán, resultados tangibles en Venustiano Carranza.

Algunas veces invitado por Castillo Berthier, y en otras “por mi cananas”, he ido a El Circo Volador varias veces. Recuerdo una que transcurrió, si mal no recuerdo, allá por 2003, a un festival que reunió a distintos personajes de los medios informativos y de la cultura. Fernanda Tapia leyó en voz alta los textos inscritos por quienes participaron en un certamen organizado por la sede. Paco Ignacio Taibo II, cuando aún era un intelectual (más o menos) combativo y no el burócrata poltrón, machista, boquiflojo y orgánico que ideologiza desde el Fondo de Cultura Económica, soltó una gracejada que aún recuerdo, letra por letra, como si hubiera sido pronunciada ayer. Criticando el proyecto que terminó siendo la Biblioteca Vasconcelos, inaugurada por Vicente Fox en 2006, Taibo lo censuró como “un fenómeno de hiperlactancia por ser una megamamada”. Semejantes calificativos más bien describen a la obradorista y hueca Megafarmacia del Bienestar.

Creo que no son muchos los investigadores académicos capaces de trabajar profusamente dos temas dispares. Héctor Francisco sí. Puede que yo haga mal en generalizar, pero no abundan colegas suyos con integridades físicas amenazadas por andar escudriñando en campo. Castillo Berthier sí. Porque juventud y cultura no han sido los únicos asuntos en los que ha puesto sus empeños. Con la basura también. Haciendo investigación en el tiradero a cielo abierto de Santa Cruz Meyehualco, clausurado hace años, contrajo una infección cutánea que lo obligó hasta a raparse. Por aquellas mismas fechas aguantó una golpiza propinada, muy posiblemente, por esbirros de Rafael Gutiérrez Moreno, El Zar de la Basura, un cacique tan repugnante como inverosímil, asemejado más a un personaje salido del realismo mágico que al padre del aprisionado, por explotador sexual, Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre. Cuando una vez quiso acercarse a Luis Echeverría cuando éste aún era presidente, el joven sociólogo acabó en el piso, hasta donde lo mandó el moquete que le soltó el guardaespaldas presidencial, un cubano como de dos metros de estatura, apodado, irónicamente, El Junior.

Si la vida cotidiana en el Instituto de Investigaciones Sociales ha de cuantificarse sumando las vivencias de su personal académico, Héctor Francisco aporta un pico muy elevado con respecto al regular silencio imperante entre cubículos.

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Al menos en mi caso bastan los dedos de ambas manos para contar los casos de profesores que me invitaron a departir en espacios más allá de las aulas. Castillo Berthier fue uno. Tuve la oportunidad de conocer su oficina alterna, en la entonces delegación (hoy alcaldía) Venustiano Carranza. Estaba en una casona cercana a El Circo Volador, del cual fungía como espacio administrativo y de enlace, o al menos eso me pareció al ver la gran cantidad de instrumentos musicales que contenía, sin olvidar un automóvil antiguo pero bien conservado en la cochera. Ahora me arrepiento de no haber preguntado qué marca y modelo era. Recuerdo, en cambio, que la puerta principal tenía un “truco” pues bastaba con empujarla con el pulgar para que se abriera: vi a Héctor Francisco hacerlo en más de una ocasión.

Siendo franco, me gustaba más visitarlo en su oficina que en el instituto. Sin embargo, el academicismo y cierto gusto por publicar lo investigado dejaron huellas en mí. Tras aquellas visitas, amén de las enseñanzas etnográficas tomadas de los libros escritos por Castillo Berthier, publiqué una crónica sobre jóvenes diableros y pepena salvadora de basura en la Central de Abasto de Iztapalapa, pieza titulada “El diablito de Hannibal” que puede leerse aquí: https://puntoenlinea.unam.mx/?view=article&id=513. Pasando al reciclaje de espacios urbanos, hice un artículo sobre los cines de una pantalla que acabaron convertidos en templos, publicado con el nombre de “La Iglesia Universal y el reciclaje de la Ciudad de México”, disponible en: www.publicaciones.cucsh.udg.mx/pperiod/vinculos/pdfs/vinculos8/V8_7.pdf. El Circo Volador también era un cine, llamado “Francisco Villa”, cuyo destino tras la quiebra fue igualmente el reciclaje, sólo que laico. Es indudable que lo hecho en Sociales puede replicarse. Así es como va generándose el conocimiento.

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Nuestro más estrecho punto de colaboración se alcanzó muy lejos de México, en Japón, adonde fuimos invitados por el Banco Mundial. Héctor Francisco era jurado y yo un concursante. En aquel año fui finalista de la International Essay Competition, que el Banco organizaba. Parte del premio consistía en ir a la ABCDE Conference, cuya edición 2006 fue en la tierra del Sol Naciente. Metí mi ensayo en la competición sin saber quiénes iban a ser los sinodales. Tenía tiempo sin ver a Castillo Berthier y nos reencontramos en el aeropuerto de Los Ángeles, a la espera de la conexión que nos llevaría a Tokio. Una vez allá, en la Conferencia, tuve un intérprete de lujo en la persona de quien escribió la ya clásica etnografía El basurero: antropología de la miseria. Lo que pasaba es que yo no dominaba el inglés y la presentación de los ensayos debía hacerse en ese idioma. Si lo hubiera dominado habría podido defender mejor mi trabajo y hasta ganar el primer lugar, que incluía un muy buen premio en dólares. No es que mi intérprete lo haya hecho mal, pero “traduttore, traditore”. Tuve la oportunidad, eso sí, de saludar en persona al entonces presidente del Banco Mundial, el halcón Paul Wolfowitz, ideólogo e instigador de la invasión estadounidense a Irak tres años antes. Yo no me tomé fotos con él pero otra finalista del certamen, la peruana Flor María Callalli, ahora amiga mía y aguerrida abogada, sí se animó a hacerlo:

Flor de María Callalli, a la derecha. Paul Wolfowitz al centro. A la izquierda una persona cuyo nombre no recuerdo pero era amiga de Flor

Wolfowitz acabó saliendo del Banco Mundial por la puerta de atrás, orillado a renunciar una vez descubierto el conflicto de interés en que incurrió por haber mantenido trabajando, bajo su mando y con un sueldo superior al autorizado, a Shaha Riza, con quien además tenía una relación amorosa. Además de belicoso manchado de sangre, salió lujurioso y abusivo.

En aquel episodio japonés pude conocer a alguien mucho más amable e importante: Joseph Stiglitz, ganador del premio Nobel de Economía 2001, y quien me firmó un ejemplar de su libro El malestar en la globalización, que atesoro como uno de mis bienes más preciados. Casi a señas nos hicimos entender porque ni él hablaba español ni yo, como dije, inglés. Stiglitz hizo acto de presencia como conferencista magistral.

El trabajo que le mostré al Banco se llamaba “Victory at a Heart of a Tomato”, en el cual narro mis avatares siendo parte de un proyecto basado en Los Mochis, Sinaloa, que comenzó como una investigación sobre migrantes y acabó siendo una empresa cooperativa que producía tomates y otras hortalizas orgánicas, dándoles empleo a quienes, tras haber fracasado en sus respectivos intentos de llegar a Estados Unidos, necesitaban fondos con que volver a sus lugares de origen. Ésos los proporcionaba la cooperativa Granja Orgánica La Victoria, que contrataba como eventuales a migrantes fallidos y en la cual estuve involucrado seis años. El ensayo donde narro su origen, crecimiento y desafíos se encuentra en: https://es.scribd.com/document/85897603/Jose-Contreras.

Recordaré, por último, que mi diploma de finalista de la International Essay Competition 2006 salió con el emblema del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM:

A mi regreso a México me sentía como campeón sin corona porque toda aquella fue, y sigue siendo, una de las experiencias más gratas de mi vida. Aventura imposible sin Héctor Francisco Castillo Berthier ni los demás académicos del Instituto de Investigaciones Sociales.

A todos ellos mis más sentidas gracias.

“Relatos a 95 años de distancia” es un ejercicio de memoria narrativa construido colectivamente por la comunidad del IIS-UNAM en el marco de los festejos por su 95 aniversario.

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