La Actitud
de los Actores Políticos en México: De la Democracia
Venidera a la Democratización Permanente.
Ponencia presentada en la reunión – diálogo del Centro
Tepoztlán, con el tema ¿Se Están
Construyendo las Condiciones Institucionales y Políticas Necesarias
para Consolidar la Democracia en México?, Tepoztlán, Morelos,
15 de marzo de 2003.
Miguel Armando López Leyvaintegrantes del seminario académico Perspectiva
Democrática
De
acuerdo con la literatura sobre los procesos de consolidación democrática,
uno de sus rasgos definitorios es el llamado compromiso
democrático. Este implica el modo en que se desarrolla y mantiene
la legitimación democrática, dicho en otros términos, cuando todos
los actores políticos significativos acuerdan crear ciertas reglas
que normarán el juego futuro y, más importante aún, aceptan respetarlas
tanto dichos actores como la población en general. Lo anterior deriva
necesariamente en dos dimensiones, comportamiento y actitud: ningún
actor significativo gastará recursos en alcanzar sus objetivos mediante
vías no democráticas y, además, existirá la percepción de que la democracia
ha sido instaurada y, en consecuencia, que todo lo demás es debatible
dentro de este marco procedimental.
[1]
En términos de Juan Linz, la democracia debe ser
considerada como “the only game in town”.
[2]
Si
pensáramos exclusivamente en esta vertiente de la actitud la consolidación
democrática puede hacerse visible mediante una serie de indicadores
a nivel de élite y de masas, como los que propone Larry Diamond.
[3]
En cuanto a las élites, según este autor, la mayoría
de sus líderes han de creer en la legitimidad de la democracia y manifestar
esa creencia en su discurso público, ideología, escritos y simbología;
en lo que toca a las masas, más del 70% de ellas creerá consistentemente
en que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno
y que es la forma más adecuada de gobernar al país, mientras un 15%
preferirá activamente una forma autoritaria de gobierno. Al
aplicar estos indicadores a México, puede estarse relativamente satisfecho
respecto de la imagen que la opinión pública recrea de la democracia
mexicana. Aunque la advertencia de José Woldenberg
[4]
es de tomarse en cuenta, en el sentido de que la
cultura política mexicana padece de los estragos de nuestro pasado
por lo cual “la dimensión de lo público aparece en general como un
universo ajeno y poco confiable”, la valoración que la gente hace
de la democracia es positiva. Tomemos
a guisa de ejemplo dos encuestas conocidas. El Latinobarómetro
[5]
arroja un par de datos interesantes del 2002: el
63% de la población apoya a la democracia—siendo el quinto lugar en
la evaluación en América Latina—aunque sólo el 18% se siente satisfecho
con la misma—ocupando el lugar 13 de entre 17 países encuestados.
Por otro lado, la reciente encuesta patrocinada por la secretaría
de Gobernación
[6]
muestra que un 62% de la población prefiere la
democracia a cualquier forma de gobierno, y un 52% cree que México
vive en una democracia. No obstante, hay un 32% de mexicanos que están
dispuestos a sacrificar algunas libertades (de expresión, reunión
y organización) con tal de vivir sin penurias económicas. Una
interpretación simple de estos datos nos diría que en México se percibe
apoyable / preferible la democracia, si bien no en el alto umbral
del requisito de Diamond, sí en una proporción mayor al 50%. No obstante,
queda pendiente el punto de la satisfacción con sus resultados, pues
en este rubro se descubre una clara insatisfacción con el mejoramiento
de las condiciones económicas y sociales de vida que la expectativa
democrática normalmente genera. La vieja tensión representación política
– eficacia económica se mantiene; a pesar de ello, la gente cree que
vivimos en democracia. En
cuanto a los actores “élite”, la evaluación del proceso de consolidación
democrática se presta al contraste. Andreas Schedler
[7]
sostiene que México puede considerarse una democracia
consolidada en un sentido “preciso y limitado”, pues aquí ya nadie
piensa en “juegos autoritarios”, siendo el dato mas relevante al respecto
el reconocimiento del PRI de su derrota del 2 de julio de 2000 y su
declaración de que volverían al poder en seis años, trabajando por
la vía electoral. Esta
observación es correcta. Empero, a raíz de la alternancia en el poder
el compromiso democrático, expresado discursivamente,
no parece arrojar las certezas que esperaríamos de él. ¿Qué ocurre
cuando los actores políticos primordiales, de quienes proviene la
adherencia básica al juego democrático, actúan con un claro desfase
en lo que corresponde a su discurso público? Los actores políticos
pueden creer o no en la democracia como la mejor forma para dirimir
sus diferencias, pero por razones inesperadas, articulan sus pronunciamientos
de modo tal que parecen no estar comprometidos con ella. Así, se gesta
un confusión mayúscula: presenciamos en el ámbito de la política la
instauración de un modelo de instituciones y prácticas democráticas
pero sus actores fundamentales no aceptan en sus dichos—como requisito
mínimo—que viven en ella. Algo pasa en la democracia mexicana cuando
se registra esta especie de “extraño retraso de la conciencia”.
[8]
Para
sustentar lo anterior, me interesa explorar brevemente las percepciones
de dos de los actores políticos
principales, el gobierno federal y el PRI. En cuanto al primero, baste
revisar el siguiente mensaje del presidente Vicente Fox. Cito: “México
vive hoy una democracia, donde la expresión de las diferencias no
nos asusta, porque la reconocemos como parte consustancial de la democracia”.
Un párrafo después viene una declaración sorprendente: “Culminar nuestra
transición sólo será posible, precisamente, con una unidad que respete
la diversidad y que al mismo tiempo, como bien se ha dicho, nos permita
agregar voluntades por encima de las diferencias, nos permita trabajar
en equipo”. ¿A qué transición se refiere si es que el mismo presidente,
en el mismo discurso y en el mismo acto, dice claramente que “vivimos
en una democracia”? Agréguese a lo anterior el modo y el propósito que, si aceptamos
la versión presidencial, tiene que tener nuestra transición. Cito:
“Como señalé hace unos días, debe ser una transición pactada, porque
más allá de las discrepancias y la competencia política legítima se
requiere de acuerdos básicos … Además, así como ha de ser pactada,
también ha de ser una transición democrática, ya que exige el respeto
unánime a la ley, trátese del asunto que se trate y de quien se trate”.
[9]
No sólo hay un claro deslinde—singular, ni duda
cabe—entre la “democracia” y la “transición” que se supone debe culminar
(¿en qué?, ¿en democracia otra vez?), sino que la transición debe
ser “pactada” y “democrática”. Más
sorprendente aún es el expedito cambio de opinión. Por ejemplo, el
presidente Fox, doliéndose del resultado de la transición, en otro
discurso dijo: “Hemos buscado una transición pactada, una transición
acordada como ha sido los modelos que se han dado prácticamente en
todas las naciones del mundo. Y, sin embargo, hasta la fecha, prácticamente
22 meses después, no hemos logrado nuestro propósito”.
[10]
Cinco días después, olvida lo anterior y afirma:
“En estos dos años hemos logrado cambios amplísimos. La transición
política está hecha … En estos primeros dos años hemos logrado cambios
amplísimos en la estructura política, de vivir una democracia real,
gozar de total libertad de expresión, de total libertad de información,
de una total libertad cultural”.
[11]
Esta es, en suma, la versión presidencial—de suyo contradictoria—de
lo que he llamado democracia venidera. Esta versión puede explicarse por varios motivos: a) la recurrente
reticencia de aceptar nuestra condición democrática, aún cuando las
elecciones libres, limpias y competitivas son un dato concreto desde
1997, y aún cuando el propio presidente—militante de un partido por
muchos años opositor—es resultado de un proceso electoral con esas
características; b) la necesidad presidencial de obtener acuerdos
con la oposición (“se requiere de acuerdos básicos”), por lo cual
hablar de una “transición pactada” es un recurso útil para intentar
forzar esa negociación; y c) el menos complaciente, la confusión del
presidente entre lo que dice y lo que realmente quiere decir, confusión
de la que parece no percatarse. Más allá de los posibles motivos, lo cierto es que persiste esta
poco agraciada tentación de seguir el modelo español de democratización,
conocido por sus “pactos de la Moncloa”. Bien vale la pena recordar,
aunque parezca lugar común, que no toda transición tiene que
ser pactada, aunque exista un reconocimiento de los estudiosos del
tema de que los países con pacto
democrático llevan a mejor término su dinámica democratizadora.
Sin embargo, cualquier transición responde a procesos políticos distintos.
[12]
De este modo, entre la voluntad y el deseo de que
las cosas se den así, mediante el pacto, y la impaciente realidad de cada
país, hay un trecho que no siempre es posible salvar. Además, si es
que estamos en el “tiempo de la democracia”, como señala el presidente,
¿para qué queremos entonces una “transición pactada”? No hay que olvidar que nuestro proceso de transición estuvo marcado
por cuando menos dos acuerdos de naturaleza incluyente y de alcance
pretendidamente largo. Lo señalo para dejar constancia de la banalidad
de hablar de un “gran pacto fundacional” a estas alturas de nuestra
democracia. Los dos acuerdos son: los Compromisos
para un Acuerdo Político Nacional, firmados el 17 de enero de 1995, en los que se establecían las bases
de la reforma electoral de 1996; y Acuerdo Político para el Desarrollo
Nacional, firmado el 7 de octubre de 2001, acuerdo que hasta la
fecha no ha arrojado mayores resultados. Ambos
documentos estaban respaldados por los tres principales partidos políticos
nacionales y por el presidente en turno: Ernesto Zedillo en el primero,
Vicente Fox en el segundo. De hecho, el Acuerdo del 2001 fue
publicitado por el gobierno federal como un gran avance político,
pues en él se plasmaban las grandes líneas generales de desarrollo
del país. ¿No es éste el “pacto” que busca el presidente? ¿Qué razón
hay para buscar otro “pacto” cuando ya hay uno? ¿Se trata de un “pacto
para culminar la democracia” o en realidad lo que se necesita es el
ejercicio rutinario y difícil de la política democrática de búsqueda
de acuerdos con sus interlocutores de la oposición? En
la medida en que la versión de la democracia venidera se sostenga,
apoyándose en la bandera del “pacto”, la concreción de acuerdos será
más complicada. Ocultar la realidad democrática del país como instrumento
de la política no es productivo; conviene mejor reconocerla y trabajar
en negociaciones concretas con la oposición. Complementa
la versión presidencial una polifonía de voces que provienen de los
círculos cercanos al Ejecutivo. Todas ellas apuntan, con los matices
del caso, a mantener la visión de que estamos todavía en un proceso
de transición a la democracia. Tres ejemplos: para Juan Molinar, en
el momento de la declaración subsecretario de Gobernación, la transición
a la democracia requería de una revisión integral de la Constitución
[13]
; para Diego Fernández de Cevallos, influyente senador
del PAN, la transición—entendida como una forma distinta de acceder
al poder y de ejercerlo—debería ser fortalecida
[14]
; Luis Felipe Bravo Mena, presidente nacional del
PAN, llamaba a defender el “patrimonio democrático colectivo”.
[15]
Ahora
bien, en el lado opuesto a esta visión presidencial está una peculiar,
extendida en la cúpula del que fuera partido hegemónico por mucho
tiempo, el PRI. Un buen exponente de ella es Samuel Palma César
[16]
, quien el año pasado publicó un artículo en el
que sostiene la tesis—compartida por muchos de los miembros de su
partido—de lo que aquí llamaré democratización permanente.
En palabras del autor: “Pudiera desilusionar pero difícilmente se
puede sostener la vía de una transición política en México, si por
ella se entiende un proceso acordado para producir el traslado de
un régimen autoritario a otro democrático en un periodo establecido
de tiempo. Puede acreditarse que el régimen político que derivó de
la Constitución de 1917, estaba empeñado en lograr la democracia y
que a ella se encaminó a través de reformas sucesivas, habiendo iniciado
sobre una base incipiente como régimen democrático, pero en donde
se pudieron superar deficiencias y avanzar gradual y consistentemente.” No
sólo se afirma una especie de intencionalidad democrática prematura
de nuestra carta magna que se fue realizando con el tiempo, sino
una intencionalidad democrática del régimen del PRI: “Lo que
es inobjetable está en el hecho de que antes de las elecciones del
2000, el régimen político mexicano había construido las condiciones
de la competencia política, la pluralidad y la alternancia en el poder.
En todo caso se puede hablar de una trayectoria encaminada a la democracia
dentro de la fase de largo dominio y gobierno del PRI”. Esta
versión puede explicarse por cuando menos tres motivos: a) la necesidad
del PRI de explicar satisfactoriamente el pasado para enfrentar los
acontecimientos del futuro, sobre todo teniendo en mente los comicios
intermedios del 2003; b) el imperativo de rescatarse como protagonista
del cambio y de asumirse como partido que siempre quiso la democracia
plena solo que su propia fortaleza se lo impedía; y c) el menos complaciente,
la intención de crearse la imagen de demócrata y hacer creer a la
gente que el PRI toda su vida ha ejercido la democracia, sólo que
nadie se había percatado de ello. Vale
decir, en honor a la verdad, que la idea de la democratización
permanente no es nueva en modo alguno. Con matices, Jorge Hernández
Campos la sostuvo hace poco más de ocho años, justo en el año trágico
de 1994. Algunas líneas transcritas nos muestran este afán justificatorio
de la hegemonía del PRI: “El Partido de la Revolución Mexicana fue
posible, persistió, conoció una larga vida y evolucionó, en virtud
de una promesa implícita en él: ser vehículo para llegar a la democracia
… en sentido estricto la transición mexicana empezó en 1929. Y desde entonces, ha sido continua,
persistente … Si en verdad el Partido ejerció hegemonía, no la utilizó
para cubrir de sal el terreno a su alrededor; al contrario, hoy, mirando
hacia atrás, y juzgando por los resultados actuales, podemos afirmar
que el Partido se sirvió de la hegemonía para deshacerse de ella,
paulatinamente, con la mira puesta en la democracia”.
[17]
Ahora
bien, a diferencia del discurso presidencial que arrastra el banderín
de la transición y el pacto, el discurso del PRI parte de la premisa
contraria: México siempre ha sido democrático, o al menos ha estado
en su interés serlo. El “empeño en conseguir la democracia” y la “trayectoria
encaminada” a ella son afirmaciones contundentes. Nunca ha habido
régimen autoritario, pues “la existencia de visos o elementos autoritarios
no deriva necesariamente en que un régimen sea autoritario; se supone
que lo es cuando de él no puede derivarse de manera natural un régimen
democrático”. En
efecto, la Constitución de 1917 contiene elementos definitorios de
una democracia política. Eso es bien sabido y conocido. Pero no puede
juzgarse la situación de un país sólo por sus leyes escritas, la práctica
exitosa de las mismas, su cumplimiento cuenta tanto que las leyes
mismas. Y eso es justamente de lo que se ha acusado recurrentemente
a los gobiernos del PRI, de no cumplir con la ley. O, para decirlo
con propiedad, de cumplir la ley a “contentillo”. Si eso hubiera ocurrido,
esto es, si el famoso “espíritu constitucional” se hubiera realizado
en la práctica, entonces podríamos estar de acuerdo con las tajantes
afirmaciones de Samuel Palma. Así,
la intencionalidad de la ley no sirve de mucho cuando la intencionalidad
del gobernante es contraria a aquella y, más aún, cuando los mecanismos
institucionales no funcionan ante la falta de una efectiva pluralidad.
Recuérdese la idea planteada en el libro “clásico” de Pablo González
Casanova: el modelo de gobierno establecido en la Constitución mexicana,
basado en las ideas de la Ilustración Francesa y de los constituyentes
de Filadelfia, y la realidad, conformada por la estructura de gobierno
y las decisiones políticas, caminaban por vías diferentes.
[18]
Hoy es difícil sostener en su totalidad este argumento,
pero es válido para evaluar la mayor parte de los gobiernos emanados
del PRI. En
efecto, antes de los comicios del 2000 estaban establecidas las condiciones
de “competencia política, pluralidad y alternancia en el poder”. Pero
es injusto suponer que esas condiciones fueron posibles sólo gracias
a la anuencia del PRI. Ningún gobernante de ningún autoritarismo se
desprende generosamente del poder para alcanzar las “mieles de la
historia”. Si revisáramos las coyunturas políticas en que se dieron
las reformas electorales entre 1989 y 1996, así como los contenidos
de las mismas, veríamos que esas condiciones fueron construidas por
el PRI y los partidos de oposición, con la reticencia permanente del
partido otrora oficial—y del presidente, claro—a los cambios sustanciales.
La gradualidad de la democratización mexicana—no del perfeccionamiento de la democracia, como se leería en el escrito de
Palma—tuvo más que ver con esta actitud del PRI que con una historia
armoniosa de transformaciones lentas pero seguras, acicateadas siempre
por el partido del poder. La
trampa en la argumentación de Palma está en reconocer la pertinencia
de las reformas electorales pero no para saltar de un autoritarismo
a una democracia, sino para pulir a ésta última de las imperfecciones
de la hegemonía del PRI. A diferencia del discurso presidencial aquí
no se busca ocultar la realidad democrática, al revés, se trata de
ocultar la realidad autoritaria previa. En la medida en que esta versión
tenga éxito, este partido tardará en (re)construirse como una opción
válida para competir en la nueva democracia mexicana. Esta
visión del proceso político mexicano la destacó quien en su momento
era presidenta nacional del PRI, Dulce María Sauri, al recordar un
año del triunfo panista en la presidencia de la República. En sus
palabras: “Hay una discusión obtusa sobre la transición; se quiere
encasillar a México entre los países que sufrieron de un régimen autoritario,
dictatorial, y pasaron a un sistema democrático. Lo que se pacta es
salir de esa dictadura a la democracia plena, pero en México tenemos
libertad de expresión, de manifestación, tenemos elecciones creíbles
y la ciudadanía elige. Entonces, no venimos de un sistema dictatorial,
sino de una democracia caracterizada por la posibilidad de la alternancia”.
[19]
A
diferencia de la perspectiva presidencial, en la que se comparte la
idea de que se requiere poner fin a la transición, en el PRI coexiste,
junto con la visión de la democratización
permanente, una opuesta que recién ha sido aireada públicamente,
a la cual llamo de la realidad impuesta. En ella, no se trata
de negar el pasado autoritario sino de reconocerlo, no sin cierto
dejo de cinismo, como una especie de necesidad histórica. Recientemente
la expresó con mucha claridad la secretaria general del PRI, Elba
Esther Gordillo: “Dicen que hemos sido un partido autoritario, sí
es cierto, cuando hubo necesidad de ser vertical, de que las decisiones
vinieran de arriba para abajo, las acatamos, pero que nadie olvide
que cuando las decisiones eran así el país estaba productivo, trabajando,
creando y recreando, con estabilidad política y gobernabilidad. Pero
que tampoco olviden que cuando se habló de democracia fue el PRI,
entre otros partidos, el que apoyó la creación del Instituto Federal
Electoral, el que reforma la Constitución para que tuviéramos viabilidad
democrática por esos campos. También somos demócratas, no es patrimonio
de otros, fuimos los primeros a riesgo de perder la propia Presidencia
de la República”.
[20]
El
contraste parece evidente, según esta postura: cuando hubo necesidad
de ser autoritario, el partido lo fue, pero ello tenía evidentes ventajas
en la calidad de vida de los mexicanos; y cuando hubo necesidad de
ser democráticos, el partido lo fue, creando las condiciones políticas
para la alternancia en el poder. Aunque es debatible la idea implícita
de la “necesidad” de ser autoritario, rescato un punto general: el
PRI aparece como el comodín del momento, pues de acuerdo al contexto,
se adecuaba e impulsaba lo “mejor” para México. En
suma, bien valdría la pena reconocer que “la democracia es ya una
experiencia, una vivencia, una realidad tangible”
[21]
. Si eso lo tenemos en cuenta, seguramente los actores
políticos podrán mejorar no sólo su actitud, sino su comportamiento
democrático. Por consiguiente, no estarán esperando por un futuro
que en los hechos es ya una realidad: la democracia, ni estarán negando
un pasado que fue una realidad: el autoritarismo, ni mucho menos estarán
justificando una práctica política autoritaria de la que parecen sentirse
orgullosos y no quieren deslindarse.
[1]
Al respecto, véase Giuseppe
Di Palma, “ La Consolidación Democrática: una Visión Minimalista”,
Revista Española de Investigaciones Sociológicas,
núm. 35, abril - junio 1988, pp. 67-92; Richard P. Gunther, Nikiforos
Diamandourus y Hans – Jürgen Puhle (eds.), The Politics of Democratic Consolidation. Southern Europe in Comparative Perspective, Baltimore and London, The Johns Hopkins University
Press, 1995; John Higley and Richard Gunther (eds.), Elites and Democratic Consolidation in Latin
America and Southern Europe, New York, Cambridge University
Pres, 1992; Juan J. Linz and Alfred Stepan, Problems of Democratic
Transition and Consolidation. Southern Europe, South America, and
Post – Communist Europe, Baltimore, The Johns Hopkins University
Press, 1996; y Leonardo Morlino, “Consolidación Democrática. Definición, Modelos, Hipótesis”, Revista Española de Investigaciones Sociológicas,
núm. 35, julio – septiembre 1986, pp. 7-61.
[2]
Juan
J. Linz, “Transiciones a la Democracia”, Revista
Española de Investigaciones Sociológicas, Núm. 51, julio – septiembre
1990, pp. 29.
[3]
Larry Diamond, Developing Democracy. Toward Consolidation, Baltimore and London, The Johns Hopkins
University Press, 1999, p. 69. [4] José Woldenberg, “Para la Consolidación Democrática”, Enfoque (suplemento del periódico Reforma), núm. 471, 2 de marzo de 2003, pp. 18-21. [5] Latinobarómetro, Opinión Pública Latinoamericana, “Informe de Prensa. Latinobarómetro 2002”, htpp: www.latinobarometro.org.
[6]
Secretaría de Gobernación y Fundación Este
País, “Conociendo a los Mexicanos. Principales Resultados de
la Encuesta Nacional Sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas
2001 de la Segob”, Este País, núm. 137, agosto 2002, 24 pp. [7] Andreas Schedler, Cinismo Ciudadano y Aprendizaje Democrático, ponencia presentada en el seminario “Transición y Consolidación Democrática: El Contexto Internacional y la Experiencia Mexicana”, Instituto Federal Electoral, México, Distrito Federal, 18 de febrero de 2003. [8] La expresión es de Luis Salazar, “La Transición ya es un Pretexto”, Etcétera, núm. 355, 18 de noviembre de 1999, pp. 18-21. [9] Vicente Fox, discurso de inauguración del IX Congreso Mundial de Recursos Humanos, 27 de mayo de 2002 (http://www.presidencia.gob.mx). [10] Daniel Millán, “Lamenta Fox fracaso en transición pactada”, Reforma, 10 de octubre de 2002, p. 8A. [11] “Está hecha la transición, asegura Fox”, Reforma, 15 de octubre de 2002, p. 7A. [12] En este sentido, es válida la apreciación de Carlos Casillas: “Nos empeñamos por meter en el molde ibérico a un excepcional proceso de cambio político, que hace tiempo concluyó con un régimen autoritario sui generis”. Carlos Enrique Casillas, “Administrar la ignorancia”, Milenio Diario, 26 de mayo de 2002. [13] “Urge Molinar a revisión integral de Constitución”, Reforma, 27 de julio de 2001. [14] Angélica Mercado, Lucero Ramírez y Nayeli Cortés, “Para el PAN sí hay transición, para la oposición sólo hubo alternancia”, Milenio Diario, 5 de julio de 2001, p. 7. [15] Ernesto Núñez y Mayolo López, “Llama Bravo Mena a defender transición”, Reforma, 30 de junio de 2001, p. 6A. [16] Samuel Palma César, “La transición como fachada”, Enfoque (suplemento del periódico Reforma), núm. 430, 12 de mayo de 2002. [17] Jorge Hernández Campos, “De la larga y verdadera transición”, Vuelta, vol. 18, núm. 213, agosto de 1994, p. 41. [18] Pablo González Casanova, La democracia en México, 16ª ed., México, Era, 1985, p. 23. [19] Esperanza Barajas Urías, “El PRI, el bueno por conocer”, Reforma, 2 de julio de 2001, p. 10A.
[20]
Carolina
Pavón, “Descarta Gordillo formar otro partido”, Reforma,
23 de febrero de 2003, p. 8A. [21] Luis F. Aguilar, “La experiencia de la democracia”, Reforma, 29 de mayo de 2002. |